EL TRABAJO ESENCIAL


VOXPRESS.CL.- Permanente acosado por el socialismo internacional, por los organismos que dominan a los Estados y por la prensa mundial -incluida la chilena-, nuestro país, por estos días, es visto hasta con cierta envidia por las grandes potencias y por las que presumen de tales en Latinoamérica, a raíz de su pronta y efectiva vacunación masiva contra el virus del covid.


Vecinos y lejanos se preguntan cómo lo habrá hecho Chile para estar sobre los 3 millones de habitantes vacunados, y hasta tiene la generosidad de obsequiar oxígeno para los colmados hospitales del Perú. Le cuesta al resto del planeta entender el comportamiento de una nación, con suerte, del segundo mundo y que todavía vive las secuelas de un incruento intento de derrocamiento al Presidente de turno.


Fue, precisamente, en medio de las convulsiones originadas por el Golpe extremista y en momentos en que la pandemia crecía como espuma, cuando alguien (del Gobierno) tuvo la brillante idea de adelantarse a los demás para asegurar casi 40 millones de vacunas, apenas fuese descubierto el antídoto. El Fisco no sólo debió correr con los costos del fármaco, sino, además -y he aquí la clave- aportó millones de dólares para contribuir a las investigaciones mundiales en pos del remedio. Esto es, invirtió, y mucho, para recibir el privilegio de ser uno de los primeros en inocular el antídoto probadamente serio y certificado.


Este acierto, reconocido, por ejemplo, en amplios programas televisivos de de España y Argentina, jamás ha sido personificado. Se ignora quién, en particular, asumió la feliz iniciativa de no seguir sólo contando los contagiados y decidir anticipadamente la compra de vacunas. En esa fecha, el encargado del combate a la peste era Jaime Mañalich.


Ya en Chile las primeras dosis, fue acertadísima la calendarización por edades de su inoculación, muy bien organizada con la activa y clave participación de los municipios. La respuesta de la población fue instantánea, colaborativa y con una clara sensación de alivio, al sentir en brazo propio la certeza de que se alejaba el fundado temor a terminar en una sala UCI, entubado, o definitivamente en el cementerio.


Como nunca en este país de individualistas y aprovechadores, el proceso de vacunación constituía un ejemplo, hasta que surgieron los ‘shilenitos’ desvergonzados y explotadores de oportunidades, adosándole una buena dosis de irregularidad a un modelo de respetuosa regularidad. Nació, así, la puja por hacer creer que el propio es un “trabajo esencial”, esto es, imprescindible para la gente en un Estado de Excepción Constitucional.


Desde que se anunció la llegada del primer embarque, y con la venia de todos, se anunció que los primeros en ser inoculados serían los funcionarios de la Salud, con prioridad para aquéllos en contacto directo con enfermos y, en particular, con los contagiados del virus. Después vendrían los ancianos, cuarta y tercera edad y adultos mayores, hasta llegar a los de menor riesgo, siempre en escala descendente de edad.


En medio de la elaboración de los escalafones prioritarios, las autoridades de Salud cometieron un error propio, el de no priorizar a quienes padecen dolencias crónicas a cualquiera edad, y otro ajeno, al no recibir oportunamente la advertencia del MINEDUC de que las clases presenciales se retomarían en marzo. Esto originó el primer gran trastorno en el proceso, al incluir, intempestiva pero necesariamente en el calendario a los docentes.


El magisterio, y así quedó demostrado el 2020, no constituye un ‘trabajo esencial’ en emergencias, porque los alumnos aprendieron poco y nada.


Los profesores con real vocación pedagógica, corrieron a vacunarse, incluso en comunas ajenas a las suyas, originando más entredichos y controversias. Los otros, los del Colegio, los ideologizados, se negaron a hacerlo, ratificando con ello que son los primeros en no considerar como fundamental su rol en la enseñanza pública. Los afiliados a la Orden, tenían desde mucho antes otros planes para marzo, esto es, participar de las movilizaciones políticas organizadas por el PC y el FA para presionar a los votantes de convencionales constituyentes. Dirigentes nacionales y de base en las Regiones, advirtieron estar dispuestos a retornar a clases “en abril, después de las elecciones”. A confesión de parte, relevo de prueba: primero el activismo político y después, la educación.


No pocos alcaldes vieron en el proceso una buena oportunidad de ‘marketearse’ para los comicios municipales del 11 de abril y se pusieron a vacunar a quienes ellos, con una particular visión, creen que son “trabajos esenciales”, como recolectores de basuras, bomberos y parlamentarios.


Se puede considerar como tal la función presidencial, pero el Presidente –en un ejemplo para un par de vecinos- se inoculó cuando le correspondía por el calendario etáreo, y lo mismo hizo el ministro de Salud, que vive el día a día de la epidemia.

Bastó que se abriera irregularmente esta ventana de los “trabajos esenciales” para que fueran muchos laborantes de las más diversas actividades los que también exigieran prioridad en ser inoculados: choferes, panaderos, carniceros, guardias, veraneantes ocasionales, etc.


En estricto rigor, para cada individuo que desarrolla alguna actividad laboral, obviamente que se trabajo es tremendamente esencial, porque de él depende su subsistencia. Hasta para los delincuentes, el robar lo es.


Hay que entender, algo no fácil para los chilenos, que la definición de “trabajo esencial” alude a las funciones de quienes resultan imprescindibles en un Estado de Emergencia, como el que vive el país. De ahí que el personal de la Salud fuera el primerísimo en recibir el fármaco preventivo.


Esta situación, como era de suponer, no alcanza a ser comprendida por algunos, como varios parlamentarios, quienes, presurosos, sin corresponderles según su edad, acudieron a los centros de vacunación para recibir la dosis. Esto es inaceptable y una bofetada a la ciudadanía, pues todo el país observó que trabajaron de modo virtual el 2020 y que, para mayor gravedad, estaban de vacaciones. Ello, al margen de que por tiempo, seriedad y dedicación, su labor es lo menos esencial para las urgencias de un país en emergencia sanitaria.

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