TERRORISMO, AL FIN


VOXPRESS.CL.-Tenía que tocarle a uno de los suyos para que, al fin, alguien de izquierda se anime a reconocer que en La Araucanía existe terrorismo y, según su propia confesión, del que se dedica a matar sin misericordia alguna.

Un periodista de conocida tendencia opositora, se dirigía, en una operación secreta, a entrevistar a uno de los líderes de los comuneros subversivos, cuando su camioneta fue íntegramente perforada por las balas de terroristas escondidos en un bosque.


Hace 30 años que la población trabajadora de las provincias de Arauco, Malleco y Cautín vienen denunciando, y gritando al cielo, que en ese amplio territorio, llamado macrozona, no impera el Estado de Derecho ni ningún tipo de libertades, sólo el dominio de grupos narcoextremistas que, arrogándose una causa étnica, pretenden instalar allí una nación independiente y soberana -partiendo en dos a Chile-, para lo cual les resulta imprescindible expulsar a quienes, dicen, trabajan “nuestras tierras ancestrales usurpadas”. Y lo hacen a punta de balazos.


Varios impactos de éstos fueron dirigidos a un dúo de Prensa de TVN que se dirigía, entre Tirúa y Cañete, el epicentro mismo de la subversión, a entrevistar al líder y jefe de operaciones de la CAM, Héctor Llaitul. Éste reemplazó a Aucán Huilcamán –ahora, en misiones internacionales- en el comando de las acciones guerrilleras.


Hasta la fecha, el único de izquierda que se había atrevido a calificar de “terrorismo” dichas acciones armadas fue el Subsecretario del Interior en el segundo Gobierno de Michelle Bachelet, el socialista Mahmud Aleuy, viejo zorro de la resistencia a Pinochet bajo la chapa de ‘Francisco’. Haberlo hecho le costó un castigo de vacaciones obligadas y, por ende, tres semanas fuera de La Moneda.


En tres décadas, la izquierda en su conjunto, de pe a pa, se ha coordinado para impugnar cualquier signo de terrorismo en La Araucanía, ello en una solidaridad corporativa, nacional e internacional, con la ideología de quienes ‘combaten’ en la zona en contra del Estado chileno, y ello con financiamiento desde el exterior y, ahora, del narcotráfico.

La ONU, a través de las innumerables ONG’s que financia y de la Alta Comisionada para los DD.HH., tiene agentes de vigilancia permanente, prestos a denunciar al mundo, juzgar y hacer propaganda en favor de los subversivos en el evento de ser detenidos o procesados.


Ellos tienen el poder y el respaldo internacional para matar, y así lo han hecho recientemente con un carabinero, un oficial de la PDI, dos agricultores y le erraron la puntería a un fiscal del Ministerio Público y a la Seremi de Salud del Bío Bío. Pero los encargados de impedir sus crímenes tienen la orden rotunda del Presidente de no hacer fuego en su contra, quizás en la ingenua esperanza de que una llovizna invernal los haga esfumarse.


Al margen de innumerables record anotados por Chile, como la longaniza y la empanada más grandes del mundo, se suma éste, el de combatir el terrorismo con diálogo o con amenaza de enviar a sus asesinos a los tribunales, cuyos jueces tiemblan de temor por estar bajo peligro de muerte si llegan a procesarlos.


En Latinoamérica no hay otro país, a excepción de Chile, en el cual permanece activa, y en crecimiento, una guerrilla política, a la cual el Estado no se atreve a enfrentarla, porque el Congreso de mayoría izquierdista, niega su existencia, y porque el Presidente no se atreve a actuar por su acendrado temor a que lo saquen de La Moneda antes de tiempo.


Ésta es la importancia de que un reconocido adherente a la izquierda haya tenido la audacia de reconocer públicamente que “esto es terrorismo, no es delincuencia común”, al narrar los minutos de pánico que vivió junto a su camarógrafo que perdió su ojo derecho, al penetrarle justo allí una bala de 9 milímetros.


Su traumática experiencia ha sido profusamente difundida por tratarse de un comunicador y, más aún, del mal llamado “canal oficial”, porque es una vía informativa muy afín a la oposición.


Aunque el pueblo mapuche trabajador sabe perfectamente de quiénes se trata, porque hasta su gente es amenazada y despojada de sus tierras, Héctor Llaitul, siempre guarecido en su escondite rural, salió a dar la cara para exculpar a los suyos -lo que es un implícito reconocimiento a su existencia-, comentando que “no sé de quiénes se puede tratar”. Incluso, en una conclusión casi caricaturesca, las autoridades conjeturaron que “es probable que sean dos pandillas que se disputan territoriales”. ¿Queda claro, no? Ya no es sólo un grupo terrorista y se pelean por una tierra que legalmente le pertenece a todos los chilenos…


Una de las dos víctimas de esta balacera terrorista es, a confesión suya, “muy conocido” del líder guerrillero, “porque le he dado entrevistas antes y quedé conforme”. Sin con ello pretender deslegitimar el concepto de libertad de prensa de cada cual, de no existir una afinidad ideológica de por medio con el interlocutor, parecía más interesante y profesionalmente provechoso reportear a los responsables de que no se puede dar con el paradero de los criminales, ni menos eliminarlos El dar tribuna a terroristas es facilitarles su vía armada, porque se aprovechan de estrujar al máximo estos espacios, difundiendo sus proclamas.


Eso, ya no lo hizo, pero sí se espera que ambos afectados concurran al INDH a denunciar este brutal atentado a sus vidas y que presenten similar reclamo ante el Colegio de Periodistas, en manos del PC, y consignen una protesta por vulneración a la libertad de prensa.


Así como se dio el escenario de este episodio de violencia, lo único rescatable es que, al fin y después de años de un cómplice silencio, alguien de izquierda reconoce que el clima bélico en La Araucanía se debe al terrorismo, y éste, como en el resto del mundo, se combate frontalmente y con el poderío que le es propio a las fuerzas reconocidas por la Constitución para hacerlo.


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