¿EL PEOR GOBIERNO? O¿EL PEOR PRESIDENTE?


VOXPRESS.CL.- El tema no está considerado en ninguna de las múltiples y heterogéneas encuestas del día a día, pero fue puesto arriba de la mesa por dos diputados, el jefe de bancada PS y la única parlamentaria humanista: ¿es éste el peor Gobierno de la historia de Chile? La interrogante tiene una falla de origen, pues considerando el amplio concepto de Ejecutivo, la administración en su conjunto, los ministerios, servicios y todo el aparataje del Estado, no fue más malo que sus antecesores y, más aún, si durante dos años consecutivos está bregando angustiosamente contra los devastadores efectos de una peste muy resistente.


Constituye, por ende, una injusticia endilgarle al Gobierno los infinitos errores personales del Presidente. Por lógica, debería entenderse que tienen que interpretarse como un todo, como un ente indivisible, pero en el caso particular de este Mandatario, definitivamente no es así. Un personaje que no permite que se mueva un lápiz ni se firme un papel sin su autorización, y que se apropia de los roles de todos sus ministros, conduce a una administración personalista, en la cual se impone, contra viento y marea, sólo su voluntad.


Dicho esto, la interrogante tiene que ser reformulada: ¿es éste el peor Presidente de la historia? De partida, posee un antecedente que le da un sello de exclusividad frente a la pregunta: es el único que está concluyendo su período sin el apoyo de nadie, ni siquiera de su coalición. Puede, entonces, afirmarse que desde que se tiene memoria, ninguno otro concluyó su período presidencial en la más absoluta soledad como éste.


Su estatus de solitario no voluntario se lo forjó por su carácter individualista de no escuchar a nadie, sino más que a sí mismo. Su ególatra forma de actuar es comprensible en su ámbito privado y todo apunta a que dado el tremendo éxito de sus negocios, tiene un formidable olfato para producir millones a su haber pero para la política demostró carecer de todos los sentidos, al punto de ser, y nadie más que él, el responsable de tener al país al borde del totalitarismo socialista.


Siendo senador, integrando una comitiva que viajó a la ONU, convocó a una cita con los enviados especiales para decirles: “enfrente a ustedes está el próximo Presidente de Chile”. Más tarde (2009), fue electo y se propuso usar La Moneda como vitrina de marketing para ser Secretario General de aquel organismo, pero su invento de “la nueva derecha y la ‘revolución estudiantil’ se conjugaron para hacerle naufragar su anhelo. El mismo día de su salida del palacio de Gobierno, inició su campaña para ser reelecto el 2017, montando un tinglado que impidió que alguien más le hiciera peso, consiguiendo una victoria muy apreciada sobre un candidato patrocinado por el comunismo.


La derrota de la izquierda fue la primera piedra en su camino, y la segunda resultó ser la minoría parlamentaria en el Congreso Nacional.


No le quedó más vía que buscar acuerdos, y desde el primer día tuvo una positiva respuesta de la oposición, a excepción del PC y del PS. Fue ésa su oportunidad para construir pequeñas sociedades que le permitirán amortiguar su precario apoyo legislativo, pero su voluntarismo fue más fuerte, y más temprano que tarde robusteció a la oposición, haciéndola infranqueable para los intereses, se supone, de su coalición y del país.


El resultado se halla a la vista: quien está gobernando por estos días es la oposición, la que con el apoyo de parlamentarios de Chile Vamos, cambia todos los proyectos provenientes de La Moneda.


Lo más decepcionante fue que en víspera de trascendentales elecciones en resguardo de la democracia, en vez de una necesaria generosidad fiscal para las urgentes ayudas sociales demandadas por la población, cerró más la mano. Ello no sólo alimentó la disconformidad de la gente, sino erosionó severamente su vínculo con los parlamentarios de su sector. “He escuchado a la gente”, dijo, imitando a Ricardo Lagos cuando Joaquín Lavín casi le empató la primera vuelta presidencial, pero, de hecho, no la escuchó, debiendo, finalmente, el Congreso, con votos centroderechistas, reajustar los montos del Ingreso Familiar de Emergencia (IFE).


Está tremendamente solo el Presidente, y de ello dan cuenta algunos hechos muy significativos: tuvo que atajar la renuncia de dos de sus ministros más emblemáticos, programo un cambio de Gabinete y todos a quienes ofreció un cargo, rehusaron subirse a un barco medio hundido, y envió al Congreso la solicitud de permiso constitucional para viajar al traspaso de mando en Ecuador, pero debió retirarlo a las 48 horas ante la advertencia de que le sería negado.


Como la modestia y la humildad no figuran en su ADN, siguió desempeñando un rol que sólo él se lo cree, al entregar en su último Mensaje a la Nación una serie de recomendaciones y consejos a su todavía desconocido sucesor. Si las considera necesarias para el país, ¿por qué él no las llevó a cabo? Porque nunca se ha atrevido a referirse públicamente al intento subversivo de su derrocamiento del 18/O y que fue la causa inmediata de que, con esa misma fecha, pusiese fin al Gobierno de Chile Vamos. A partir de esa revuelta, a la que se negó reprimir y extinguir teniendo la Constitución a su favor, le entregó el dominio del poder a la oposición, empezando por el obsequio de la Constitución. Y lo hizo por una decisión propia, totalmente personal, para evitar el ultraje a su ego que hubiera significado que lo sacasen de La Moneda mediante una acusación.


Todo lo que pudiese manchar su orgullo y empañar su soberbia, para el Presidente siempre fueron más importantes que el destino del país.


El sello de su personalismo fue cuando, por una decisión totalmente personal, reimpulsó una iniciativa de su antecesora socialista, la Ley del Matrimonio Homosexual. Ante la indignación de Chile Vamos y del estupor de su sector, pues nunca dicha idea estuvo en el programa de Gobierno, respondió que “uno puede cambiar de opinión ¿no?”. Eso lo retrata de cuerpo entero: nunca entendió que tiene un cargo de representación. No se auto colocó en La Moneda, pero a él no le importa lo que piensan o digan quienes lo eligieron.


Ojalá por última vez, quiso hacerse el lindo para tener una despedida a la altura de su linaje: sin ser invitado por alguien, inventó una gira por Europa para tratar, con diversas autoridades -entre ellas el director de la OMS y Michelle Bachelet- supuestos “temas de interés” que estarán vigentes mucho después de concluir su mandato, y que puede hablarlos perfectamente vía internet. Lo repudiable de su pésima idea fue que planeó su paseo en medio de duras confrontaciones a causa de la pandemia y estando, por decisión suya, cerradas las fronteras para salir del país.

Así, es fácil explicarse por qué terminó quedando solo. Él, y nadie más que él, justifica con su conducta que, efectivamente, se trata del peor Presidente de la historia.