LOS PARTIDOS MANDAN
















VOXPRESS.CL.- Los partidos políticos son entidades de interés público creadas para “promover la participación de la ciudadanía en la vida democrática y contribuir a la integración de la representación nacional”.


Hasta ahí, la definición oficial de partido político, la que se basa en pura teoría, porque la realidad y la práctica apuntan a otros objetivos, y ello en todo el mundo y no sólo en Chile.


En virtud de este concepto universal, manejado casi unánimemente, queda categóricamente establecido que sin ellos la institucionalidad no sería posible, ni menos la democracia, de acuerdo a su concepto de participación y representación.

Sus deformaciones y malas imágenes no son generadas por esa definición, sino por las conductas de quienes integran los partidos, esto es, por sus militantes. Un símil simple de partido político es el concepto de hogar: hay una sola acepción respecto a lo que significa, pero, de acuerdo a sus componentes y a sus comportamientos, los hay maravillosos y desastrosos.


Ciñéndonos a la definición oficial y universal, se considera a quienes conforman los partidos, esto es, sus militantes, “personas que comparten objetivos, intereses, visiones de la realidad, principios, valores y proyectos para ejecutar total o parcialmente en Gobiernos democráticos”. La descripción agrega –y a eso vamos- que “son los encargados de presentar candidaturas a ocupar diferentes cargos políticos”.


Se viene un enjambre de elecciones, y una especial, la de Convencionales Constitucionales, que será trascendental para el futuro del país, y quienes propusieron candidatos para ser uno de los 155 asambleístas para escribir la nueva Carta Magna, fueron ¡los partidos políticos!


El resultado del texto definitivo que guiará nuestros destinos por medio siglo, no será producto “del pueblo”, sino de una lista escogida por los partidos, los mismos de siempre y con sus vicios de siempre. Si se repara en las características ‘oficiales’ que la definición oficial hace de los militantes, la decepción y el engaño van de la mano, específicamente cuando alude a sus “principios y valores”.


Los chilenos bien saben que el mundo político criollo está en las antípodas de esos conceptos, y no por pura casualidad la señera institución republicana del Congreso Nacional vive permanentemente con su prestigio por los suelos.


El concepto de partido político que mejor identifica a la realidad chilena es el que planteó Stefano Bertolini, un jurista florentino del siglo XVI y académico de la Universidad de Pisa, quien detalló que “se trata de grupos de individuos que se alían para poner en altos cargos a gente de su interés y para satisfacer sus intereses”.


Cuando en la Cumbre del Grupo de Puebla, en Caracas, el socialismo latinoamericano resolvió “imponer” una nueva Constitución en Chile mediante el derrocamiento del actual Presidente, se acordó que, con posterioridad, quienes redactarían la Constitución Popular serían “directamente” los “representantes del pueblo” escogidos, a dedo, por éste, tal como ocurrió, tras la llegada del chavismo a Venezuela.


Pese a la cobarde cesión presidencial, ello no se concretó acá, porque el reglamento para el plebiscito y su desarrollo lo hicieron los políticos entre cuatro paredes del Congreso en la capital y ataron la elección de asambleístas, ya sea a su participación directa en un 50% o a candidatos propuestos por ellos mediante listas.


Este último fue el sistema por el cual optó la ciudadanía el 25 de octubre, muchos en la cándida creencia de que los partidos nada tendrían que ver en la elección del 11 de abril.


Fueron los partidos los que establecieron pactos y convocaron a gente de su confianza para integrar las listas, de tal modo que, aunque por una vía indirecta, serán ellos los que, en proporción a los electos, impongan su voluntad en la nueva Constitución.


Casi con euforia, pero con un desconocimiento de la realidad, hubo quienes destacaron, y celebraron, que un 60% de los más de 1.300 candidatos a Convencionales Constitucionales no son militantes de partidos. Ése es un dato estadístico y casi anecdótico, porque quien accede a defender una postura afín a la lista que integra, no es un independiente ni alguien sin sensibilidad política.


En conclusión, y como ha sucedido siempre, la ciudadanía el 11 de abril tendrá que pronunciarse, probablemente, por candidatos que no son de su agrado ni conocimiento ni de su simpatía, pero sí cuentan con el patrocinio de un partido, ya sea azul o rojo, pero partido al fin, y con todos sus vicios sobradamente conocidos.


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