LOS DOS CHILE DEL PLEBISCITO


VOXPRESS.CL.- A la espera de conocer oficialmente los protocolos que está preparando el Servicio Electoral (SERVEL), los partidos políticos, cansados de sus agotadoras prédicas sobre la pandemia a una población híper saturada por la misma, se concentran, ahora, en la fecha del 25 de octubre, cuyo programa central es el plebiscito constitucional.

El PS y el PPD a la cabeza de la oposición, siguen desconfiando del Gobierno, porque éste no quita sus ojos sobre la evolución de la peste, supuestamente para utilizarla como justificativo para aplazarlo nuevamente. Sin embargo, el hecho que se le haya dado un plazo inferior a 30 días al SERVEL para que elabore y presente todos los protocolos para una votación debidamente protegida, induce a pensar que el referéndum se llevará a cabo “en la medida de lo posible”: con mascarilla y distanciamiento social.

Éste es, precisamente, el gran punto que preocupa a la oposición, la que, en rigor y justicia, es ‘dueña’ del plebiscito, porque fue ella la que lo ideó la noche del 15 de noviembre para imponérsela forzosamente al Presidente, a cambio de que éste no se viera obligado a renunciar y que se pusiera fin al vandalismo ideológico. Esto -es bien sabido- no lo cumplió la izquierda, sino recién en marzo, lo hizo posible el surgimiento del virus.

La izquierda ha jugado todos sus dados a una participación masiva, ya que de ello dependerá el éxito del Apruebo. Incluso, en esa orientación tuvo hasta el apoyo del SERVEL, que presentó todo tipo de ideas para que ese día nadie se quede sin emitir su sufragio. Sus tentáculos comunicacionales se han encargado de difundir todo tipo de encuestas en las que dicha opción parece arrasar, apoyándose en la crisis social. “Es el momento preciso de expresarse” piden los dirigentes opositores, agitando las aguas del descontento.

Desde el Acuerdo de Paz en adelante, la izquierda, en especial la que no estuvo en ese ficticio arreglo de noviembre, puso manos a la obra para materializar, a través de conversatorios y diálogos vecinales, los pasos claves de la gran oportunidad que se les presentó: acordar –ya mismo- el contenido de una nueva Constitución, cuyo texto alcanzó a circular entre vendedores ambulantes antes de decretarse las cuarentenas; que dicho texto fuese el reverso de la actual y que sea consagrada –como en Venezuela- por una Asamblea íntegramente y directamente electa a dedo por “el pueblo”.

Los partidos tradicionales aspiran a que dicha Asamblea sea mixta, esto es, que haya legisladores actuales en su redacción, e incluso hay un proyecto para que sea exclusivamente el Congreso el que se encargue de concebirla. Los extremistas van más allá: no quieren votaciones democráticas, sino imponer “lo que el pueblo ya decidió el 18 de octubre”… Ésta es, lejos, la mayor duda de la izquierda: estas hordas extremistas ¿irán a votar o, peor aún, impedirán que haya una votación?

Lo establecido a la fecha requiere, primero, de la realización del plebiscito y, segundo, que en éste se imponga una de las dos opciones, Rechazo o Apruebo. Es aquí donde surge el problema que divide al oficialismo, digamos exclusivamente a los partidos que apoyan al Presidente, porque en RN y EVOPOLI hay quienes están por poner fin a la actual Constitución, en la ingenua esperanza de que se redacte otra “más humana” y “más beneficiosa” para la gente. Hace 40 años que la Constitución se haya vigente y, hasta la fecha, nadie se ha quejado de que sea opresiva, anti libertaria y que impida el progreso de la gente. Por el contrario, cualquiera comparación del Chile del 80 con el de hoy, ni siquiera resiste análisis.

Pero dado el gallinero político vigente, no extraña que la derecha tenga militantes que no son fieles a una doctrina que tiene como fin central la defensa, protección y fomento de la democracia, o sea, la antítesis del totalitarismo socialista. Los partidarios del Rechazo tendrán que hacer un doble esfuerzo para neutralizar a sus correligionarios del Apruebo, a quienes, en honor a la diversidad, “no se les impondrá sanción alguna” (RN).

