LA PLATA DE LA GENTE



VOXPRESS.CL.- Menos debates, menos opositores, menos advertencias negativas y hasta menos caras largas caracterizaron el acuerdo legislativo que le permite a la gente con ahorro previsional sacar otro porcentaje de sus fondos desde las AFP´s. Esta especie de rutina se veía venir desde que la izquierda se propuso vaciar los dineros acumulados por las administradoras de pensiones para, simplemente, terminar con su existencia.


Lo que para la primera vez se denunció, y se percibió, como un harakiri de los cotizantes por gastarse indebidamente los recursos que les permitirían subsistir en la vejez, terminó por convertirse casi en un deporte, e incluso este entusiasmo originó el aviso de que en marzo puede concretarse un tercer retiro.


Lo que partió siendo una cuestión exclusivamente política, esto es, la animosidad política y de algunos sectores sociales en contra de “los abusos de las AFP’s”, no sólo bajó de tono, sino cambió la percepción general.

Engañosamente, y así se argumentó en la Cámara y en el Senado, para el primer retiro se argumentó que la población requería de sus propios fondos acumulados para “saciar su hambre”. Una vez más el populismo no sólo erró, sino hizo el ridículo: un 1% de quien sacó parte de su dinero lo hizo para adquirir alimentos, en tanto el resto, amortizó deudas para salir de DICOM, para adquirir bienes muebles, dar pies para créditos hipotecarios y uno de cada diez cotizantes compró su primer automóvil.


Si para el primer retiro lo hicieron 11 millones de ahorrantes, ahora se espera que el número baje a 8, porque la diferencia está dada por aquellos que se quedaron sin ahorros en las AFP’s.

Hay quienes, como los inconsolables ministros de Hacienda y del Trabajo, impugnan duramente el procedimiento por considerarlo pan para hoy y hambre para mañana, el entusiasmo de la gente por retirar sus ahorros y no privilegiarlos como única fuente de sustento en el futuro, tiene validez, tanto emocional como racional.

La sociedad chilena, dado su exacerbado individualismo, está cada vez más sumida en el consumismo y en un vertiginoso afán por mejorar cada día su bienestar. Para ello requiere recursos frescos que no se los proporcionan salarios muchas veces paupérrimos. Sus tarjetas de créditos están copadas y, por sus niveles de ingresos, no son sujeto de créditos para las entidades financieras.


Esta sensación de querer pero no poder, fue la que indujo a millones a percibir en estos retiros un auxilio económico importante, casi caído del cielo. Una parte sacó cuentas de que al reducir un porcentaje equis, al momento de jubilar su pensión se rebajaría apenas en $20 mil: “Casi nada” se dijeron. Otra fracción, con mejores salarios, calculó que por la cuantía de sus ahorros, restarle algunos millones no les haría ni cosquillas a la hora de pensionarse.

Diríamos que el eje que activó esta aceleración fue una reflexión personal de muchos, en cuanto a que se le presentaba una vía diferente a la espera de los 60 o 65 años para vivir a duras penas. Optaron, así, por el camino propio de iniciar cualquier tipo de emprendimiento que mejorase sus condiciones actuales y les permitiera avizorar con mucho más optimismo la llegada de la vejez.


La izquierda celebró con jolgorio, y como un éxito propio, la aprobación del primer retiro; en esta segunda oportunidad apenas fueron 18 quienes se opusieron en la Cámara, porque en su gran mayoría no están pensando en la gente, sino en sus reelecciones y otros tantos en materializar su objetivo de liquidar el sistema. Las AFP’s y su regulador, la Superintendencia de Pensiones, rápidamente acordaron el procedimiento de pago, como si se tratase de lo más normal. Así y todo, la izquierda sigue convencida de que hará pagar caro a las administradoras el uso y abuso de sus utilidades, ello sin darse cuenta de que éstas tienen, hace tiempo, a muy buen recaudo lo que han ganado con los fondos de los cotizantes, y si llegan a desaparecer, dejarán de tener más réditos millonarios, pero nadie les restará sus ya engrosados capitales.

Este empeño de dejar sin fondos a las administradoras dejó de ser sólo una antigua ambición política para instalarse, de frentón, como un fenómeno social que revela, una vez más, el empoderamiento de la gente cuando siente que puede hacer lo que quiera con lo que es suyo.


Los fondos acumulados en las AFP’s no son de éstas, sino de los cotizantes, y parece haber llegado la hora en que éstos privilegian el presente por sobre el futuro y sus necesidades y ambiciones actuales por encima de lo que les ofrecerá la vejez, si es que llegan a ella, una vejez que la ven distante y precaria. Sus conductas reflejan que han asumido la opción de pasarlo mejor, ahora, ya mismo, antes de sentarse a aguardar pasarlo peor, muy mal, dentro de algunos años.

Si se observa la conducta general de la ciudadanía, es fácil concluir que a ésta, en ningún tipo de aspectos, le importa el futuro, ni el propio y menos el colectivo, sino exclusivamente estrujar el presente, y creerse feliz a su manera con el disfrute de más y mejores bienes.


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