VERGÜENZA DE SER OPOSICIÓN


VOXPRESS.CL.- El señor Presidente ni se incomodó cuando, para su discurso en la asamblea general de la ONU, casi no había un alma en el salón y que, ante su presencia, se retirasen todos los delegados de naciones de izquierda. La razón de tan precario escenario fue que, tras el 4 de septiembre, Chile desmoronó las expectativas del socialismo internacional de sumar un país más, e importante, al plan del Grupo de Puebla de pintar de rojo a toda Latinoamérica.

Sin argumentos ni menos explicaciones que dar por la aplastante derrota del 4 de septiembre, el Presidente debió centrarse en “asuntos internos”, como prometer la reparación a las víctimas y “presos políticos”, porque, según dijo, “es una deuda del Estado”, y volvió a picar el alma de la (ex) Concertación, al asegurar que el Golpe del 18/O fue producto de 30 años de injusticias, tiempo en que el país estuvo en manos de dos Gobiernos de centroizquierda, tres de izquierda y dos amarillos. Ninguno de derecha.

Esos ex concertacionistas están hoy instalados en La Moneda, con el mote de socialistas democráticos, ayudándolo a que pase inadvertido el estrepitoso fracaso de la gestión Boric.

Par mal de males, suyo y de su ministro de Hacienda, les fue pésimo en su pasada de platillo en Nueva York, ya que se mantuvo firme la decisión del mundo occidental capitalista de no invertir en Chile en tanto el comunismo continúe mandando en el poder.

Su presencia en Manhattan fue de una gran intrascendencia internacional, aunque intentó engancharse con la memoria de Salvador Allende para lograr algo de atención. A la postre, su visita a la ONI terminó siendo apenas de interés interno, cuya ciudadanía pudo dar fe, una vez más, de que el Mandatario sigue pegado a sus slogans de la campaña presidencial y a sus prédicas como líder de la fenecida Convención constituyente.

La esperanza -así lo cree él- es lo último que se pierde, y ése fue su lema como candidato a La Moneda. Se resiste a creer, demostrar o dar a entender que fue brutalmente apabullado el 4 de septiembre, y el repudio masivo de la ciudadanía a su administración lo asume casi como una anécdota: “no puede sentirse derrotado un Presidente que permite expresarse libremente a la ciudadanía”…

Esperanzado en tornar posible lo imposible, mantiene a firme la misma idea del PC de que, muy prontamente, debe haber un plebiscito que elija a una nueva Convención constituyente para que, como ocurrió con la nefasta primera experiencia, vuelva a redactar un texto que, ojalá ahora sí, sea el transporte de Chile hacia el totalitarismo estatista.

Al Presidente se le está cayendo el país a pedazos, se viene una recesión tremenda, a la gente se le restringe cada vez más el gasto y son millares los que se quedan sin acceso a créditos, y algunos elementales para poder llegar a fin de mes. Hay un promedio de 35 encerronas diarias y durante este Gobierno, los delitos se han incrementado en un 114% “porque la violencia no se combate con más violencia”…

Sin excepción, las encuestas ponen a la inseguridad ciudadana en el primer lugar de la preocupación de la gente, seguida de sus sobresaltos financieros por la altísima inflación y por las consecuencias de la inmigración ilegal descontrolada. Pero el Presidente, los políticos -incluidos los opositores- y los periodistas insisten en priorizar la redacción de una nueva Constitución que no le preocupa ni le urge a nadie.

Por unas migajas de interés político a largo plazo, la oposición le hace el juego al Gobierno, ayudándolo a mantener en el primer plano un debate que, intencionalmente, le permite esconder su desastrosa gestión en absolutamente todas las áreas. Las falsas amenazas de la izquierda en cuanto a que de ganar el Rechazo, a partir del 5 de septiembre, Chile iba a quedar en el aire, sin piso ni rumbo, indujeron a muchos –los tontos de siempre- a sumarse a las voces de que “el proceso constituyente tiene que continuar”, una idea urdida en La Moneda, luego de constatar que la derrota se venía encima.

