NO MÁS EQUIVOCACIONES


VOXPRESS.CL.- Al más puro estilo de los radioteatros de la década del 59, al menos un par de veces a la semana, la población aguarda con una mixtura de ansiedad y nerviosismo los anuncios respecto a las restricciones sanitarias por parte del ministro y la subsecretaria de Salud, dos personajes que, al margen de hacerse familiares a las audiencias, no suelen ser portadores de las mejores noticias.


Tras un invierno en confinamiento, ningún habitante del territorio soñó, en la peor de sus pesadillas, que sólo meses más tarde, estaría sumido en una emergencia más severa aún: de los 18 millones de habitantes, 14 se hallan encerrados en estos momentos.



Seguro, en los anales de la historia mundial quedarán las cuarentenas como una de las peores vivencias que puede experimentar el ser humano. El encierro forzado, sin haber cometido delito alguno, es un sentimiento que perfora la máxima expresión de la humanidad: su libertad. Sentirse privado de ella sin mediar una responsabilidad personal, es una emoción que fragua una espontánea rebeldía.


Una mayoría las acata, resignándose al costo de la depresión, en tanto otro resto las vulnera y expresa su rabia llegando hasta la violencia, como ocurre por estos días en varias capitales de Europa.


Llama la atención que cada vez que se decreta una cuarentena -hablamos de Chile- sólo se profundiza en el daño económico al comercio que forzosamente debe cerrar, pero nunca se pone el foco en el ‘factor humano’, con muchas más víctimas, pues éstas son silenciosas. La OMS ha sido la entidad más entusiasta en recomendar, en la medida de lo posible, la abstención de los confinamientos por los daños mentales que originan. Fue la primera en invocar la necesidad de las clases presenciales para aminorar los efectos negativos en la indispensable sociabilidad de los menores.


El patético escenario de volver a ver a casi todo Chile en confinamiento por el violento rebrote del virus, tiene, claramente, un responsable: el propio ciudadano egoísta e individualista que, prepotentemente, cree que no se contagiará y que no respeta las restricciones ni el mínimo derecho de quienes sí se cuidan.


Desde los primeros decretos de confinamiento, y hasta la fecha, esto ha sido así, incrementado por el descomunal abuso de las concentraciones humanas en los balnearios y por la realización de fiestas clandestinas.

Pero sería una básica operación de facilismo reducir el problema exclusivamente a esta pléyade de idiotas que nunca se han hecho a la idea de observar respeto por algo y por alguien. La mala conducta de estos individuos ha sido, el año pasado y ahora, incentivada por la permisividad de las autoridades, médicas, políticas y económicas, encargadas de elaborar las instrucciones que se le imparten a la población. Todos quienes desempeñan algún tipo de mando en el Ejecutivo, saben perfectamente que el chileno, por su ADN, hace lo contrario de lo que se le ordena, de tal modo que en lo relacionado con el combate a la pandemia, ha existido ausencia de rigor y falta de una mano dura, la que de haberse aplicado, otro gallo le estaría cantando a Chile en la actualidad.


Sin el propósito de simular un dominio de competencias que reconocemos no tenerlas, sólo por sentido común se puede concluir que durante la peste ha faltado audacia en las acciones de prevención y, fundamentalmente, en las fiscalizaciones. Hay que recordar que durante los primeros meses de la ola de contagiados, se envió a los infectados a ¡hacer cuarentena en sus domicilios!, acelerando con ello la trasmisión del virus. Tardíamente se urdieron las residencias sanitarias, las que debieron ser el paradero obligado de todos los enfermos, desde un principio y hasta ahora.


La falta de fiscalizaciones llegó a ser inaudita, y durante meses, a través de la TV, la Subsecretaria de la Prevención del Delito –que nunca se ha hecho cargo de su real misión-, gasta minutos en lucirse ante las cámaras para anunciar, una y otra vez, que “los infractores arriesgan multas de hasta $50 millones”. ¿Cuántas de ellas se han cursado? Dos, y no hay signos de que se hayan cancelado en su totalidad.


Fiscalizar no se trata de cómo lo mal entiende el alcalde de Santiago, quien se justifica “porque no puedo tener a un carabinero en cada esquina”. Ninguna medida de control se remite a tan elemental argumento, porque lo requerido, ayer y hoy, es aplicar mano dura a los infractores, con la creación de Centros Preventivos Temporales de Retención –al estilo de las residencias sanitarias- exclusivos para ellos por el período de cuarentena preventiva y proporcionándoles sólo alojamiento y agua, debiendo sus familias aportar la alimentación.


Con una experiencia así, a la vista, pocos se aventurarían a desafiar las cuarentenas, como en Puente Alto, donde la movilidad llegó a un 75%, o en Valparaíso, donde alcanzó un 80%.

Se entiende por cuarentena efectiva cuando el desplazamiento se reduce en un 90%, de tal modo que estamos enfrente de un fracaso total en esta materia.


La mismísima subsecretaria de Prevención contra el Delito, siempre muy elegante, estimuló la discrecionalidad ante las cuarentenas, al anunciar que “para vacunarse no se necesita permiso”. ¿Cuántos ya habrán salido y estarán saliendo sin tener como rumbo los centros de inoculación? Para tomar una decisión así, hay que ser algo más que cándido.


