UN HIMNO A LA IMPOTENCIA


VOXPRESS.CL.- “Si llego a sangrar, debo correr al hospital” fue la recomendación ineludible que el médico Fernando Vallejos le hizo a la agricultora Roxana Carrut, de Victoria, que lleva más de un mes en huelga de hambre en protesta por la ausencia de Estado de Derecho en La Araucanía.

Mientras las autoridades nacionales y regionales y dirigentes de derechos humanos se desvelaban por convencer al machi Celestino Córdova de que depusiera su amenaza de ‘huelga seca’, al norte de Nueva Imperial, donde está internado el doble asesino, una sencilla trabajadora rural continuaba con su larga abstinencia de alimentos, simbolizando el sentir de millares de víctimas del terrorismo extremista en la zona. A su devastada casa no se ha acercado ningún representante de ninguna organización humanitaria para solidarizar con ella, como sí ocurrió con el homicida de los Luchsinger/McKay. Agentes de derechos humanos y feministas, simplemente ignoran su protesta por tratarse de una comunera no afín a la “causa” del terrorismo narcocomunista que asola Cautín, Malleco y Arauco.

“Les pido a las autoridades que no vengan a puro pasearse y para la foto, ya que lo que aquí vivimos no es un juego. Yo y mi familia estamos amenazados de muerte desde comienzo del 2019 y esto no ha parado. Nos han robado casi dos años de nuestras vidas", dice con entereza, pese a los múltiples síntomas negativos en su organismo a causa de su huelga de hambre: “sufro mareos, fatigas, calambres, tengo partidos los labios y siento fuertes dolores de estómago, pero no cesaré hasta que los comuneros trabajadores, como nosotros, podamos vivir tranquilos en nuestra casas”.

El primer ‘aviso’ de los terroristas a Roxana para que abandonase su predio, fue el incendio de un galpón por parte de encapuchados; luego, le robaron sus 24 vacunos y, más tarde, fue violentamente agredida al interior del hospital de Victoria -episodio del cual hay un video de prueba-, recinto al cual llegó a constatar lesiones por haber sido golpeada al interior de su propiedad por encapuchados. “Como perdí toda esperanza en la Justicia y veo que, por años, acá el Estado de Derecho desapareció, tomé la decisión de iniciar esta huelga de hambre, y le ruego a Dios que me dé fuerzas para continuarla hasta que se nos escuche”, cuenta.

Carrut personifica a todos los comuneros, como ella, que dedicados exclusivamente al trabajo diario, hoy no lo tienen por la devastación de sus tierras “y por el temor de que lo que uno haga, al día siguiente sea destruido, quemado o robado”, resumiendo la realidad de quienes, y con justa razón, se auto definen como “víctimas” del terrorismo rural.

Una niña de 9 años, tripulante de un camión atacado e incendiado, fue impactada por una bala de grueso calibre en su espalda. “No fue un balín de goma, como los que se les permite utilizar a Carabineros, y con restricciones”, comenta, refiriéndose a la disparidad de criterios de la autoridad.

Después de este incidente de la menor herida a bala, el Gobierno, pomposamente, anunció que ese hecho “marca un antes y un después” en su accionar en La Araucanía, y la única reacción a ello fue de los terroristas que emboscaron un vehículo de carga de una familia mapuche, con dos niños en su interior, que fue impactado con varios tiros de bala.

El “antes y después” del Gobierno fue un nuevo –el milésimo- llamado al diálogo: “estamos dispuestos a él en forma permanente”. Aún espera respuesta.

Roxana Carrutt, la comunera en huelga de hambre, clama, al menos, por una acción solidaria del Ejecutivo. “Así como ayuda a tantos otros por la crisis social, a nosotros, como víctimas del terrorismo, también se nos tiene que aportar con algún tipo de auxilio. “Nos sentimos totalmente abandonados y sin trabajo por culpa de las amenazas a diario”. La trabajadora critica que “nos tratan de consolar, ofreciéndonos créditos blandos, pero al solicitarlos, lo primero que nos piden es el pago del IVA. IVA y más IVA, siendo que no tenemos ingresos, porque nos han saqueado todo”. Para ella, una ayuda urgente es que mientras no puedan producir por causa del terrorismo, que, al menos, se les exima del pago de contribuciones.

Éstas son las dos caras que imperan en La Araucanía, el amplio territorio de la subversión armada narcoterrorista, y frente al cual no hay absolutamente solución práctica alguna. Desde La Moneda insisten en el diálogo como si éste fuese tan fácil frente a paramilitares adoctrinados y entrenados, en tanto el extremismo rural continúa con todas las luces verdes para atacar a balazos a quien tenga la intrepidez de desplazarse por ese territorio. La memoria es aún fresca como para olvidar –se supone, intencionalmente- que no fue precisamente una mesa de negociaciones ni de acuerdos la que, en su momento, redujo a la nada la proliferación de movimientos guerrilleros ideologizados que pulularon en Latinoamérica, y con gran acento en Sudamérica en los últimos tiempos. La huelga de hambre de la trabajadora Roxana Carrutt es un himno a la impotencia por parte de una de las tantas víctimas que, pudiendo hacerlo, no reciben ayuda de quienes tienen la misión constitucional de exterminar cualquier acto de sublevación.

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