Sólo existe una sola instancia formal y que no es vinculante con el proceso ya finalizado: la aprobada rebaja de los quorum para reformar la Constitución, la única que existe, o sea, la actual. Y algo más, no lo hay.

A riesgo de ser insistentes en la materia, una vez más habrá que afirmar categóricamente que dicho proceso constituyente concluyó definitivamente el 4 de septiembre. El “mandato ciudadano”, al que apelan a diario el Presidente y el PC, se cumplió de modo cabal con el plebiscito de entrada, con la elección de una Convención, con la redacción de un texto y con el pronunciamiento final de la gente en que rechazó la propuesta.

El segundo “mandato ciudadano”, el de salida, fue mucho más directo, contundente y participativo que el de entrada. Esto es así de claro: la ciudadanía dijo NO a una nueva Constitución el 4 de septiembre.

Ignorando ese gigantesco pronunciamiento, los políticos, oficialistas y de oposición, revivieron una materia ejecutoriada y rechazada por una mayoría histórica, con lo cual le han permitido seguir respirando, y hasta aleteando, a un Gobierno clínicamente muerto.

El Presidente y toda su élite de matices ideológicos, tenían muy claro que si fracasaba la propuesta de la Convención, hasta ahí llegaban su prometida refundación nacional y la “profundización de la democracia”. Sin mayoría en el Congreso, al Gobierno no le queda más camino que un rol de mera administración, a la espera de la entrega del poder. A ello hay que agregar su marginación de la solidaridad del socialismo internacional por su “imperdonable fracaso” en materializar para Chile la agenda del totalitarismo estatista. No obstante, es a este herido de muerte al que la oposición le sigue ‘prestando ropa’, haciéndole el juego en un proceso constituyente que nadie lo ha pedido ni, menos, apurado.

Los políticos deben tener muy presente que para el plebiscito de entrada (2020), la opción menos votada fue la de que el Congreso se encargase de redactar una nueva Constitución, y ello en concordancia con todas las encuestas que durante diez años consecutivos ubican a sus miembros como los peores evaluados en el mundo público.

La oposición –ganadora, triunfal- se pone al mismo nivel de los perdedores, sentándose a una mesa que no tiene más finalidad que revivir a un muerto. Ni siquiera demuestra ejercer el dominio que le otorga estar del lado de los victoriosos: el presidente de la UDI, de modo increíble, llegó a decir (C13) que “tenemos bases condicionantes para discutir pero no son intransables”. Así, entonces, son transables la libertad de educación, la libre elección de sistemas de salud y la estatización de los ahorros previsionales, entre otros temas defendidos por el Gobierno y que coartan derechos de las personas.

Esto, más que entreguismo, se llama cobardía.

“Más vale ponerse colorado una vez que amarillo diez veces”, reza un viejo refrán, y ello encaja al dedillo en una oposición que, de tal, nada parece tener. Políticamente, debería estar abocada a la fiscalización de los cada vez mayores escándalos internos del régimen; a obligar a los ministros a que no continúen anunciando, sino actuando, en contra de la desbordada criminalidad; a exigir a Hacienda –tal como lo hizo el Presidente cuando fue opositor- a generar ayudas a quienes la inflación los azota con dureza; a aglutinar fuerzas, y no dividirlas, para afrontar una reforma previsional que pretende usar ahorros de los trabajadores para una solidaridad que debe ejercerla el Estado; a alistarse para hacer frente a la artillería tributaria que se viene; a acentuar las acciones por la ausencia de una represión real a los terroristas en La Araucanía y a actuar con fortaleza ante la inacción en la frontera norte por la inmigración ilegal.

Debe ser sólo por vergüenza, porque lo cierto es que no existen otros motivos para que la oposición no haga la oposición que le demanda la ciudadanía y para lo cual la votó. De continuar haciéndole el juego al Gobierno con el chamullento proceso constituyente, el costo que va a pagar será muy alto, y terminará poniendo en jaque lo que se salvó, y ganó, el 4 de septiembre: el futuro de Chile.