CHILE YA ESTÁ PRISIONERO


VOXPRESS.CL.- Al darse inicio a la franja electoral auspiciada por el SERVEL y de carácter obligatorio para los canales de TV, hay candidatos que han puesto mucho énfasis en la palabra “libertad”. e incluso en los pocos segundos de duración, flamea al viento la bandera nacional. Ése no es populismo ni pura demagogia, sino una señal -que, ojalá, alguien la capte- que refleja la real angustia que sufre el país.


No es necesario aguardar los resultados del 21 de noviembre para gritar que seguiremos siendo libres o pasaremos a ser esclavos en uno de los pocos ‘paraísos comunistas’ existentes en la superficie planetaria. El mundo, en la actualidad, incluye 193 países, de los cuales sólo 23 continúan siendo dictaduras comunistas.

Esta cifra comparativa, quizás irrelevante para muchos que viven porque respiran, hace todavía más inexplicable, inentendible y hasta única la situación política en que se encuentra un Chile que en sólo tres oportunidades de su historia se ha dotado de un sistema socialista: 1932, 1970 y 2020. Sí, es así, aunque por la desidia y la indiferencia generalizada de la ciudadanía, ésta no parece haberse dado cuenta de ello.


Precisamente por este letargo atribuido a los coletazos aún activos de la pandemia, la población le despejó el camino a la izquierda, y a la más dañina y odiosa, para que fuese en masa a votar al plebiscito constitucional y, de ese modo, se apropiara de la institucionalidad nacional y acomodarla a su antojo, como está aconteciendo ahora, a entero beneficio y horma de una dictadura comunista que, día a día, está siendo escrita en los acuerdos de una Convención que nada tiene de representatividad nacional.


El pandillaje extremista, aunque lo desea con ansias, no tiene para qué preocuparse de derrocar al Presidente o, por disfrute, hacerlo salir por la puerta de servicio de La Moneda. Ello carece de sentido, puesto que la izquierda domina y manda en la suprema instancia que norma el funcionamiento de un país, su Constitución.


Como nunca antes en la trayectoria de las franjas electorales televisivas, un candidato a diputado PC, invitó categóricamente a votar por él a quien desee vivir en la paz y la tranquilidad del comunismo. Y esto es así por el gran peso que el pinganilleo extremista tiene en la Convención. Así como va, éste redactará una Constitución de acuerdo a los vaivenes electorales futuros. En posesión de su dominio, pueden manejar los plazos y los tiempos a su amaño, de acuerdo a cómo se presente el desenlace de las votaciones, y por ello decidieron impúdicamente quedarse un año más cambiando y acomodando el articulado constitucional para hacerlo calzar con los resultados de los próximos comicios.


En el evento de que el triunfador de la presidencial sea un centroderechista, de seguro la Convención establecerá que el período del nuevo Mandatario -que asumirá en marzo- será sólo de dos años y sin derecho a reelección; en cambio, si gana un izquierdista, que no puede ser otro que Boric, la permanencia del Jefe de Estado en La Moneda será de cuatro, con reelección.


Si llegase a producirse el milagro de que la centroderecha gane en el Congreso, téngase por seguro que la Convención modificará los quorum e introducirá algún articulado que bloquee a una eventual mayoría de “ricos conservadores”. Todo ello, es claro, si no se consuma lo que una buena parte de constituyentes aspira: un régimen parlamentario.


No es una fantasía, pero lo cierto es que la izquierda, la más dura y revanchista, es la que ya controla el poder en el país, porque es ella, a través de la Convención, la que está forjando el nuevo modelo -- totalitarismo socialista, por cierto-- que se le impondrá al país.


Desde esta perspectiva, pareciera ser que las elecciones del 21 valen poco o nada, pero hay que asumirlas como el primer grito libertario y de independencia frente a esta institucionalidad ya en funcionamiento hecha suya en la elección del 25 de octubre del 2020. En dicha oportunidad, votaron voluntariamente 7,2 millones de ciudadanos de un padrón nacional de 14 millones, y de aquellos sufragantes, sólo 5 millones lo hicieron a favor de una nueva Constitución con las catastróficas consecuencias de la Convención. Resulta de alguna mínima lógica concluir que esa cifra muy menor que hoy detenta el poder, es producto de una altísima abstinencia obligada por la pandemia.


Es a este tremendo contrasentido al que hay que hacerle frente en las elecciones, transformando el voto de cada cual, de cada una de las víctimas del socialismo ya dominante, en una alternativa clave: una libertad, aunque con dificultades, o una esclavitud con miseria.


Si el paraíso comunista que se nos ofrece fuere tan así, los 193 países del mundo lo serían y no, como ocurre, en que no superan los 23 los únicos que someten a su población a la peor vida.

La importancia del 21 de noviembre es que será el primer acto de rebelión de los demócratas en contra de esta “toma” que ha hecho la izquierda de nuestra institucionalidad.


Los comicios del 21 forman parte de una trilogía que deberá completarse con el plebiscito de salida, de votación obligatoria, y sellarlo con un gigantesco “¡NO!” que se escuche en todo el orbe, un orbe en el cual el comunismo es casi una anécdota, pero en Chile resulta ser más que una amenazante realidad: inserto en nuestra institucionalidad, es el primer acto de una tragedia.