LAS PERVERSAS CONVENCIONES CONSTITUYENTES



















VOXPRESS.CL.- Es tan angustiante la fagocidad de la izquierda por hacer, no importa si a la rápida, una Constitución que le acomode justo al modelo de su ideología, que los patrocinadores del Apruebo se saltan olímpicamente el proceso plebiscitario para canalizar sus focos en las elecciones de los convencionales constituyentes, denominaciones escogidas adrede para no espantar a quienes les produce urticaria el concepto de Asamblea Constituyente.


De imponerse el Apruebo, que, bajo ningún punto de vista, es una carrera corrida, el país caerá en la más agobiante y odiosa oferta de ‘convencionales’, que son personas naturales que, elegidas por la ciudadanía en abril de 2021, tendrán que abocarse a redactar la eventual nueva Constitución.


Hay dos tipos de Convenciones Constituyentes, y una de ambas tendrá que triunfar después de impuesto el Apruebo. De triunfar el Rechazo, automáticamente se cancela su realización.


Quien crea que, al menos, uno de ambos instrumentos será capaz de redactar una Carta Magna con contenidos serios y acordes a las demandas del país, está equivocado: las dos alternativas ofrecen tremendas debilidades que, desde ya, auguran graves sufrimientos para la ciudadanía.


La Convención Constituyente reunirá a un cúmulo de candidatos que se inscribirán para presentarse en listas, y desde donde la ciudadanía, con su voto, seleccionará a los de su agrado. La otra alternativa, la Convención Mixta, asegura la presencia de la mitad de parlamentarios que ya están en ejercicio.


Tendría que ser ilimitadamente estúpida la gente como para votar por los mismos a los cuales hoy condena y crucifica por corruptos, malgastadores del dinero de todos los chilenos y por su alto grado de frivolidad en sus funciones. Son estos legisladores quienes aprobaron leyes que, hoy, la población las cuestiona a gritos porque, simplemente, constituyen una injusticia.


Fríamente observado, es impensable, pero resulta muy posible, que entre los futuros parlamentarios/convencionales este más de alguno ya comprobadamente corrupto o ya, sin remedio, dañado por el consumo de drogas.


En este caso, en la Convención Mixta, la gente, mediante su voto, sólo tendrá el derecho a elegir a un número limitado de ciudadanos comunes y corrientes, pero también la opción de repetirse el plato con los mismos parlamentarios con los cuales se equivocó en la última elección legislativa. La Constitución que salga de esta cocina tan sui generis no será auténticamente representativa del sentir del pueblo, como quiere y pregona la izquierda. En cambio, la alternativa de la Convención Constituyente garantiza que no habrá manos contaminadas de parlamentarios de por medio y que todos quienes se inscriban para postular en la elección de convencionales, serán representantes de diversos ámbitos de la sociedad. En su cacareado retorno a la vida pública, Pablo Longueira dijo ser partidario de que se inscribieran como candidatos distinguidos abogados constitucionalistas, investigadores, científicos, historiadores y, ojalá, dijo, lo más selecto de la intelectualidad. La izquierda, por su parte, ya tiene en carpeta a quienes designará para que el ‘pueblo’ los elija: dirigentes sindicales, activistas del feminismo, representantes del mundo homosexual, jóvenes líderes del extremismo, dirigentes sindicales y gremialistas, exponentes de entidades pro inmigración, abortistas y juntas vecinales, esto es, sus fácilmente identificables fuerzas de base de su lucha política.


Elaborar una Constitución supone mucha más categoría cognitiva que escribir un graffiti panfletario o un libreto doctrinario para que lo memoricen y repitan las juventudes adoctrinadas para dichos efectos.


El escenario que le ofrecerá a los ciudadanos interesados en tener una “Constitución moderna y democrática”, como la define casi graciosamente el Presidente de la República es paupérrimo, casi trágico, en cualquiera de las dos alternativas de piños de asambleístas. En uno pueden estar los parlamentarios despreciados por la población, y en el otro, los temidos saqueadores subversivos.


Una encuestadora que ya no duerme, al hacer consultas populares casi dos a la semana, concluyó que un 64% de chilenos, en lugar del sistema neoliberal, preferiría uno socialdemócrata. Ésta es la reacción típica y añeja en el país de quienes escuchan llover y no saben dónde: la población que ignora lo que es una Constitución, menos idea tiene de un modelo aplicado en países del norte de Europa, donde el nivel cultural, el aporte equitativo impositivo de la gente, los altos ingresos individuales y la seriedad laboral, permiten a sus pueblos dotarse de cualquier régimen de cualquiera modalidad, pero siempre en uso de todas las libertades personales y empresariales.


Durante el segundo Gobierno socialista de Bachelet, una nutrida delegación de ‘expertos’ viajó a Finlandia para imitar acá el modelo educativo de dicho país, un éxito de todo tipo. Copiaron, preguntaron, adjuntaron ejemplos, observaron y trajeron kilos de papeles: al regreso se percataron de que sería imposible implantarlo, porque los chilenos no son finlandeses.


Así como ninguna de las Convenciones Constituyentes ofrece en este minuto el menor contenido respecto al cual referirse o intercambiar ideas –porque ambas partirán desde una hoja en blanco-, las dos, aunque siendo aún potenciales, son igualmente nefastas por sus futuras composiciones humanas.


Es más que una rareza, simplemente una increíble candidez, el que personajes o gente conocida de la centroderecha esté con el Apruebo para “dar la pelea” al interior de la futura Convención Constituyente. Las elecciones de ambas opciones asambleístas tendrán el mismo carácter de las del Congreso Nacional, y nadie, con aparente inteligencia, repara en que la izquierda es dominante en ambas Cámaras. ¿Qué nueva realidad hace pensar en que este escenario puede alterarse drásticamente?


Las fichas de los demócratas, y todas ellas, deben jugarse al Rechazo, porque ésa es la única, y última, forma de neutralizar los peores escenarios posteriores al plebiscito en virtud de ambas Convenciones.

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