TRABALENGUA SANITARIO



















VOXPRESS.CL.- Pareciera que resulta una maldición ser ministro de Salud en emergencias sanitarias. La despiadada campaña contra Jaime Mañalich terminó con este fuera del Gobierno, oficialmente renunciado pero extraoficialmente desafectado, y ahora desde todos los sectores opositores y desde los medios de comunicación con especial énfasis, presionan para que su sucesor, Enrique París, corra igual destino.


De los tremendos aciertos de Mañalich nunca nadie dijo algo, en cambio le enrostraron todos sus errores en el combate al virus, específicamente en el lapso de llegada y desarrollo en el país. En la situación de Paris, se le ‘cargan todos los dados’ como si él fuese el único que asume las -muy comunes- enredadas y contradictorias medidas de restricción a la movilidad. El ministro es el rostro visible del Comité de Crisis y, en esa condición, es blanco de toda la artillería de la oposición, incluida, naturalmente, la Prensa.


El Presidente de la República ha debido salir a respaldarlo en varias oportunidades, como nunca lo hizo tan abiertamente con Mañalich, porque entre ambos hay una diferencia radical: el anterior, si es que lo hacía, aceptaba a regañadientes los impositivos consejos de gremios, políticos, economistas, abogados y asesores del segundo piso de La Moneda. No es la vivencia de París, quien es uno más de un diversificado grupo de funcionarios de Gobierno que adoptan decisiones, las modifican, las maquillan, las disminuyen o las agravan y que responden al feroz escenario de equilibrios entre una epidemia que no afloja y un desplome socioeconómico terrible, agudizado aún más por el confinamiento del 96% de la población.

En suma, Paris es el vocero de una multiplicidad de opiniones, acertadas algunas y horrorosas otras.


La caótica situación actual, alentada por los más lúgubres pronósticos médicos, ni siquiera tiene enfrentados a sanos -una absoluta mayoría- y a enfermos –una clara minoría-, sino es una pugna entre el combate al virus y la defensa, muy precaria, de trabajos que permitan una mínima productividad y aminore, aunque a duras penas, el desempleo.


En el marco de esta balanza bien desbalanceada, a partir del 5 de abril -irónicamente, fecha en que se consolidó la libertad de Chile, en Maipú-, entró en vigencia una curiosa y muy contradictoria regla acerca de los permisos laborales para los desplazamientos.


Con mucha propiedad, las autoridades se refieren a ellos como “trabajos esenciales”, lo que constituye un desconocimiento del uso correcto de las palabras. A quien se le ocurrió llamarlos así, que no fue el ministro Paris, mal creyó que dicho vocablo significa lo mismo que imprescindible, o de primera necesidad, y no es así. La palabra esencial equivale a lo "relativo al ser, a la naturaleza”, esto es al trabajo como trabajo en sí, y cualquiera, productivo o administrativo, logístico, de servicio o virtual.

Hecha esta aclaración, el instructivo sobre permisos indispensables o inevitables, los describe como “aquéllos trabajadores y/o prestadores de servicios de una empresa o institución pública o privada, cuyo giro ha sido declarado esencial, que desempeñen funciones que no pueden ser realizadas telemáticamente y que son imprescindibles para la actividad propia del giro, tales como labores operativas, logísticas y productivas, mantención de sistemas, seguridad, limpieza y sanitización”.


Con la primera cuarentena total del 2020 se consideró imprescindibles sólo a los rubros farmacéuticos y de expendio de alimentos. En esta oportunidad, toda empresa productiva sigue funcionando con sus operarios necesariamente en terreno, cumpliendo sus labores, con lo cual, la cacareada movilidad no se reduce ni se compara a los niveles del año pasado. El Metro continúa repleto en sus horas punta y el flujo motorizado sigue incesante: una medición de tránsito por avenida Kennedy desde oriente a poniente, registró el paso promedio de 30 vehículos por minuto…


Es evidente que para esta híper cuarentena se cuida con pinzas no generar más desempleos masivos ni la desaparición de empresas y de comercios.


El año pasado se argumentaron como “imprescindibles” los trabajos demandados por el Estado de Excepción. Hoy no, pues discrecionalmente, el Comité de Crisis definió a las empresas imprescindibles -como las constructoras- y a las prescindibles, esto es, todas las que, ya sea online, expendan productos que no constituyen primera necesidad.


Fue tan inmensa la confusión que generó el enredado instructivo, que a las 48 horas debió ser cambiado y el chipe libre se hizo extensivo a todo tipo de compraventas online, menos calzado, ropa –desde los 5 años hacia arriba- y juguetes “no didácticos”.


La corrección de tanto absurdo no logró impedir la arbitrariedad de permitir la venta de bebidas alcohólicas sólo a los supermercados, pero no a las botillerías, siendo que éstas, casi en su totalidad, no demandan desplazamiento de trabajadores. Permite, eso sí, la adquisición de “artículos esenciales” como una Tablet o la batería para el auto que puede ser utilizado sólo dos veces a la semana. Las asesoras del hogar, a juicio de la Katita Martorell, continúan no siendo importantes para una casa.


Estas medidas tomadas a la rápida se producen porque son muchas las manos metidas dentro de la misma batea. Es inaudito que el mismísimo ministro de Salud se pregunte, y públicamente, por qué la movilidad de las personas y de vehículos no disminuye con las cuarentenas. Aunque la falta de testeos y trazabilidad es responsabilidad suya, el que nunca se haya fiscalizado el no cumplimiento de las restricciones y el que los detenidos por hacerlo, sigan transitando por las calles, fue, es y será culpa de otros, a quienes nadie pide sus renuncias.


Desde el 1200 para adelante, cuando el mundo fue atacado por la peste negra, nunca ninguna pandemia ha podido ser derrotada a punta de cuarentenas.