LA SOCIEDAD DE LOS SIMIOS


VOXPRESS.CL.- Sería irresponsable rasgar vestiduras por la no perpetuación de un solcito que se apareció, quizás abrupta e inesperadamente, sobre tanta nube negra que cubre al país. Por circunstancias muy puntuales, un sector de la población, el portador de las saludables costumbres de la disciplina y el trabajo, se ilusionó con una alineación de los astros para salvarse del tsunami político/social que se viene encima.

El chileno, como el surfista, vive su día a día como trepador de olas, celebrando un triunfo personal acaso lograr superar una, algunas o todas. El 21 de noviembre, un número importante de compatriotas sorteó una difícil y gran ola: emparejó la cancha en el Congreso Nacional y el candidato que ofreció fundamentos elementales para una normal convivencia nacional, como la autoridad, el orden y la seguridad, ganó la primera vuelta electoral presidencial.


Todo un exitazo por donde se le mirase, alentando con ello que una próxima ola, aún más grande y difícil, también podía ser accesible: terminó siendo, apenas, un sueño de primavera.


Pasó lo que ningún analista, experto, investigador, adivino, esotérico, gurú u oráculo pudo prever: la dinámica reactivación de la sociedad de los simios, la que batió todos los records de participación y votación. Proclamó, además, a su mono mayor, un avezado trepador de árboles magallánicos.


Esta desconfiable y peligrosa sociedad se convirtió en un sistema político/social, tras el 18 de octubre de 2019 con el mal llamado Estallido en protesta por 30 años de postergaciones a que una cadena de gobiernos centroizquierdistas –incluidos los dos de Piñera- la había sometido. “No queremos nada de lo vivido con esta gente” fue su proclama.

Brutal por su alta capacidad destructiva, fue una rebelión ideológicamente muy extremista con la capacidad de aglutinar a una mayoría de habitantes de las más diversas características, pero todos muy identificados por sus similares conductas sociales.


Ya mucho antes del 2019, un nuevo tipo de chileno se venía abriendo paso: disconforme por todo y con todos y con pocos bríos para aportar a la sociedad, como sus compatriotas. Esa montonera desarticulada aprovechó aquel 19 de octubre para congregarse y crecer.


Es una fracción, claramente muy mayoritaria, de ignorantones, generalmente flojos, que desconoce por completo los valores básicos de la convivencia humana y que ha hecho del no respeto por los demás su valor más sagrado. Pueden vivir en una población marginal como en una residencia sólida en un barrio sin precariedades, y hasta utilizan su propio transporte personal para desplazarse. Quien crea que se trata de “los pobres de Chile” está en el más profundo error: la policía debió frenar la caravana de automóviles, provenientes del “sector oriente de los ricos”, rumbo al centro capitalino para escuchar al candidato vencedor.


Esta transversal composición humana, ahora gobernante, ni siquiera tiene definiciones políticas claras: en el Frente Amplio se crean, mutan y se desafilian partidos como quien se cambia de camisa. No reconocen ni respetan a la autoridad y se sienten orgullosos de la desobediencia civil. Las normas del buen convivir para ellos no existen; les resulta natural su familiaridad con las drogas y, en muchos casos, los delincuentes son parte de sus actividades.


Su candidato presidencial pudo ser cualquiera. A Gabriel Boric le tocó.


Por propia confesión, sólo participó “en la primera parte de la revuelta” y fue el único que se sentó a la mesa con “los repugnantes conservadores de la izquierda”, lo que le significó una dificultad para juntar las firmas de patrocinadores para la primaria interna.


A esta sociedad le importaba, por sobre todo, que el candidato tuviera las características comunes en todos ellos: poco lúcidos, sin competencias intelectuales y, por cierto, disconformes con el mundo en el cual viven. El resultado de la elección hubiese sido el mismo con Jiles, Siches, Campillay, Jackson o cualquier otro protagonista del Golpe de octubre, destinado a deshacerlo todo para hacerlo de nuevo a su propia pinta.


No es menor su percepción acerca del país: desde la fundación por parte de Pedro de Valdivia a la fecha, Chile no vale la pena. Sólo lo valdrá con ellos manejando el poder, y acomodándolo a su óptica extremista.


