OTRA DERROTA DE S.E.


VOXPRESS.CL.- El sueño presidencial de pasar a la historia -obviamente, en lo personal- es toda una realidad, más allá de que le falta más de un año de un supuesto ejercicio del poder. Para el resto de sus días, el Mandatario tendrá la más fabulosa excusa en que la peste le arruinó todos sus planes, aunque su vivencia tendrá siempre que globalizarla, porque le acomodará por siempre a todos, o casi todos, los Jefes de Estado del mundo.


El Presidente, desde el mismo día de su arribo a La Moneda, trazó el camino que, muy pronto, lo llevó a un precipicio en lugar de la cumbre: su política de los acuerdos. Añorando su pasado ideológico, rememoró al mentor, al menos en Chile, de esta práctica para hacer posible lo imposible: Patricio Aylwin. Sin embargo, no reparó en un hecho crucial que diferenció al primer Gobierno del retorno a la democracia, con el suyo: el de aquél fue de transición, con toda una disposición positiva y un ánimo colaborativo, el reverso del escenario que le correspondió enfrentar.


En su indimensionable egolatría, confió en su cerebro matemático para sentirse capaz de negociar y ganar, algo usual en él en su personal industria de generación de ganancias económicas.


Enfrente suyo tenía, ahora como fuerza parlamentaria, a quienes le arruinaron su primer Gobierno, poniendo como excusa la mala educación; a un PS que se negó a cualquier tipo de avenimiento y a un bacheletismo sangrante por la derrota y revanchista, quedándole como única, y última, esperanza el histórico péndulo DC. Ésta le brindó una ayuda parcial, pero se acabó cuando la alarma de la izquierda no paró de sonar a causa de la desunión del sector, poniendo en jaque su apetito insaciable por recuperar el poder.


Frente a este escenario, el programa de Gobierno, el original y por el cual votó mayoritariamente la gente, pendió de un hilo, y no hay registros ni recuerdos de algún proyecto que haya salido del Congreso tal cual lo envió el Ejecutivo. Tuvo que resignarse a que la oposición los aprobara a su gusto.


A los tropezones, pero todavía siendo fiel a sus postulados, algo avanzaba. Ello, hasta que el Presidente tuvo la poca feliz idea de viajar a la frontera venezolana para liderar la fracasada caída de Nicolás Maduro. En ese mismo instante, sentenció al fracaso a su Gobierno y se vio en la obligación de ceder gran parte del poder, que nunca tuvo por completo, y se rindió, sin luchar, ante el Parlamentarismo de facto que hoy dirige al país.


Recién por estos días, algunos testimonios de la oposición dan cuenta de lo que la derecha supo el mismo día de la claudicación presidencial: el Mandatario llegó a estar varios días fuera de su cargo. Para recuperarlo no dudó en hacer trizas una Constitución que rigió los destinos hasta de Gobiernos socialistas que lo antecedieron.


Éste es su record que lo catapultó, ya mismo, a la historia política chilena como un inédito entreguista. Por lo mismo, la variedad de otros fracasos en su gestión, parecen irrelevante al lado de su traición a quienes lo eligieron y a quienes, hoy, poco o nada les importa lo que diga o haga porque, simplemente, no lo sienten como su Presidente.


Acaba de completar dos marcas que, también, lo elevan al Olimpo del mal ojo político: el suyo es el primer Gobierno en recibir en su contra siete acusaciones constitucionales en apenas tres años, y eso que todavía le queda más de uno. Ello refleja, dramáticamente, su infantil error de visualizar como amigables a sus enemigos declarados. Llegaron a ser contraproducentes sus sumisiones ante la oposición y sus permanentes alabanzas al “aporte” de un Parlamento hostil.


Ha resultado tan deplorable su gestión, que es casi anecdótico la efímera duración en sus cargos de tres ministros, Alejandra Pérez y Macarena Santelices en Cultura y, ahora, de Víctor Pérez en Interior, quien enfrentó la acusación constitucional en su contra con una renuncia previa, luego de que el propio Mandatario le quitara el piso para su defensa.

Pérez, diputado y senador por Ñuble desde 1990, no iba a salvarse de esta acusación, porque la centroizquierda, más temprano que tarde, le iba a pasar la cuenta por haber sido alcalde durante el régimen militar y por su cercanía con Paul Schaefer, en los oscuros tiempos de Colonia Dignidad.


El ex ministro, como buen abogado, elaboró una defensa netamente jurídica para enfrentar una acusación netamente política, argumento que le fue destruida entre el Presidente y su alma gemela, Mario Desbordes. En ese mismo instante, Pérez renunció, pero su jefe no la aceptó. Derrotado desde dentro, afrontó la votación en la Cámara consciente de cuál sería su futuro.


Se materializó, así, otro record batido por su Gobierno: 4 ministros del Interior en menos de tres años, y la marca, por lo que resta del período, puede mejorarse. Los nombres de Andrés Chadwick -también acusado constitucionalmente-, de Gonzalito Blumel y de Pérez Varela serán recordados por siempre, a la espera de lo que haga el debutante en dicha cartera, Rodrigo Delgado, (ex) alcalde de Estación Central, un UDI pro Apruebo.


La llegada de Pérez a Interior fraguó la esperanza de que dicha cartera, con él, podía recuperar el rol autoritario que le corresponde para hacer respetar la seguridad interior, pero terminó siendo uno más, pues al interior de Palacio prevalece, y se impone, una sola voz casi monárquica: la del Presidente. Es curioso, pero quien entra a La Moneda se doblega, obligadamente, ante el ritual de la mafia de no ver, no escuchar ni hablar. Todo eso es potestad exclusiva del reyecito.

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