AGACHANDO EL MOÑO


VOXPRESS.CL.- Poco se ha repetido, porque poco se ha difundido, una expresión del ex Presidente Ricardo Lagos con posterioridad a los resultados de la primera vuelta: “me imagino que la Convención Constitucional habrá tomado debida nota de lo ocurrido”.


En parte por una intencionalidad y, en otra, por la inmedible capacidad de desinformación de la ciudadanía, lo que el firmante de la Constitución actualmente en vigencia dijo es que a los delegados de dicha asamblea se les terminó su desenfrenada fiesta.


El sentir mayoritario de la ciudadanía en lo presidencial y la igualdad en lo legislativo, en especial en el Senado, le arruinaron de una plumada la siembra de cizaña y de trigo envenenado a que se dedicaron los convencionales desde abril a la fecha.


Dada la precaria intelectualidad de una mayoría de sus miembros y de la ideología extremista de casi todos, le dio a la Convención el mejor de los escenarios para ‘cocinar’ cambios tan profundos que llevarían, y muy rápido, al infierno al país. Sin disimulo ni debate previo, los delegados montaron un guión de total desprecio a las libertades personales y establecieron todas las bases para implantar el totalitarismo socialista.


El cocimiento de su malévola estrategia sería cuestión de tiempo, ello en razón de la convicción que el panorama político no les ofrecía obstáculos, ni siquiera nubes. Incluso, fijaron mayo como la fecha del plebiscito dirimente, instancia no contemplada en sus funciones, para así vulnerar la norma legal del 2/3 para los acuerdos. Confiada su presidente y su séquito de revolucionarios de que el Senado continuaría en sus manos, se prepararon para el asalto final del poder a través de esta vía institucional.


Sin embargo, la tarde/noche del domingo 21 de noviembre, la población le envió un mensaje categórico a los golpistas de la Convención: Chile no quiere el camino al abismo ofrecido por ella y el Senado ahora ya no estará a su entera disposición.

A excepción del puñadito de convencionales democráticos, automáticamente pasados a llevar, la mayoría extremista acusó el impacto de lo ocurrido en las urnas. Sus dirigentes, los más odiosos, bajaron los decibeles en sus expresiones, cesaron las agresiones verbales a todos quienes no piensan como ellos y hasta se animaron a ofrecer disculpas por el escandaloso ‘carrete’ de algunos de los suyos en un hotel de Concepción, durante el innecesario paseo de varios días por la zona, todo a costa del Fisco.


Ahora, flanqueado por una nueva realidad política, el vicepresidente de ella, Jaime Bassa, emitió una declaración en la que aseguró que “sea cual fuere el próximo Presidente de la República, continuaremos invariables con nuestra misión hasta el final y confiamos en que no habrá interferencias”. Como fiel discípulo de su jefe socialista, es de pronto acomodo a los colores de la ocasión, y dejó de referirse a “la refundación” de Chile. Pero como los delegados totalitarios no le dan confianza a nadie, hay que seguir poniéndoles el ojo muy encima, enjuiciándolos y denunciándolos, porque lo que han hecho hasta ahora no es, precisamente, un modelo de libertades de expresión y de pensamiento; ha sido una aplanadora sobre los pilares republicanos y hasta fundacionales de un país que ha demostrado, cada vez que se ha requerido, que desprecia el totalitarismo estatista.


No es cuestión de creer que la Convención se convertirá en democrática de la noche a la mañana, pero a partir de ahora ha tomado conciencia de que una importante mayoría de la ciudadanía no comparte uno solo de sus indignos ‘valores’, ni menos su conducta arrogante, atropelladora, y censura la ausencia mayoritaria de gente preparada y de saberes en su seno.


Es imposible que dada su tremenda minoría, los convencionales democráticos -que, con suerte, llegan a 40- puedan reconvertir el oprobio de instaurar legalmente una dictadura en un modelo de libre convivencia socioeconómica.


Lo importante, quizás muy poco a estas alturas, es que aún queda un plebiscito obligatorio para rechazar el venenoso producto que planea. El empujón libertario del domingo 21 ha hecho que ese futuro rechazo ya esté tomando fuerza y volumen. La democracia mostró sus dientes, un muy buen síntoma para, de ahora en adelante, actuar como corresponde con estos delincuentes protagonistas directos de la subversión del 18/O: acorralarlos, presionarlos y juzgarles cada una de sus ilegalidades. El ‘canceroso’ profesional de la mentira, Mauricio Rojas Vade, sigue recibiendo su dieta como convencional sin aparecerse hace cuatro meses; el vicepresidente Jaime Bassa puso la Convención “a disposición” del candidato comunista; miembros de la Lista del Pueblo han pisoteado los valores patrios, al desconocer como propios el pabellón y el escudo nacional; su presidenta, la también comunista Elisa Loncón corrió a respaldar a los terroristas de Carahue; la machi Francisca Linconao participó en la organización del crimen del matrimonio Luchsinger/McKay y la frenteamplista Beatriz Sánchez utiliza los ingresos en su calidad de delegada para participar activamente en la campaña de Boric. No obstante, estas faltas a la probidad y a una indispensable objetividad no han tenido una sanción, por mínima que sea. Ni siquiera un llamado de atención de nadie, solamente los aplausos y el apoyo de la izquierda.


Es este ‘todo vale’ al que la ciudadanía, silenciosamente, le puso la proa el 21 de noviembre. Es evidente que estos arbitrarios extremistas sintieron el impacto y algo agacharon el moño, pero por la malévola composición de la asamblea, no hay que hacerse a la idea de que de ahora en adelante actuarán como chilenos y no como sirvientes de una ideología internacional.


Frente a ellos, hay que actuar como celosos guardianes y hacerles sentir el peso de que van en contra de la corriente.