EL PLEBISCITO, CADA VEZ MENOS NORMAL


VOXPRESS.CL.- Es posible que hurgando se encuentre algo, pero no debe haber en la historia moderna de Chile un acto electoral tan ideológicamente orientado, tan manoseado y respecto al cual su organización se ha desarrollado a punta de parches pegados en el camino. A un mes y medio de su realización, aún no existe una agenda definitiva sobre el plebiscito.

Cuesta hacerse a la idea de que, la ciudadanía, entendiendo poco y nada, se halle a días de enfrentarse a un proceso inédito, acerca del corazón mismo de la República y, respecto del cual, nunca había tenido la oportunidad, como ahora, de elegir libremente a quienes quieren que redacten ¡una Constitución.

De principio a fin, el plebiscito constitucional ha sido tan poco digno de su significado y de tan baja jerarquía organizacional, que no es fácil asumir que el objetivo de tanto manoseo sea una Constitución.

El que los ciudadanos se enfrenten a dos opciones centrales y dos alternativas, es de un absoluto desconocimiento para quienes están habituados, y si es que concurren, a votar por personas que conocen por los medios, a quienes han escuchado o porque les han recomendado que lo hagan por una en particular.

En el lapso desde que se ‘inventó’ el plebiscito constitucional -la oposición izquierdista, el 15 de noviembre-los únicos que se han encargado de preparar y adiestrar a los futuros votantes son el frenteamplismo y el PC, ello a través de conversatorios y diálogos vecinales, no para enseñar, sino para adoctrinar sobre las materias que, necesariamente, debe contener una nueva Constitución que sustituya el perverso modelo neoliberal por el justiciero totalitario del socialismo.

Resulta fácil deducir cuál puede ser el ‘producto’ que emerja de votantes entre los cuales, por propia confesión, hay cinco millones que no tienen idea de qué es una Constitución, en qué consiste y para qué sirve. Entre los habilitados para sufragar hay 600 mil analfabetos y 6 millones de alfabetos que no tienen cursado cuarto medio.

Jamás en Chile, la población ha accedido a una experiencia como ésta, cual es la de votar por una “hoja en blanco”, la que recién en abril del 2021 se sabrá –en otra elección- quienes serán los encargados de llenarla.

Con una visión de Estado, Patricio Valdés, ex ministro de la Corte Suprema y ex presidente del Tribunal Calificador de Elecciones (TRICEL), advirtió que “nadie sospecha siquiera los problemas en que se va a meter el país con una nueva Constitución hecha entera de nuevo, partiendo de una hoja en blanco”. A él, como a millares, le da escalofríos en solo pensar en el producto final que salga de esta inédita y poco seria experiencia.

El SERVEL, trabajando a toda máquina en protocolos que se los quiso encajar al Gobierno, pero éste se los devolvió, canceló toda posibilidad de “voto a la distancia” y no por falta de interés, ya que el presidente de su Consejo Directivo, Patricio Santa María (DC), era el más entusiasta para que los contagiados del virus también votasen. Le propuso a Correos Chile que se hiera cargo de retirar cartas selladas desde hospitales, clínicas, residencias sanitarias y domicilios donde permanecen los enfermos, pero la empresa rehusó hacerlo por el riesgo para la salud de sus funcionarios. Incluso, hasta ideo una lista con declaración jurada y padrón diferenciado para los infectados, porque sus identidades tendrían que ser reveladas, perdiéndose el sentido del secreto.

Un grupo de alcaldes ligados al extremismo –entre ellos, el de Valparaíso Jorge Sharp- ‘exigen’ que se respete “el derecho que la gente se ganó en la calle “a tener una nueva Constitución, y ese derecho debe ser “la tranquilidad a todos los que quieran ejercer su voto en un participación segura”. Obviamente, quien debe asegurarse de que así sea es el Estado.

Entre las exigencias del extremismo están protocolos sanitarios para votantes y vocales de mesa, como la aplicación de test PCR a los vocales antes y después del día de la elección –con el consiguiente despliegue de funcionarios de la Salud para ello- y la implementación de transporte público gratuito en todo el país, “con el objetivo de aumentar la participación”.

A excepción del Metro, en Santiago y en el resto del país, el transporte público es concesionado o privado. No es ilusorio suponer que el interés en ser vocal de mesa puede descender a un nivel histórico, dadas las obligaciones –adicionales- sanitarias que exige el extremismo: limpiar con alcohol la cámara secreta cada vez que un ciudadano emita su sufragio) y estar pendiente del distanciamiento social en las filas. A todos se les hará el examen de trazabilidad el día antes y el día después, por lo cual los miembros de las mesas se verán obligados a regalar un tiempo de su horario habitual de trabajo para someterse a dicho control.

Pese a todas las preocupaciones del presidente del Consejo del SERVEL porque ésta constituya la mayor participación electoral de la historia, lo cierto es que la izquierda está preocupada por ello, fundamentalmente por la indiferencia del segmento joven. Para atenuar las dudas, la izquierda se ha dado el tiempo de ir imponiendo modalidades y condiciones (a “su proceso”), a las cuales el entrenado SERVEL no tiene reparos en darle en el gusto.

La oposición cree que puede hacer pasar como común un proceso anormal, irregular, aún en discusión, con características inéditas y funciones impracticables. No se ha conocido en el país una elección más alterada, atípica y acomodada como ésta, la del plebiscito constitucional, todas ‘intervenciones’ que la hacen poco creíble y ajena a la neutralidad propia del más insignificante acto electoral.

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