DE DERECHA, Y A MUCHA HONRA


VOXPRESS.CL.- Casi con desprecio y con un mohín de ironía, la izquierda en su conjunto -el socialismo internacional- y los medios de comunicación se refieren a “la derecha”, así a secas, cuando hacen referencia al porcentaje de la población que no comparte ni adhiere a los totalitarismos.

Parecen, incluso, disfrutar calificando a Presidentes como de “extrema derecha” y gozan burlándose de Jai Bolsonaro, tal como lo hicieron con Donald Trump.

Las minorías socialistas del planeta, entre las cuales se hallan las planas mayor y media de todos los organismos internacionales, increíblemente financiados por Estados que no son de izquierda, no viven, ni sienten ni sufren como los pobres a quienes dicen representar. Fue terriblemente reveladora la afirmación de Hugo Chávez en plena construcción de la dictadura narcosocialista de Venezuela: “no hay que dejar que los miserables progresen, porque después de vuelven en contra nuestra”.

Uno de los pocos aciertos de este Papa Francisco fue reconocer que “hay políticos que dicen gobernar para los desvalidos, pero lo que hacen es utilizarlos”, y el escritor brasileño Paulo Coelho se preguntó “si los pobres votan por la izquierda, ¿a quiénes les conviene que continúen siendo pobres?”.

A dirigentes, militantes, activistas y periodistas tendenciosos que cada vez que pueden, instan a una ciudadanía precariamente preparada e informada a creer que la derecha es pérfida y demoniaca. Pero tienen el cuidado de no arriesgar la imagen de los suyos: nunca se refieren a Nicolás Maduro o Daniel Ortega como dictadores y por siempre llamaron “Presidente” a Fidel Castro, un criminal que con sus manos fusiló a millares de sus compatriotas sólo por pensar distinto. Casi con cariño llaman “gigante asiático” o “líder de la economía mundial” a un régimen opresor y de partido único, el PC, como el chino.

Aplicando este ejemplo de elusión de la realidad a nuestro país, la oposición criolla, incluido el periodismo, define a Gabriel Boric como “el candidato de Apruebo Dignidad”, evitando especificar que se trata del representante del Partido Comunista. En cambio, sólo aluden a “los derechistas” cuando se refieren a Kast o Sichel.

Si la derecha fuese tal cual la pintan e intencionalmente la deforman los extremistas, no constituiría amenaza para nadie ni despertaría los temores cotidianos de sus adherentes. Hacen creer a la gente -o sea, la e4ngañan- que “la derecha es la gente con dinero, y que no lo comparte”, es una imputación tan falsa como cobarde.

Aunque de los 192 países del mundo en sólo 23 de ellos hay sistemas socialistas, la izquierda, ejemplarmente adoctrinadora, se encarga de distribuir a los suyos por todas las híper mayoritarias democracias para destruirlas. En el continente americano, con esta finalidad se instituyó el Foro de Sao Paulo, más recientemente transformado a Grupo de Puebla. En el caso específico de Chile, su intento de teñirlo de rojo –ya es sabido- fracasó con Bachelet y, luego, tras la subversión de octubre de 2019, satisfizo su objetivo con la toma, vía electoral, de la Convención Constituyente en los comicios de mayo. Esta nueva posición de poder institucionalizado, le facilita su actuar de descalificación a la derecha, haciéndola parecer como una fracción “fascista” de la ciudadanía.

Durante el Chile rural y terrateniente de la primera parte del siglo XX, el conservadurismo fue dominante, pero, de modo formal y oficial, dicho poder político acabó con el histórico “Naranjazo” de 1964, y fue sepultado con la victoria de Salvador Allende sobre Jorge Alessandri.

Fruto del dinámico y rápido cambio de la sociedad, el conservadurismo es un concepto que se quedó en los calendarios de hace un siglo. El que la izquierda, intencionalmente, por cierto, se haya quedado pegada en la historia para demonizar a la derecha, es una fantasía fácilmente demostrable, en especial a partir de la Guerra Fría, cuando el mundo, así de simple, se dividió en Estados opresores y totalitarios y Estados democráticos y libertarios. Se trata de sistemas de vidas muy diferentes, retratados con la mayor crudeza por el Muro de Berlín.

La izquierda, en beneficio de sus intereses, persiste en hacer creer a la gente la vigencia de una anécdota más que una realidad: según el lado en que se sentaron los miembros de la Asamblea Constituyente en la revolución francesa, se motejaron a los bloques; a quienes lo hicieron a la derecha, se les llamó monarquistas y a quienes lo hicieron a la izquierda, se les denominó libertarios.

Aquella derecha chilena tradicional y poderosa de antaño, como se dijo, no existe desde comienzos de los 60. De mantenerse bajo aquella estructura habría sido incapaz de elegir Presidentes y numerosos parlamentarios.

Entre las varias definiciones de derecha encontradas en textos de Ciencia Política, hoy se la describe como “grupos humanos con similitudes en lo valórico y libertades en cuanto a lo humano y lo económico. Promueven la individualidad sobre el colectivo en materias como seguridad social y educación entre otras, siendo tradicionalista y auto regidos por una institucionalidad”

Y aquí viene lo más relevante y revelador de la definición: “la derecha política es un espectro que va desde el centro a los extremos con diferentes puntos medios, por lo que es imposible catalogar a todos los grupos bajo una misma definición por completo, existiendo variaciones entre uno y otro, lo que se puede comprobar en sus declaraciones de principio”.

Al amparo de esta realista descripción de índole universal, ha llegado la hora de que la izquierda, criolla, siempre mal intencionada, deje de caricaturizar a lo que, oficial y realmente, el mundo entiende como derecha. Son vastos grupos democráticos convencidos de sus libertades y devotos de todos sus derechos, que no andan camuflados bajo vendajes de momias. Son hallables en cualquier sector de la sociedad, pueden ser pobres o ricos, pero con un ideal común: el progreso social en absoluta libertad, sin la opresión del Estado ni de nadie.

Por su historia y por sus realidades, como la de Daniel Ortega en Nicaragua, es realmente un honor no ser de izquierda, y, por lo mismo, nadie puede sentir vergüenza de ser llamado “de derecha” por optar a tomar una posición adversa a la exterminadora doctrina del socialismo. Así de radicalizado como está el mundo, es una honra situarse en el lado de la democracia, de las libertades plenas, de los derechos fundamentales y del natural apego a todo lo que se ha ganado –sea poco o mucho- con el sacrificio propio y no por un arbitrario padrinaje del Estado.