LA ‘MALA RELACIÓN’ MÁS VISTA



VOXPRESS.CL.- Jorge Brito Hasbún, fundador y diputado de Revolución Democrática (FA) por un distrito de Valparaíso, hace años inició una campaña para terminar con la Justicia Militar y fue activista de la revuelta estudiantil de 2011 contra el actual Presidente, durante su primer período.


Estos breves antecedentes justifican su postura de ser uno de los extremistas que se opusieron a la reciente realización de una austera Parada Militar, luego de un año de suspensión a causa de la pandemia. No fue invitado a ella, como sí lo fueron la alcaldesa comunista de Santiago -administradora del Parque O’Higgins- y la activista mapuche a cargo de la Convención Constitucional, aunque, ambas, por razones ideológicas, rehusaron asistir al desfile conmemorativo.


Esta última, la extremista Elisa Loncón, no es autoridad de un Poder del Estado, sino sólo encargada de una comisión temporal, pasajera y deslegitimada, por lo que ni siquiera debió ser participada, y, para mayor contrasentido, a un evento protagonizado por quienes ella odia y combate.


Pese a tratarse de un ingeniero civil preparado, el diputado Brito hizo un análisis ficticio y anacrónico al afirmar que “la Parada Militar, en vez de recomponer los lazos entre la ciudadanía y los uniformados, los empeora”. Un solo dato desploma su fallido y arbitrario diagnóstico: el rating (audiencia) de la Parada 2021 fue de 33 puntos, una cifra que haría saltar de alegría al director del programa más atractivo de TV.


Un punto de rating equivale a 25 mil hogares conectados a la transmisión, por lo cual en más de 800 mil viviendas se sintonizó el desfile.


Aún más, si se calcula, por proyección, que en cada hogar habitan en promedio tres personas, fueron millones quienes la observaron a distancia. Esta cifra está muy lejos de reflejar una “mala relación” entre la civilidad y el mundo castrense.

Pese a que para otro tipo de eventos se autoriza un aforo, la última Parada, inéditamente, fue sin público, ello por sugerencia de quien temía ser silbado. Los espectadores que suelen asistir por lo general son familiares de quienes marchan, especialmente de los novatos.


La izquierda, engañosa y aprovechadoramente, persiste en mantener vivo al Ejército de 1973, ello con la mala intención de demonizar a todos quienes visten un uniforme militar. Los protagonistas de la expulsión del marxismo en Chile, no están en servicio y muchos de ellos, muertos. Un gran número de quienes desfilaron esta vez no habían nacido para esa fecha.

Estos termocéfalos, los mismos de la Convención Constitucional y los mismos que llegaron a manifestarse violentamente a las puertas del Parque O’Higgins, son indiferentes e ignorantes de las amenazas externas que arriesga la soberanía nacional en sus dos extremos. Ningún sentido les hace el rol vigilante de las FF.AA. porque -como lo hemos escrito y dicho muchas veces- carecen de identidad nacional, y su única patria es el socialismo internacional, su himno y su bandera. Fueron ellos quienes ‘intervinieron’ una encuesta para prácticamente eliminar los desfiles del 19 de septiembre como uno de los tradicionales y más antiguos símbolos de la chilenidad.


En esta permanente y odiosa campaña de mantener y profundizar cuñas entre civiles y militares, hay que distinguir entre el trigo y la paja. Su furia de años es contra el sistema institucional y contra quienes lo simbolizan: los “ricos capitalistas”, y, por ende, entre ellos el actual Presidente, a quien estuvieron a punto de derrocarlo en octubre de 2019. Su objetivo real fue impedir que el ego presidencial recibiera un tónico en su última Parada.


Supone la izquierda que la realización de esta reciente Parada se mantuvo en un cómplice silencio durante semanas, y ello por precaución, ante el deseo irrefrenable del Mandatario de despedirse en grande, arriba de una carroza, recibiendo los honores correspondientes a su rango.


En más de 100 años de su realización, son muchísimos los Presidentes que han estado presentes en las Paradas Militares, y entre ellos connotados socialistas que intentaron infiltrar al ámbito castrense, pero siempre respetaron el derecho que le cabe al Ejército de conmemorar sus glorias y hazañas, reconocidas también en el resto del mundo.

Desde 1990 a la fecha, el mundo militar se recogió a sus cuarteles, limitándose sólo a defenderlos de los embates de los vándalos terroristas. Es al interior de sus unidades donde se refugian para monitorear, día a día, las sombras que suelen asomarse, sin trascendencia pública, sobre nuestro territorio.


Al término de la Parada, el Comandante en Jefe del Ejército, Ricardo Martínez, envió un mensaje que, como siempre, muchos no captaron, pero que al activismo extremista le impactó en lo profundo. Dijo: “por los próximos años, décadas y siglos, Chile seguirá siendo una República”. A buen entendedor, pocas palabras.