LOS ‘OTROS’ NIÑOS


VOXPRESS.CL.- Frente al natural repudio de una mayoría de la población, los menores ‘idealistas’ y revolucionarios que luchan por un nuevo Chile, superaron todo límite, al originar un incendio en la base del monumento a uno de los héroes de la Guerra del Pacífico, general Manuel Baquedano, en la plaza del mismo nombre. Su desquiciado proceder fue meramente simbólico, pero muy revelador de lo que entienden, y les han enseñado, como Patria: el mármol y el bronce revestido son incombustibles.


Estos niños extremistas y encapuchados, al igual que los de las revueltas de los liceos emblemáticos y de quienes ‘inauguraron’ el 18/O, saltando los torniquetes del Metro, constituyen la milicia permanente de las entidades que propician la desobediencia civil, y cuando son llevados hasta un tribunal, resultan rápidamente liberados por no ser sujetos de penas.

Muchísimos menores de edad en Chile disfrutan de un estatus envidiable: por su derecho a no responder por sus acciones, muchas de ellas criminales, y por ser motivo de especial protección de organizaciones de izquierda, como la ONU, la Alta Comisionada, la CIDH, la UNICEF y el celosísimo INDH.


No debe haber otros niños en el mundo más protegidos, respaldados y favorecidos en el mundo que nuestros revolucionarios, ya icónicos encapuchados, geniales maestros en la confección de bombas Molotov y expertos en el lanzamiento de piedras, en el uso de cuchillos, en el porte de ácidos y generosos compradores de proyectores láser enceguecedores.


Sin embargo, hay otros niños, que son muchísimos más que éstos vándalos con motivaciones políticas, que no gozan de protección: son los que caen muertos por no hallarse en un sitio y en una hora inapropiadas para ellos.


No nos referimos a los que perecen por algún accidente o a causa de una agresión o ataque directos por parte de otro. Hacemos directa alusión a esos menores cuyos padres, o mayores a su cargo, no les brindan ningún tipo de precaución y los exponen al peligro con total indiferencia.


En un país como éste, en el cual la criminalidad está desbordada y las calles constituyen selvas peligrosísimas a cualquiera hora, la presencia involuntaria de niños en ellas, es un inminente peligro para sus vidas.



Por lo mismo, las actuales son horas en que los niños, inocentes desde luego, no deben ser expuestos a un riesgo permanente y, por el contrario, hay que garantizarles su sobrevivencia.

Con una frecuencia mayor a la normal, en urbes regionales y en la capital, las policías son alertadas de niños muy menores, ‘vagando’ por las calles, desorientados y solos, incluso durante las noches y madrugadas. Los afortunados padres que suelen reencontrarlos, se excusan, diciendo que “no nos percatamos de que había salido”…Ni siquiera una reprimenda se llevan.


En las últimas semanas se conjugaron, casi simultáneas, circunstancias en las cuales las víctimas fatales fueron niños transportados por adultos en horarios y lugares peligrosos. Hace dos meses, una madre y su hija fueron atacadas para robarle a aquella su auto,… ¡80 minutos después de haberse iniciado el toque de queda!: “se nos pasó la hora y fui a dejar a una amiga a su casa” fue su injustificable justificación.


En medio de la oscuridad en una avenida solitaria, una menor fue baleada y muerta al momento de robarle el vehículo a su madre, en tanto, en una de las comunas más peligrosas del país –Maipú-, y también de noche, un niño recibió un impacto al interior del auto que lo transportaba en medio de una balacera.


Tiempo atrás, en el sector sur de la capital, una adolescente cayó abatida por un balazo, producto de un ajuste de cuentes de bandas rivales: sus padres “salieron a mirar” y ella los siguió.


En uno de los casos más bullados, complejos y controvertidos de los últimos tiempos, el del niño Tomás Bravo (3), de Lebu, la “versión oficial” da cuenta de que un tío abuelo lo dejó esperándolo, solo, por veinte minutos”, a pocos metros de una ruta interprovincial.


Se trata de seres aún muy tiernos, sin capacidad mínima de racionamiento y reflexión, sobre los cuales sus respectivas familias tienen que ejercer la máxima protección posible, sobre todo hoy, en el marco de

Una sociedad definitivamente endemoniada.


Por lo mismo, llama la atención, al menos de los espectadores de estos episodios, que el histerismo de sectores de la población apunten sólo contra los eventuales o reales autores o culpables, y solidaricen bulliciosamente con quienes, por su indiferencia y desprolijidad, contribuyeron a que se produjesen los desenlaces fatales.


La Defensoría de la Niñez, la que se supone ente principal preocupado de su protección, ocupó buena parte de su financiamiento fiscal en producir un videoclip, exaltando el que los jóvenes hayan saltado los torniquetes del Metro, un negro episodio preámbulo del Golpe extremista que salvó de su dimisión al Presidente de la República por apenas 7 votos. Un observador de la ONU, calificó ese documento visual como “una obra de arte”…


Dicho organismo, siempre con su foco puesto en la defensa ideológica de los menores, debiera, al menos, y sin agudizar sus lágrimas, denunciar y censurar la irresponsabilidad y la ausencia de cuidado que les dieron a sus hijos, al exponerlos irresponsablemente al peligro.


En hechos de características tan trágicas, y así como se están y siguen dando, se ubica a los responsables de no cautelar a sus niños exclusivamente como víctimas, no siendo así, según lo demuestran claramente los sucesos.


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