AHÍ TIENEN SU BOTÍN


VOXPRESS.CL.- Uno de los días más negros para la historia nacional y militar de Chile lo protagonizó el Consejo de Monumentos Nacionales, el cual resolvió “retirar de su lugar” el erigido en memoria del general Manuel Baquedano desde la plaza del mismo nombre para “repararlo durante, al menos, por un año”. Dicha inaudita determinación marca una dura derrota para la democracia, para los símbolos nacionales y al pasado glorioso del Ejército de Chile, porque, así de simple, es una victoria para la subversión política y para la izquierda dura, que pujaron, sin cesar y con una violencia sin contrapese, por hacer desaparecer la estatua desde dicho lugar. Esa acción, planificada por la dictadura venezolana, estuvo destinada a provocar una dimisión forzada del Presidente de la República.

Decenas de generaciones de capitalinos se criaron, circulando casi a diario por los costados del monumento al general Manuel Baquedano, durante los 93 años de haber sido construido y ubicado allí. Podría haber continuado en su sitio, pero el vandalismo político, de un lado, y la falta de protección del otro, terminaron con un emblema de la ciudad. Ahora, sin el monumento, la plaza pierde su condición de tal y para que no sea usado y abusado por los subversivos con el nombre de Dignidad, debería materializarse rápidamente el plan vigente de unir en forma recta, con dos vías, las comunas vecinas de Santiago y Providencia.


El Consejo de Monumentos Nacionales ya el año pasado recibió una solicitud del Ejército de llevarse el monumento a un recinto militar “para poder protegerlo como se merece”, en vista de los despiadados e incalificables ataque casi semanales de que era objeto. La entidad, esa vez con coraje, respondió que, sí o sí, no se movería de su lugar, pero ante una oleada peor de intentos por derribarlo, la institución castrense insistió en su pedido, y esta vez, el Consejo cedió: lo retiró de allí por un año para restaurarlo…

Los daños en su base de piedra y en el bronce de las patas y manos del caballo eran, perfectamente, solucionables sin remover la estatua, pero se la sacó de allí por un período de un año, sospechosamente el mismo tiempo que le falta para completar su período al Presidente de la República.

Al ser removido, de madrugada y con guardia para los honores de rigor, una pandilla de vándalos insultó e intentó atacar a los militares presentes.

Cuando el monumento a los Héroes Navales de la Plaza Sotomayor de Valparaíso fue víctima del mismo acoso extremista, la Armada ubicó en su entorno a patrullas de Infantería de Marina, acampadas allí, y nunca nadie más lo atacó. Debido a la instrucción presidencial de no responder los acosos, la estatua de Baquedano se quedó sin defensa y éstas son las consecuencias: el botín que tanto ansiaba el extremismo, ahora lo tienen en su poder.

La Comandancia en Jefe del Ejército dio una orden de defender a balazos “sólo los cuarteles” para “no correr la misma suerte que Carabineros”, el cual debe mantener el orden público a punta de diálogos, por expresa orden del Mandatario, sumido en el más pavoroso de los temores que le infunde la izquierda.

El monumento a Baquedano, de una tonelada, hecho en piedra y bronce por el escultor chileno Virginio Arias Cruz hace 94 años, fue erguido para rememorar por siempre las hazañas bélicas de este corajudo general y Comandante en Jefe del Ejército en campaña durante la Guerra del Pacífico. Enterrada bajo su esfinge se halla la tumba del Soldado Desconocido, el cadáver momificado de un combatiente anónimo caído en la batalla de Tacna.

Los subversivos que propugnan un Chile nuevo, socialista y totalitario, se propusieron, como objetivo político, ‘conquistar’ la Plaza Baquedano y cambiarle su nombre por el de ‘Dignidad’, como entre ellos ya la denominan. Días atrás, el precandidato presidencial del Partido Comunista, Daniel Jadue, afirmó que “estamos en vía de recuperar para nosotros la Plaza Dignidad”. Lo consiguieron.

Los encapuchados revolucionarios se hicieron fuertes en dicho lugar y su vocación preferida cuando se agrupan allí, al margen de la droga y el alcohol, fue pintarrajear y rayar el monumento y hacer añicos los jardines que lo rodean. Su empeño en derribarlo y hacerlo desaparecer fue porque se trata de…un militar. En la manifestación por el Día de la Mujer, un piquete de encapuchados llegó provisto de picotas y chuzos: uno de los apresados tiene ¡38 detenciones por vandalismo!, pero sigue circulando con toda normalidad por las calles. El juez sólo lo sancionó con la prohibición de acercarse a la estatua…

Fue el fin.

El presidente del PS, Álvaro Elizalde, eufórico por la noticia, sugirió que en ese lugar se levantara “un monumento que realmente unifique a los chilenos”, en un mañoso anacronismo y descontextualizada mezclar de conceptos de actuaciones militares, apuntando a una intervención militar forzada por la inminente imposición de una dictadura comunista en Chile. ¿Qué más unitario puede resultar para un país una larga y cruenta guerra, y, además, exitosamente concluida?

Si de desunir se trata, habría que partir por desmontar las estatuas de Salvador Allende y de Ho Chi Min

Baquedano no fue cualquier militar, sino un ejemplo de apego a la Patria: a los 15 años, casi la misma edad de una mayoría de encapuchados, se escapó del hogar paterno en 1838 para embarcarse rumbo al norte y unirse a las fuerzas que combatían, triunfantes, en la guerra contra la Confederación Perú/Bolivia, peleando, pese a su precocidad, en las batallas de Portada de Guías y en la de Yungay.

Durante sus estudios en tres colegios, fue compañero de otros grandes patriotas y republicanos, como Patricio Lynch, Aníbal Pinto, Federico Errázuriz, , Eusebio Lillo y Emilio Sotomayor.

Con motivo de la Revolución de 1851, fruto de la división del Ejército, enfrentó a su padre –también militar- en la batalla de Loncomilla, y al saberlo mal herido, solicitó permiso para visitarlo.

Como general, se abocó a organizar el Estado Mayor y crear la Academia de Guerra. Retirado de las filas del Ejército, Baquedano se dedicó a labores agrícolas en su campo de Laja, fue senador y Presidente provisorio de la República. Los ignorantes que terminaron mancillando su monumento ignoran que se trató de un republicano, concepto que ellos no conocen.

La historia tendrá que consignar esta fecha tan negra de una nueva rendición presidencial, pero, ésta, utilizando como una excusa un antiguo símbolo nacional, y simplemente por negarse a defenderlo como correspondía. Cuando la Intendencia Metropolitana intentó acordonar la rotonda con una masiva presencia policial, el Gobierno fue duramente increpado por la oposición y por la izquierda en su conjunto “por impedir las libertades de reunión y de expresión”. Nunca más hubo protección masiva para la estatua.

Ningún chileno demócrata y, por tanto, partidario de la institucionalidad y del Estado de Derecho, puede mantenerse silencioso ante este atropello a la historia Patria: el monumento al general Baquedano nunca debió convertirse en un botín para el extremismo izquierdista.

Cuando un Jefe de Estado recibe un mandato que parte en el natural ejercicio de su autoridad, no puede renunciar a ella, ni transarla ni regalarla por temores personales, ni menos como transacción para que, con posterioridad, no se le pase una cuenta política.