Quemarlo todo, boicotear cuanto provechoso existe para quienes no comparten sus ‘ideales’, ser insolentes, atropelladores y hasta estafadores -como Mauricio Rojas Vade-, son características de esta nueva sociedad en que todo es igual, un hombre o una mujer, y en que trabajar es lo mismo que no hacerlo, y en que la marihuana y la cocaína “te hacen más feliz”. Embriagar y embarazar a una desconocida es parte de su cotidianeidad, como así la mujer que se despierta de su borrachera, media aturdida sin saber con quién compartió lecho, se siente orgullosa de su feminismo.


Es la generación del “no importa”, como, por ejemplo, no asistir a clases, copiar las tareas y conectar el Zoom con el profesor e irse a hacer otros menesteres. Son quienes eluden el pago del transporte, hurtan en los comercios y obtienen rentas ocupando propiedades ajenas. Sirven a “la causa” mediante la fabricación y uso de bombas Molotov y, con la mayor naturalidad, transportan ácidos en sus mochilas. Prefieren la ganancia rápida obtenida como ‘soldados’ de bandas de drogas o del lucrativo microtráfico. Se saben de memoria el abc de las libertades condicionales. Desprecian a todo cuanto huela a tradición, historia, ciencia o conocimientos, porque para esta sociedad, el estudio es una pérdida de tiempo. Su único objetivo es que el Estado los mantenga y alimente por el solo hecho de habitar en el país.


Al igual que los simios, son repetitivos de ciertas conductas memorizadas, y en su caso específico el odio que se les inculca y predica, siendo su lección predilecta el incontrolable desprecio por el militarismo. Terminado el régimen de las FF.AA., sociólogos e investigadores vaticinaron que tendrían que pasar tres generaciones para que se diera vuelta la hoja en torno al Golpe del “once”. Resulta que los nietos de quienes vivieron aquella experiencia son los más exaltados en maldecir a quienes evitaron que Salvador Allende transformara a Chile en una dictadura comunista.


Muy conscientes sus abuelos y sus padres de que si ahora pueden ser propietarios y tener abundantes bienes y lucir zapatillas extranjeras de última, es gracias al modelo neoliberal que ahora empieza a despedirse y que por más de 40 años ha permitido la modernidad y el progreso del país.


Basta con observar tres fenómenos electorales recientes para dar fe de que el odio y la venganza siguen, incluso, al alza. Las tres más altas votaciones desde el año pasado a la fecha fueron vinculantes con el imborrable fantasma de Augusto Pinochet: el plebiscito para “terminar con la Constitución de la dictadura”, los convencionales constituyentes “que escribirán una, antítesis de la del 80” y ahora, el triunfo de Boric, el cual explotó al máximo un imaginario vínculo de su rival con la dictadura. La campaña extremista difundió que su padre fue “un nazi”, que participó en el asesinato de campesinos allendistas, que su hermano Miguel nada hizo ante las torturas, rematado todo por el mote de “facho” con que se tildó al candidato de la libertad, sin conocer, naturalmente, el origen de dicho vocablo. “Con él, desaparecerá gente” se amedrentó a vecinos de barrios populares.


Para mal de males, horas antes de la elección, falleció la viuda de Pinochet, con lo cual, como ventisca, se ventilaron viejos cuentos sobre los horrores de aquellos lejanos pero no olvidados tiempos.


Alertados por el segundo lugar de Boric en la primera vuelta, los activistas del extremismo, unos maestros del trabajo territorial, se dieron a la silenciosa tarea puerta a puerta de convencer a los monos de que una eventual victoria final de JAK era un retorno seguro a una nueva dictadura militar. Ello, aunque imposible, para el nivel generalizado de esta peculiar sociedad, fue creíble, y ello mientras el candidato se presentaba como un pan de Dios, dialogante y centrista, para convencer a los indecisos incautos.


La sociedad de los monos no ha sido tan infeliz viviendo por 21 años en plena democracia, exprimiendo todo de ella y estrujando sus beneficios. Lamentablemente, dada su peculiar forma de actuar y pensar, cree, o le hicieron creer, que la democracia es otra, y en la cual, sin hacer algo y sin menor esfuerzo, el Estado se encargará de hacerlos feliz, tal como ahora lo son los pueblos de China, de Corea del Norte, de Cuba, de Venezuela y Nicaragua.