VIVIR EN LA CONTRADICCIÓN



VOXPRESS.CL.- Pudo ser mejor, sin duda mucho mejor, el momento en el cual le llegó el aviso del adiós a Joaquín Lavín Infante, un personaje fácil de querer, pero difícil de comprender que, sin ser un político ni conocer las profundidades de la política, merodeó el primer plano de la vida nacional por más de dos décadas.


Realmente convencido de que iba a ser la opción presidencial de Chile Vamos en la primera vuelta del 17 de noviembre, fue, de todos los precandidatos, el más duramente golpeado por el desenlace de las primarias internas: ampliamente superado por el independiente Sebastián Sichel, incluso en territorios que, por años, fueron su dominio. Pagó descarnadamente sus insaciables contradicciones, casi todas ellas metidas en su cabeza por sus consejeros.


Aunque caricaturizado con el simplismo de un buen tipo, incapaz de pisar el basural de la politiquería criolla, Lavín será recordado por su incuestionable vocación al servicio público, pero jamás logrará perpetuarse en el consciente colectivo como líder, caudillo o con algún rol clave en la política chilena. Si bien compitió mano a mano con Ricardo Lagos y después perdió fácil con Michelle Bachelet en elecciones presidenciales, su estatura dista mucho de aquéllos y, para pesar suyo, cargó siempre con la mochila de que nunca logró ser electo diputado ni senador.


Integró el grupo de jóvenes UDI que, gracias a Jaime Guzmán, estuvo más cercano a Augusto Pinochet, fue mano derecha de Miguel Kast en el área de Desarrollo Social durante el régimen militar y, como buen admirador de la obra de aquél, escribió el libro ‘Revolución Silenciosa’, en el cual describió el decisivo papel de los ‘Chicago Boys’ -de los cuales formó parte- en el despegue económico del país y en su rápido avance hacia el progreso y la modernidad.


Caratulado como “rey del cosismo” como alcalde, lo fue de Las Condes y de Santiago. Copiando ideas foráneas y escuchando siempre a su gran conglomerado de asesores, Lavín plasmó originalidades como, también, se pasó de la raya convencido de que en la comuna a su cargo podía ir más adelante que la ley. Creó una playa en el Mapocho, al estilo de la parisina en el borde del Sena; montó canchas de esquí y de patinaje sobre hielo y quienes se vacunaron contra el virus esperaron su turno, escuchando música en vivo. Rompió lo criterioso cuando prohibió el piropo callejero; cuando hizo circular guardias de padres para impedir que menores adquiriesen bebidas alcohólicas y formó escuadrones de adolescentes espías con la misma finalidad; cuando prohibió que se fumara en plazas y llevó ovejas al parque Araucano para que cortasen el pasto.


El primer aviso de que no era de aceptación general fue cuando quiso presentarse a alcalde por segunda vez en Santiago y una consulta popular previa lo hizo retractarse dada la popularidad del entonces concejal y candidato Felipe Alessandri. Su amigo Francisco de la Maza, para que no quedase en el aire, le ofreció ser su sucesor en la municipalidad de Las Condes, su último puerto.


Encantado casi inocentemente por las siempre desconfiables encuestas, se creyó el cuento de una tercera opción presidencial, pero a poco avanzar en sus propósitos, inducidos por sus consejeros, tejió una cadena de contradicciones que, prácticamente, le quitó el piso total de su leal electorado. Para pasar por renovado y popular, se declaró “socialdemócrata” y para hundirse más, tomó las banderas del Apruebo de una nueva Constitución, siendo que el 80% de su comuna estaba por el Rechazo.


No satisfecho de ello, visitó, para fotografiarse con él, a su colega comunista de Recoleta, Daniel Jadue, y se aferró al discurso de la izquierda acerca de un nuevo Chile con profundas transformaciones.

En una decisión que pensó sería sólo distractiva, anuncio que no repostularía como alcalde de Las Condes, revelando, así, su temor a perder. Con ello ni siquiera hubiera estado en la papeleta de la primaria.


Este mal oportunismo político sugerido por su equipo de confianza, llevó a equivocarse, incluso, a su propio partido, el que lo escogió a él como su carta presidencial, pese a que predicaba una ideología en las antípodas de la UDI. Cuesta hacerse a la idea, pero fue así, que nadie de su entorno y de la directiva partidista detectara que sus contradicciones lo tenían por el suelo como para ungirlo “el único capaz de ganarle a Jadue”.


Volverá, seguramente, al decanato de Economía en la universidad de la cual es copropietario, y se enfrentará al feroz dilema de enseñar las normas neoliberales en que él se formó y que lo llevaron a Chicago, o intentará entregar conocimientos ‘renovados’ y más afines al socialismo democrático. Parece ser que éste es el destino de Joaquín Lavín, vivir equilibrándose entre las dudas de lo que él siempre ha creído y entre las que le han impuesto sus muchos consejeros a lo largo de su trayectoria pública.