EL ROL DE UNA MENOR ABSTENCIÓN


VOXPRESS.CL.- Tan habituados a convivir con virus desde el mismo día de su nacimiento, los chilenos, en una buena mayoría, comparten con otro ya transformado en endemia y que tiene una sola vacuna que nadie se anima a aplicar. La abstención electoral es un mal que afecta al 50% de la población con derecho a voto, y como único remedio existe el sufragio obligatorio, del cual se habla mucho pero se hace poco, o nada.

En enero de 2012, el Congreso Nacional acordó poner fin al centenario sistema del voto obligatorio, ello como una forma de “reforzar la democracia y contribuir a la libre decisión de los individuos”. Tal resolución coincidió con la explosión de revueltas estudiantiles en rebeldía con una sociedad que –según ellos- no les aporta nada. Poco antes se había eliminado de las mallas curriculares escolares el ramo de Educación Cívica, el que por años de años, ayudó a los jóvenes a entender el rol y los deberes de la ciudadanía y a distinguir claramente una democracia de una dictadura.

En aquellas páginas de textos hoy raídas por los ratones, los escolares de antaño aprendieron que disponían de un derecho oficial e irrenunciable para hacer valer su voz en paz y legalmente: su sufragio en una urna secreta.

Hoy, deformados y desinformados, henchidos de un individualismo egoísta, gran parte de las llamadas “nuevas generaciones” desconocen, incluso, las diferencias de los Poderes del Estado, no les importa el bajo nivel intelectual de quienes hacen las leyes y creen que se les habla en otro idioma al escuchar sobre la decisión del Banco Central -que no tienen idea para qué sirve- de alzar las tasas de interés.

Al crecer y desparramarse violentamente la ignorancia en el país, lo más cómodo parece ser no concurrir a votar, porque no tienen ni sospechas acerca de los candidatos, desconocen qué valores representan y, por último, les da una lata tremenda salir de casa y, probablemente, hacer una fila para terminar enredándose con el cierre de la papeleta.

Cifras recientes dejan helados a los ciudadanos realmente preocupados del destino de su país. En la elección de alcaldes de octubre de 2016 se registró el record de abstención de la historia, al constatarse la participación de sólo el 39% de padrón electoral, que era, en ese entonces, de 14 millones de ciudadanos habilitados para sufragar.

Un año después, en diciembre del 2017, el actual Presidente de la República fue elegido con menos del 50% y en este 2021, en la más asombrosa muestra de desinterés por la estabilidad del país, un 43,35% se abstuvo de participar en la elección de los convencionales constituyentes, con los desastrosos e increíbles costos que se están pagando dado el bajísimo pelaje de los electos para escribir la nueva Constitución.

Fruto de este desgraciado destino para la institucionalidad y para la democracia, en el Senado surgió la urgencia por reponer el voto obligatorio, pero la idea quedó sólo en eso por la inminencia de estas elecciones. Obviamente, hubiera constituido un suicidio político forzar a quienes no quieren estudiar ni trabajar tomarse la molestia de movilizarse hasta un centro de votación.

Las elecciones de este domingo pueden encender luces en cuanto a los efectos de la llamada abstención coyuntural, cual es la que se produce puntualmente por causas que obligan al elector a quedarse en casa.

El otro tipo de abstención es la perenne, en que el individuo, en protesta por cualquiera cosa, reniega del sufragio: no le gustan los partidos, le da rabia la sociedad actual, es anárquico, no ve soluciones, un voto no le solucionará su endeudamiento o nadie le garantiza su anhelo de que el Estado le financie su vida. Estas características son las de un ciudadano que no ha votado ni votará, porque entiende que su renuencia a hacerlo es su mejor protesta.

En cambio, la abstención coyuntural es aplicable, por ejemplo, a lo ocurrido en las votaciones por el plebiscito y por los convencionales constituyentes, realizadas en el marco de un clima de temor, riesgos y miedos al contagio generados por la pandemia. Se estima en “relativamente importante” la cifra de adultos de 50 años hacia arriba (hasta los 70) que se abstuvieron de votar en ambos procesos trascendentales para el futuro del país. Se las define como personas de clase media/media, sin domicilio político, pero de ideas templadas, no extremistas hacia ningún lado. Se les percibe como un segmento ideológicamente desapasionado y afín a una vida de sacrificios que les dio, y les da, réditos, pocos, regulares o muchos, y son orgullosos de su progreso, independiente del volumen de éste. Para la elección presidencial de 2017, la diputada comunista Camila Vallejo los calificó de “fachos pobres” porque no votaron por Guillier.

Este grupo etario ejerció decisiva influencia en el triunfo del actual Presidente, el 17 de diciembre de 2017. Su adversario en aquella segunda vuelta, Alejandro Guillier, fue duramente perjudicado por la masiva abstinencia de los ‘cabros’ -como ella los definió- que en primera vuelta apoyaron a Beatriz Sánchez. No se levantaron para traspasarle sus votos al entonces candidato de la ex Nueva Mayoría.

Es el grupo social de abstinencia coyuntural el que contribuye a salvar o condenar en las elecciones. Así como el naciente frenteamplismo de Sánchez no endosó sus votos a Guillier, se calcula que en esta oportunidad, Boric tendrá que hacer la pérdida por la abstención de los ‘duros’ indignados porque no les cumplió la promesa de liberar a los “presos políticos”. A su vez, los candidatos más centrados tienen la esperanza de que esa masa de cincuentones para arriba haya perdido el miedo a la pandemia y vuelva a una práctica frecuente en ella: votar.

Del lado que sean y cualesquiera sean sus simpatías, todos quienes se abstuvieron pasajeramente, por salud o por convicciones, constituyen el gran enigma de un acto electoral en el cual nada da lo mismo, a excepción, está claro, de los incalificables no votantes perennes.