EL ESTIERCOL DEL DEMONIO


VOXPRESS.CL.- No tiene dimensiones la incredulidad que originó en el resto del mundo la inaudita decisión de nuestra ciudadanía de optar, libre y soberanamente, por un régimen socialista por segunda vez en su historia, y ello en momentos en que varias naciones, esclavizadas, tratan vanamente salir de él.

Una reacción muy aclaratoria fue la del importante periódico The Washington Post, el cual, en un artículo editorial, afirma que “Chile está condenado de por vida por su gran devoción hacia la pobreza”. Da la impresión -agrega- que allí “todos quieren ser pobres”, en alusión a la masividad de la respuesta positiva a un programa de Gobierno que condena a la riqueza como si se tratase de un criminal y que se apresta a poner en marcha una dura política impositiva a quienes poseen más dinero que el resto y administran capitales que generan fuentes de trabajo.

Haciéndose eco de una muy desafortunada y tendenciosa afirmación del Papa Bergoglio (“la riqueza es el estiércol del demonio”), la carpeta de “transformaciones profundas” de Apruebo/Dignidad tiene en su primera hoja el aumento considerable del royalty a las empresas mineras –con énfasis en las privadas, porque la pública Codelco siempre sale para atrás- y consigna, además, un impuesto específico “para los más ricos”.


Por siempre, el que existan riquezas personales en el país ha sido mirado con recelo, porque por ese solo hecho, se les considera “explotadores” por no hacer una correcta distribución de sus ingresos.


El diagnóstico del Post corresponde exactamente al pensamiento de la pléyade de revolucionarios que, sin saber nada, sobreponen al resto de la sociedad su perenne ignorancia. Un sello identificatorio de los “luchadores sociales” que conquistaron el poder, utilizando como plataforma su Golpe del 18/O, es la atrofiada visión que tienen del componente humano: “como yo no tengo, no quiero que otros tengan” es su peregrina filosofía. Y vamos destruyendo y aniquilando todo lo que huela a algún tipo de inversión de capitales. En cuestión de semanas -recuérdese- derrumbaron la economía nacional, mucho antes de que lo hiciera la pandemia, y causaron la quiebra de centenares de pequeños y medianos comerciantes.


Esta irrefrenable concentración de extremistas anti-desarrollo y anti-progreso, por tener una adoctrinamiento ideológico por sobre una preparación académica y cultural, no entiende que en la sociedad mundial -a excepción de los paraísos comunistas- hay capas humanas que se diferencian por sus respectivos poderes adquisitivos, los que varían de acuerdo a los niveles de oportunidades, a la visión, al esfuerzo individual y al temperamento laboral de cada cual.


En Chile no son pocos los casos de espíritu laboral: quien descubrió un pirquén, por su dedicación y fortaleza, terminó siendo propietario de una gran empresa minera, como quien hacía fletes con un camión derivó en un empresario del transporte de carga. Quien tiene dinero, y mucho, no es porque le cayó del cielo o se lo ganó en un juego de azar. Las riquezas por herencia, tan frecuentes en el siglo XX, ya no son tales ni tantas.


Muchos, muchísimos, de estos súper ricos constituyen fuente de empleo para millones de compatriotas que, aunque cada vez menos, perciben el trabajo como único camino para el progreso y el bienestar personal y el de sus familias.


El punto de inflexión de esta alborotadora generación es que, en su gran mayoría, es hija del Estado, donde, a costa de un mal servicio a la comunidad, gana cómodamente bien y trabaja mal, si es que lo hace. A fines de año, nadie quedó sin recibir su bono navideño, incluso quienes cumplieron año laborando desde sus residencias en pijamas, porque les “da lata” ir a la oficina.


Un operario de máquina, un maestro pintor, un estucador, un minero, un chofer o un carpintero no pueden ganarse la vida sentados frente a una pantalla. El Presidente de la República recién electo sólo ha conocido las termas de la administración pública en su breve vida laboral pese a sus 35 años, y ello porque en la empresa privada no puede ejercer por carecer de acreditación académica y por sus alteraciones mentales.


El 80% de los puestos de trabajo en el país corresponde a la empresa privada. Increíblemente, según la óptica izquierdista, a los ricos, y por ese solo hecho, hay que castigarlos subiéndoles los impuestos.


Todo lo que huela a capital hay que fustigarlo, pero, curiosa y muy sospechosamente, se deja fuera de este gravamen extra a los millonarios fruto de dineros mal avenidos y fraudulentos, entre ellos a los poderosos narcotraficantes, beneficio en gratitud a su financiamiento a políticos y politiquitos de su sector.


Es moralmente correcto que paguen más impuestos los codiciosos que se dedican a engrosar sus capitales limitándose a jugar a las mejores inversiones. Sin embargo, es injusto y una mediocridad descomunal castigar con más carga tributaria a quienes invierten y crecen para generar más fuentes de trabajo, una devoción muy añeja y muy típica del socialismo, que no come y no deja comer a los demás.


Conductas como éstas son las que tienen a las dictaduras rojas sumidas en una miseria general y de la cual nunca más podrán salir.