Igual calificativo de fracaso hay que atribuirle al ocurrente que ideó algunos permisos que otorga la Comisaría Virtual: le erró medio a medio al conceder autorizaciones temporales al voleo: en un fin de semana, habiendo en el Gran Santiago 5 millones de confinados, los pases ‘manga ancha’ llegaron a 3.9 millones. Esta descomunal metida de pata la agravó el sistema de autorizaciones “por vacaciones”, vigente hasta el último día de marzo, consciente todo el país que nadie veranea en este mes.


Como suele suceder en Chile, a raíz de este festival de permisos, a partir del 24 de marzo se restringieron a tal punto que terminaron por perjudicar a quienes la autoridad se vanagloria de proteger: los adultos mayores. Ese mismo día, ante la solicitud de una celadora que cuida a un jubilado de 76 años con ceguera parcial, en la Comisaría de Maipú la obligaron a presentar el certificado médico donde se acredita la enfermedad con el nombre, RUT y domicilio de la prestadora del servicio, además del sello notarial. Por protocolo ningún profesional puede incluir en su prescripción asuntos de índole laboral. Tan inaudita falta de criterio, sólo es dable en este país.


En todos los tonos, el ministro y sus subsecretarias le contaron al país que, en esta segunda ola, los hospitales y clínicas son colmados por pacientes con covid menores de 50 años y, preferentemente, por los de 40 y menos, y recién a mediados de la semana pasada, se inició la vacunación de habitantes ubicados en ese rango etáreo, esto es, cuando la leche ya está derramada. Esta tardanza se debió a que la agenda por edades, que partió impecable, fue rápidamente alterada en algunos municipios por motivos políticos -elecciones inminentes- y por la intromisión de jóvenes por ser de áreas sensibles, como los vinculados a la educación. Con meses de anticipación, el MINEDUC estableció el retorno a las clases presenciales el 1 de marzo, misma fecha programada por SALUD para iniciar, recién, la inoculación a los docentes… Nadie previó ni visualizó tamaño contrasentido.


Desde abril de 2020 se conoció la fecha de las elecciones del 2021, pero recién ahora, a última hora y ya en plena vacunación, se consideró la urgencia de hacerlo con los vocales de mesa por ser sujetos de riesgo, alterando, una vez más el calendario previamente previsto.


Durante el año que lleva la peste instalada en el país, ha sido imposible alcanzar los rangos de testeos y trazabilidad fijados por la OMS, la que pide un 14%, en tanto uno de la semana pasada apenas llegó a 1.9%. Este mecanismo preventivo permite detectar los focos y seguirlos, con lo cual se evitarían las cuarentenas generales, injustas la mayoría de ellas. Justificación para esta tremenda cojera: no hay personal suficiente.


Pero a esta suma de errores de La Moneda –porque, en definitiva, allí siempre está el cedazo- le faltaba la raya, y ésta se trazó el jueves 25. Nunca antes había sucedido que lo que iba a anunciarse se conociera con una hora de anticipación y, también, como nunca antes, el ministro de Salud traicionó de modo tan flagrante su palabra.


Hace mes y medio garantizó que “nunca más se volverá a dejar a toda una Región en cuarentena”, especificando que las fases se determinarán según el número de contagios por comuna.


Un grupo grande de alcaldes de izquierda, los medios de comunicación y los calculistas electorales de La Moneda, no resistieron la “injusticia” de que se mantuviesen en Fase 2 a “los sectores más ricos y donde hay más malls” de la Región Metropolitana. Nadie abrió la boca hace un año cuando entraron en confinamiento exclusivamente Las Condes, Vitacura y Lo Barnechea, dado sus números de contagios. Hoy, cuando tienen los niveles más bajos, son bajadas a Fase 1 sólo por ceder a presiones, una vez más, ideológicas.


En la negra historia de esta epidemia, jamás antes se había decretado el encierro conjunto de 14 comunas casi todas limítrofes, como éstas del sector nororiente del Gran Santiago, y al hacerlo, nadie informó de un eventual aumento de infectados y, en forma inédita, no fue la subsecretaria Paula Daza, encargada de ello, la que asumió ese rol, sino se le encomendó, en una clara señal de mala intención, a la doncella del Comité de Crisis, Khaterine Martorell.


El país por siempre estará agradecido de quienes, en un momento clave, discurrieron la idea de hacerse parte de la investigación para descubrir una vacuna y, con ello, obtener el derecho a una adquisición prematura del fármaco cuando estuviese listo. El éxito está a la vista con el gran contingente de adultos mayores que dejaron de ser la ‘primera fila’ de candidatos a contagiarse. El gran problema vigente es que siguen existiendo necios. Aunque siempre los ha habido y los habrá, hay quienes, y créalo- se niegan a ser inoculados “porque nos pueden colocar un chip que les permita ubicarnos por nuestra posición política”…, según versión de un ex detenido político durante el régimen militar.


Más allá de esta responsabilidad que siempre les ha cabido a los idiotas que abundan en el territorio, tanto las autoridades de Salud, del Consejo Asesor y de La Moneda, tienen que asumir que se han equivocado y que, a partir de la tremenda emergencia actual, no pueden volver a hacerlo.


La vacunación masiva, mucho más que el manejo en sí de la crisis sanitaria, significó un gran éxito, pero hubiera sido un gigantesco exitazo de haberse adoptado medidas con más coraje, objetividad y sentido común.