La Moneda es un ejemplo de esta insólita división frente a un interés tan común, como es la institucionalidad del país: por haberlo revelado públicamente, los titulares de Interior y de Relaciones Exteriores, Víctor Pérez y Andrés Allamand, respectivamente, están por el Rechazo, en tanto el encargado de Defensa y la ministra de Desarrollo, Mario Desbordes y Karla Rubilar son partidarios de otra Constitución.

Un ministro partidario del Apruebo expresó que “ahora vamos por caminos separados, pero después lo recorreremos en conjunto tras una buena Constitución”. El propio Presidente declaró que “hay que hacer una nueva Constitución, pero democrática”. Además de que ambos dan por derrotado el Rechazo ¿quién puede asegurar que la que vendrá será una Carta Fundamental buena y democrática?

Mario Desbordes –tal como se comentó en el número anterior de VP-, pidió “tener cuidado” para que el Gobierno no vaya a verse afectado por cualquiera sea el desenlace del plebiscito. Hasta un directivo del CEP salió a aclararle que “La Moneda no puede ser indiferente al resultado”.

Y es así. Este Gobierno de Chile Vamos fue electo por las reglas de esta Carta Fundamental, juró respetarla y “defenderla” y ejecuta sus programas ceñido a lo que ella establece. En La Moneda saben lo que esconde la oposición en sus propuestas de “transformaciones profundas”.

La participación ciudadana puede ser una sorpresa, tan numerosa como explosiva, o algo esmirriada por los temores y por las restricciones sanitarias. Sin embargo, el número de votantes no puede constituirse en la brújula del Apruebo o del Rechazo. En el plebiscito se juega el futuro de Chile en caso de terminar su institucionalidad vigente, y es ése el mensaje que ya debería estar difundiéndose, aclarando, de paso, el mal intencionado discurso de que los malos días por la epidemia, se acabarán con una nueva Constitución.

La mejor forma de ilustrarlo es ejemplarizando situaciones. Un ingeniero comercial caraqueño titulado en California (EE.UU.) regresó hace 30 años a su, por entonces, próspero país y disfrutó de la Venezuela que era líder en Latinoamérica y hacía gala de sus riquezas naturales, hasta para regalar petróleo. Pagaba 1.500 pesos chilenos para llenar el estanque de su vehículo; ahora, en el paraíso socialista de Nicolás Maduro, para poder circular en su vehículo, debe estar fichado por el Estado, el que le fija, día y cantidad para cargar combustible, con esperas de hasta dos horas.

El conoció la ‘otra’ Venezuela y le toca forzosamente vivir en ésta, la “nueva”. Los chilenos han desarrollado su existencia en un solo sistema de institucionalidad, con altos y bajos, con sobresaltos y alegrías, pero jamás sin perder su libertad, ni siquiera la de cargar el estanque de su auto.

De esta mala pasada de restricciones sanitarias, algún día tendrá que salirse, ojalá más temprano que tarde. Pero cuando se cae en las garras del socialismo, en la mayoría de los casos se trata de una condena de por vida, como la de China, Corea del Norte, Cuba y Nicaragua.

No es fácil entender la mala fe de la izquierda de ocultar un proyecto en el Senado en cuanto a “nacionalizar” los fondos de los ahorrantes en las AFP’s. Independiente si éstas gustan o no, abusan o no, sólo en los Estados socialistas éste se apropia impunemente de los fondos acumulados fruto del esfuerzo de las personas.

No es tiempo de que el plebiscito sólo concentre su atención en superficialidades. Hay que entender, de una vez, que se juega la institucionalidad del país y, con ello, un simultáneo cambio de modelo. El Apruebo es la vía chilena al socialismo que soñó Salvador Allende, es la puerta al nuevo país que aquel vanamente añoró y que muchos de los de ahora, ven la oportunidad de hacerlo realidad.

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