HASTA NUNCA


VOXPRESS.CL.- No hay transeúnte de esta vida que, al menos, por una sola vez no haya escuchado la advertencia de que “nunca digas que de esta agua no beberé”. Los avatares de la propia existencia de cada cual, probablemente les han impedido recordar alguna experiencia sustentada en aquel viejo proverbio.


Partiendo de esta base, es arriesgado hacerlo, y más aún conociendo al personaje, pero son muchos y tan contundentes los hechos, que no es aventurado confiar en que el ahora ciudadano Sebastián Piñera Echeñique no volverá a ser Presidente de Chile.


Luego de entregar el mando -no la banda presidencial, porque ésta es persona- a un extremista, el ex Mandatario se marchó, probablemente desahogado pero seguramente mucho más preocupado de aquella fecha del 11 de marzo de 2018, cuando recibió el mando del país de parte de la socialista Michelle Bachelet: se fue bajo la amenaza de convencionales constituyentes de meterlo preso y del comunismo de perseguirlo internacionalmente.


La primera historia de las muchas que no le gustará contar, lo ha marcado para toda la vida: es el único Jefe de Estado que en sus dos administraciones, terminó entregando La Moneda a la izquierda. Eso no se lo borrará ni la goma más tecnológica que se descubra.


Enseguida, hay que anotarle otro record, al menos en lo que va transcurrido del siglo XXI: es, también, el único que ha sido víctima de un intento de derrocamiento.


Desde sus tiempos de atrevido ingeniero comercial que se involucró en un escándalo bancario que lo obligó a refugiarse por el acoso de la Justicia, el ex Presidente se convirtió en un experto en sacudirse las solapas y “a otra cosa, mariposa”, una de sus frases predilectas. En su primera gestión (2010/2014) se abocó a la creación de “una nueva derecha”, y terminó devolviéndole el poder al socialismo. Fue tal el desarme que le originó al sector que lo eligió, que éste se quedó sin un candidato genuino y representativo para las vueltas de noviembre y diciembre del 2017. Fue el único con tiempo y dinero para fabricarse el espacio exclusivo para su reelección.


Desde el minuto día en que, sin sonrojarse, abandonó el palacio de Toesca se hizo la promesa de volver, y a partir de esa fecha, todos los días se levantó y se acostó como candidato. Nunca quiso reconocer que su vuelta a La Moneda sólo fue posible gracias al respaldo de los “fachos pobres”, desencantados de su Presidenta socialista.


En ningún lugar del mundo han existido, y existirán Presidentes que no se equivoquen, pero son muy escasos los que han traicionado a los suyos, como resultó ser la segunda administración de Piñera. El primer año lo trabajó exclusivamente para él, para su lucimiento personal ante el mundo, codeándose con los gobernantes más granados e importantes del orbe. Y a partir del 18 de octubre de 2019, para salvarse a sí mismo y no terminar con su ego por los suelos, cogobernó con la izquierda y le dio tantas facilidades y facultades, que fue quien más contribuyó a que estallara una de las peores crisis política y social en el país, con la democracia pisoteada, sin autoridad de ningún tipo y con un extremismo incontrolable en sus vandálicas acciones.


No se recuerda a un Presidente tan ninguneado y con un pavor al Congreso opositor como él, al punto que pasó semanas y meses agradeciéndoles e invocado favores a quienes lo denostaban a diario, apurando, incluso, una acusación constitucional para obligarlo a salir del cargo.


Tuvo claros y manifiestos actos de traición, como fue su rápida cesión de la Constitución republicana y democrática a seres preñados de odio y resentimientos, como son los de la Convención, una creación indirecta suya estampada en el falaz Acuerdo de Paz.


Se sumó a los progresistas cánticos de “un nuevo Chile”, al aprobar, patrocinar y firmar la promulgación del plebiscito constitucional, y, caradura como algunos otros próceres “oficialistas” --Joaquín Lavín y Mario Desbordes--, se sumó a la campaña del Apruebo.


En un acto de la mayor contradicción e inconsecuencia, a semanas de su despedida pidió a la Convención que no hiciera una Constitución mala, “porque carece de sentido”…


Pisoteó como quiso y cuando quiso el mandato constitucional de proteger a la Patria, al permitir la expansión del terrorismo, y por el pánico a los siempre vigilantes agentes de la ONU y ONG’s, abrió las puertas de par en par a una masiva inmigración ilegal que de humanitaria no tiene nada, pero sí mucho de política.


Su traición, no obstante, terminó contribuyendo al robustecimiento de la derecha. Su deslealtad la fortaleció, la remeció y le permitió achicar sustancialmente las diferencias en la Cámara de Diputados y terminar con el dominio izquierdista en el Senado, un triunfo del cual el ex Presidente es tan ajeno como distante.


La fúnebre expectativa de un largo dominio extremista, sustentado en el duopolio amplismo/comunismo y en la futura Constitución, hacen presagiar que la derecha permanecerá en el banco, también, por un buen tiempo, lapso en el cual se percibe imposible un nuevo intento electoral de este pertinaz obsesionado por la figuración personal. Existen demasiados motivos para que los libertarios y demócratas no vuelvan a beber de la misma agua.