NO, DESDE UN PRINCIPIO


VOXPRESS.CL.- Finalmente, y tal como incansablemente lo advertimos y lo pronosticamos desde octubre de 2018 en adelante, llegó el día en que el país es dirigido por el extremismo y por el comunismo, y, para peor de males, éstos no sólo ejercen el Poder Ejecutivo, sino, además, una fracción del Legislativo, parte del Judicial, y, lo más grave y trascendente, arrasa en la Convención encargada de redactar una nueva Constitución para el país.


De momento -es una incertidumbre su futuro a mediano plazo-, sólo el Senado quedó fuera del dominio extremista y revolucionario.

Es este hecho, este solo hecho, el que le da a la oposición libertaria y democrática una herramienta -aunque es un misterio por cuán tiempo-, para que los derechos básicos y las libertades personales aún tengan una oportunidad, quizás la única, de salvarse.


En la Cámara de Diputados le bajó considerablemente el quorum del cual disfrutó, y abuso, la oposición izquierdista hasta el viernes pasado (11) y en el Senado dejó de tener mayoría.


Este Gobierno prometió ser el primero de un largo siclo en que Chile sobreviva en manos de una izquierda rencorosa y vengativa que se ha propuesto refundar al país, vistiéndolo con un “traje nuevo”, como lo definió el camaleón Joaquín Lavín, para hacerlo “más justo” en “una cancha igual de pareja para todos”.


El Gobierno del frenteamplismo y del comunismo, reforzado oportunistamente por el PS, algo del PPD y del PR y por otros entes minúsculos pero ideológicamente en su sintonía, no lo constituyen sólo la Presidencia y sus ministerios, sino, también, lo robustece la Convención Constitucional, una montonera revolucionaria sedienta de odio y de arbitrariedades.


Tiene, pues, la inédita ventaja de poseer ejecutivamente dos cañones, uno, el Gobierno central, de media potencia, y el otro, tremendamente dañino y expansivo, la Convención. El Ejecutivo, en particular, puede gozar de una estadía sin estresarse ante la garantía de que la Convención le está haciendo, y de hecho la hace, de refundar el país.


Frente a este escenario tan brutal y escalofriante como el que le tiene reservado Putin a la euro/asia, la oposición libertaria no tiene más que dos caminos: levantar un muro legislativo y movilizar a sus partidarios para elevar al máximo los decibeles en contra de la Convención Constitucional. Llegó la hora de salir de las oficinas y dejar los cafecitos matinales para ponerse la única vestimenta válida para salvar a la Patria: la de luchar, y en terreno.


Por lo mismo, estrellándose dos y hasta tres veces con la misma piedra, resulta inentendible escuchar de algunos libertarios que “haremos una oposición de acuerdo a como se sucedan los acontecimientos” o “seremos justos y no destructivos”. La población democrática no perdona que haya una sola coma de diferencia en cuanto a lo que se tiene que hacer.


Hoy, como nunca, no son necesarios los populismos para cuidar votos inciertos, porque todos los partidos de Chile Vamos y todos los millones de independientes que, votaron por el Rechazo y los que lo hicieron por el candidato de la derecha en segundo vuelta, tienen el compromiso de responderles a sus votantes, sean de su sector o del entorno de éste.


De los 8 millones de chilenos que sufragaron el 21 de noviembre, hay 3,7 millones que lo hicieron EN CONTRA del actual Gobierno y, por lo tanto, es el único mandato que deben cumplir: negar la sal y el agua. No se les aceptan rencillas domésticas por intereses personales.


No es momento, otra vez, de caer en la política dialogante, y hasta suplicante, utilizada fracasadamente hasta hace horas por una supuesta derecha, que por segunda vez entrega el país a manos de la izquierda. La terrible experiencia de la invasión rusa a Ucrania ha dejado al desnudo la potencia de la mentira, la misma que, por dogma y tradición, abre el abecedario del socialismo internacional.


El Ejecutivo ha “emborrachado” la perdiz” de la población, al cambiar abruptamente del garrote de la primera vuelta a la política de los acuerdos, de la segunda. Jamás ha dejado de mencionar la “gradualidad”, y ello es sólo ir más despacio, dados sus recortes de votos en el Congreso, pero siempre en el camino refundador del país con la gran colaboración y garantía de la Convención Constitucional.


El jugar con fuego llevó al Gobierno recién salido, posiblemente, a ser el último genuinamente democrático. En la gobernanza son válidas todas las estrategias, pero éstas dependen, siempre, del escenario y del momento, porque, como dice un viejo refrán, “en política, una semana es demasiado tiempo”. Esta vez, instante crucial, de vida o muerte, el incendio tiene que ser inmediato, total y permanente, sin permitir escapatorias, y ello es correspondiente al amplio sector de chilenos que nada le creen a este Gobierno, sino, simplemente, lo aborrecen por ser el transporte a la más vejatoria de las vidas que conoce la humanidad: la del fanático totalitarismo socialista.