LA FATAL INDIFERENCIA DE LOS DEMÓCRATAS


VOXPRESS.CL.- Cada día, y hasta cada hora, que pasa, asciende la temperatura política en víspera de un plebiscito constitucional que, para muchos –quizás, más de la cuenta- constituye la casi certeza de poder plasmar en el país lo que intentó, y no pudo, Salvador Allende.


En este mes se han recordado, al estilo de los violentistas, dos fechas que en 1970 y 1973, respectivamente, hicieron historia, y tanta, que el odio y el fraccionamiento originado por ambas efemérides, en vez de difuminarse con el paso de los años, se han acrecentado. Incluso, más que en el 70, la política está permeada por confrontación permanente, lo que, se quiera o no, hace palpable el mal recuerdo de los mil días de la Unidad Popular.


La población demócrata, por sus sellos individualistas y de indiferencia habituales, no le ha tomado el peso a los trascendentales meses que se vienen, en que deberá votar en un plebiscito crucial, luego por los alcaldes y, más tarde, por diputados, senadores y Presidente de la República.


Los chilenos que se dicen admiradores de la democracia parecen hoy más preocupados de banalidades que de su futuro.

El país, en los 70, vivió dos periodos traumáticos según con el cristal con que se mire: uno fue la UP, con la elección de Salvador Allende el 4 de septiembre, de 1970, y el otro fue a partir del 11 de septiembre de 1973, cuando las Fuerzas Armadas pusieron fin a la vía chilena hacia el socialismo. O sea, hacia una dictadura comunista.


Entre ambas fechas de aquellos años y el actual momento político, hay una tremenda similitud con la del 4 de septiembre del 70, pero existe una inalcanzable distancia con la del 11 pero de 1973: así como se está presentando el escenario, el país puede repetir su retorno a un totalitarismo marxista, pero esta vez nadie lo salvará.


En la víspera del 4 de septiembre de 1970, predominaba la errónea percepción ciudadano de que “es simplemente imposible” que en Chile gane el marxismo a través de una elección democrática. El ambiente previo a dicho acto electoral era que el vencedor seguro sería Jorge Alessandri Rodríguez. Desde una perspectiva actual, podría parecer un grueso error de cálculo o un exceso de confianza, pero lo cierto es que en el ámbito democrático, una victoria de Allende era impensable.


Esa noche, el país parecía estar de duelo: calles silenciosas y sin movimiento y escasas luces al interior de las viviendas. Fue el impactante comienzo de una pesadilla que nunca nadie imaginó, al punto de que Chile se anotó un registro mundial inaudito, al ser el primer país en el mundo en elegir libremente en las urnas al marxismo para que lo gobernase.


Éste es el símil, y único, que puede hacerse con la realidad actual: ad portas de votarse acerca de una nueva Constitución que, de ganar el Apruebo, conducirá a Chile al socialismo, porque es fácilmente perceptible un ambiente muy similar al de aquel acontecimiento. Al igual como en 1970, se observa a una población con el acento puesto en trivialidades en lugar de estar reflexionando, ya mismo, acerca del destino que le puede deparar este acto electoral. La discusión, y de un sector muy acotado, gira en torno a quiénes deben ser los constituyentes, como si ello fuera el nudo y no el contenido de lo que ellos van a redactar, y que desde ya se sabe qué.


La indiferencia acerca de una “imposible” victoria allendista se pagó muy caro con la experiencia de los mil días de la Unidad Popular, con la cesión de Chile a la voluntad de sus “hermanos mayores” –la Unión Soviética y Cuba- y con la presencia masiva de armas foráneas “para defender la revolución”- Ni siquiera, en su momento, parecieron dimensionarse dos mensajes enviados por Allende a sus compatriotas: uno, “yo no soy Presidente de todos los chilenos, sino exclusivamente de los trabajadores” y el otro, “si el pueblo quiere armas, ¡armas tendrá el pueblo!”.


Si su triunfo no hubiera constituido una real amenaza a la democracia, como suelen afirmar, sin transar, sus antiguos colaboradores y defensores, no hubiese sido necesario el Estatuto de Garantías Constitucionales que, inocente y vanamente, le hizo firmar la DC. Quien todavía, aferrado a una ideología indesmentiblemente totalitaria, defiende a aquel abortado proyecto socialista, sólo tiene que reparar en el afectuoso saludo que el dictador Nicolás Maduro le envió al PC cuando éste, días atrás, conmemoró el 4 de septiembre de hace medio siglo: “la Unidad Popular postuló los mismos valores que nuestra revolución bolivariana” expresó el mensaje del tirano venezolano.


Si bien hay semejanza en el ambiente previo entre aquella elección y el plebiscito constitucional que viene, la población no tendrá esperanza de arrepentimiento de su error, porque una fecha como el 11 de septiembre no volverá a repetirse. Nadie, ni de afuera ni desde adentro, saldrá a salvar al país de una dictadura socialista que, con certeza se vendrá, acaso triunfa el Apruebo.

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