EL INVENTO DE OTRA CONVENCIÓN


VOXPRESS.CL.- En plena tierra derecha del plebiscito de salida, es sorprendente que las campañas -políticas y no ciudadanas- continúen centradas en el después y no en el antes del 4 de septiembre, una fecha icónica para el futuro del país.


La politización y el interés particular de las colectividades, hace tiempo ya que le arrebataron de las manos a la ciudadanía su soberano y absoluto poder de decisión ante un pronunciamiento que, como nunca, no involucra a un candidato específico y ni siquiera a una corriente ideológica en especial. El elegir o no una nueva Constitución es muchísimo más importante y trascendental que escoger a un Presidente de la (todavía) República y más trascendente que elegir a los componente del Congreso Nacional. Convocado, por primera vez, aunque innecesariamente y más bien por la fuerza, a determinar qué tipo de Constitución quiere, será exclusivamente la población votante que deba pronunciarse al tenor de sus sentimientos, temores y certezas. Son millones las personas que al compás del progresivo y grotesco desaguisado de la Convención, se formaron su propia idea, la que permanentemente se ha develado a través de las encuestas: esos millares se han mantenido firmes en sus convicciones, distinguiendo entre las muchas amenazas y las escasas conveniencias del texto propuesto.


El votante se limitará a lo más simple dentro de la gigantesca trascendencia del acto: marcar RECHAZO o Apruebo. Ésta fue, y es, la única finalidad de un acuerdo que le fuera impuesto al anterior Presidente a cambio de que el extremismo lo mantuviera en La Moneda.


Pareció en aquel momento -15 de noviembre de 2019- que el proyecto de una nueva Constitución era la única, sí, la única salida para poner fin a la lacra del mal llamado ‘estallido social’, que, en rigor, terminó siendo un ultraje y in arrollador atropello a los derechos individuales de las personas y una flagrante violación a la paz ciudadana.


No fue Chile, o sea, todo el país, el que clamó por una nueva Constitución. Fue en Caracas, cuna del chavismo, donde se planificó cremar los últimos colgajos del régimen militar, y, después, redactar un texto que le dejase acceso libre a la instalación, vía institucional, de un totalitarismo socialista.


Las mismas pandillas ideológicas y extremistas que se propusieron el derrocamiento del Presidente y de la posterior instalación de un sistema de Gobierno totalitario, fueron las responsables de montar el plebiscito y seleccionar el tipo de candidat@s encargados de componer la nauseabunda Convención Constitucional.


El resultado no pudo ser peor y las consecuencias, nefastas. El jolgorio revolucionario del estallido delictual se transformó en una decepción para quienes cantaron victoria el 18 de octubre, sintiéndose dueños y autores de la refundación del país. Su resignación la canalizaron a través del “Apruebo para reformar”, esto es, un artilugio para que la gente le pierda el miedo al machetazo del proyecto constitucional “porque después lo mejoraremos y arreglaremos”. No en vano se ha acuñado el dicho de que “es más falso que promesa de la izquierda”.


La gente, en general, puede ser desconocedora pero no estúpida, y esa sensación la hizo suya el ex Presidente Ricardo Lagos, al preguntarse públicamente “¿para qué reformar una vez que la hallaron mala y por qué no lo hicieron antes, durante el desarrollo de la Convención?”.


Impactado por la amplificación del sentir popular de rechazar el abusivo y discriminatorio texto aprobado por la Convención, el Presidente Gabriel Boric anunció que “de no aprobarse la nueva Constitución, tendrá que haber otro proceso constituyente, con elección y Convención que demorará año y medio”. Él hace descansar su argumento en que “ése fue el mandato popular y hay que respetarlo”. Miente y se equivoca medio a medio el Mandatario, porque ése fue lo resuelto por los partidos políticos reunidos en la madrugada del 15 de noviembre del 2019 con el pretexto de terminar con la violencia callejera. Como ésta no se ha logrado y, por el contrario, se ha incrementado a extremos inimaginables, dicho decorativo "Acuerdo de Paz” está automáticamente desahuciado.


Inmoral e hipócrita resulta la ‘solución’ de Boric de otro proceso constituyente, siendo que él fue el único del Frente Amplio y del PC que firmó el Acuerdo que, textualmente, establece que “de no aprobarse una nueva Constitución, seguirá rigiendo la actual”. Y punto. No hay más, ni agregados ni algún otro tipo de acomodaciones.


El Presidente debe recordar muy bien lo que él firmó, pues ello le valió que los “primera línea” lo bañaran en cerveza en el Parque Forestal, acusándolo de traidor, porque no quería pactos con el “capitalismo”.

Quienes ahora forman la alianza de Gobierno, el Frente Amplio y el Partido Comunista, se marginaron de aquel Acuerdo, pues sólo aceptaban el derrocamiento instantáneo del Presidente y el triunfo de la revuelta totalitaria.


El reciente proceso constituyente no puede ser considerado como “voluntad ciudadana”, porque de 14 millones de votantes sólo 6,5 lo hicieron a favor del plebiscito y su génesis, el falso “Acuerdo de Paz” nunca se cumplió.


Por ende, no existe ningún compromiso con nadie para que un proceso constituyente de esa naturaleza vuelva a repetirse. Además, el Presidente carece de atribuciones para convocar a otro, porque ello es atribución exclusiva del Congreso Nacional, el que tiene la facultad total para aprobar reformas constitucionales.


La ciudadanía quedó atorada con el quehacer de los convencionales, un conglomerado de gentuza inculta, ignorante y de discutible decencia que se aprovechó de ganar millones de pesos con los que nunca soñó.

La ciudadanía en su conjunto, y no sólo los exaltados del estallido delictual que ahora ven truncarse sus expectativas, quedó más que asqueada con la soberbia y prepotencia de la Convención, un ‘modelo’ respecto al cual tendrá que pasar un buen y largo tiempo antes de ser repetido.