LA HERMANA VIOLENCIA


VOXPRESS.CL.- El conmovedor final de la adolescente Ámbar Cornejo (16), hallada descuartizada bajo el patio de la casa materna, abrió, una vez más, la añeja, permanente y nunca resuelta interrogante acerca del flagelo de la violencia. No se cerraba aún el debate por el suicido de otra joven en Temuco, Antonia Barra, despedazada emocionalmente por haber sido violada, cuando este otro macabro hecho estremece a Villa Alemana, una apacible ciudad que todavía no termina de reponerse del asesinato con desmembramiento del profesor Nibaldo Villegas.

Simultáneamente a ello, en La Araucanía terminó materializándose el levantamiento vecinal para repeler la progresiva violencia de comuneros comunistas, en tanto una senadora advierte que el plebiscito constitucional será contaminado por el extremismo antes, durante y después de realizarse la votación prevista para el 25 de octubre. Una encuesta difundida por un matutino de la capital da cuenta de que un 64% de la población está convencida de que, sí o sí, se producirá otra sublevación popular como la ocurrida con posterioridad al 18/O, y un sondeo acerca de las consecuencia de las largas cuarentenas, registró que en un 50% subió el número de denuncias de mujeres agredidas por sus parejas.

Tal como viene ocurriendo por décadas, cada vez que los brotes de violencia llegan a límites escabrosos, surgen grupos y personas con las mejores recetas, recomendando cómo prevenirla y combatirla, pero, a la postre, todo continúa igual…o peor.

No es necesario echar mano a ningún texto de historia para comprobar, con la simpleza de los hechos, que el Chile de antes no era un país violento, y que hasta el inocentón que se robaba una gallina terminaba encerrado en una cárcel. Eran tan infrecuentes los casos que estremecían a la sociedad que se transformaban en inagotables fuentes de lectura y de interminables tertulias.

La violencia no es un fenómeno nuevo en el mundo porque va apareada con el sentido de injusticia: quien o quienes se creen perjudicado, no beneficiados, postergados e incluso son conscientes de su incapacidad de ser más en la vida, reacciona con la fuerza. El “no ser escuchado” es un argumento al cual se aferran por igual victimarios y víctimas, aunque, en rigor, la palabra hace tiempo que perdió su sentido, porque, hoy, nadie escucha a nadie y los pocos que lo hacen, escuchan lo que quieren escuchar.

La oferta del diálogo para evitar la violencia terminó por ser una burda campaña de publicidad engañosa: todas las partes involucradas en un conflicto, grande o pequeño, subordinan esa alternativa pacífica a la simpleza de que la fuerza siempre puede más.

El lema del escudo nacional refleja a la perfección la realidad, aunque dicho mensaje de la “por la razón o la fuerza” tuvo su origen en tiempos de la emancipación y del anhelo de independencia. Miles de años después, dicha arenga retrata a quienes dicen no creer en la razón, sino exclusivamente en la lucha armada para conseguir un objetivo, sin importar su dimensión y sus consecuencias.

Se puede prevenir la violencia en todos sus aspectos y facetas, pero, para ello, de modo indispensable se requieren de una Justicia no comprometida y rigurosa, de códigos sancionatorios implacables y de la voluntad de aplicarla. Lamentablemente, conceptos tan básicos y elementales, en este Chile no se dan, y si es que pudieran darse, no se materializan por visiones netamente ideológicas y por la progresiva influencia de los derechos humanos, los que terminaron por poner a los malos en el sitio de los buenos. El socialismo internacional logró imponerlos como la base y eje de todo, al punto que las garantías para un victimario se sobreponen a las de los de una víctima. Así, la violencia nunca amainará.

En la violencia intrafamiliar, el agresor no va a prisión, sino se le prohíbe acercarse a su víctima. Resultado: se le acerca y la mata. Por la repelente incidencia de los derechos humanos, los beneficios carcelarios permiten que un doble asesino salga en libertad condicional –sin vigilancia alguna- y termine matando otra vez, como ocurrió con la jovencita Ámbar.

Muchos años después, la Justicia “descubrió” que el violador de Pucón, Martín Pradenas, tenía un archivo de ataques sexuales y se paseaba feliz por la vida, drogando a sus eventuales víctimas.

En casi todas partes del mundo, las diferencias políticas se dirimen a través de las elecciones libres e informadas, pero acá en Chile se permite que estás sean ‘intervenidas’ y afectadas por la violencia de sectores extremistas que aspiran a imponer sus ‘soluciones’ por la fuerza, al cual se le opone una fuerza disuasiva desmoralizada y sin atribuciones, lo que estimula aún más la efervescencia de quienes no aceptan las normas sociales de convivencia democrática.

La Araucanía y su interminable conflicto por recuperación de tierras por vías ilegales, ha llegado a una guerra civil en miniatura: vecinos agobiados por el saqueo a sus propiedades se enfrentan a extremistas armados y entrenados por guerrilleros extranjeros. Existiendo normas claras para el apresamiento, juzgamiento y condena de violentos saqueadores, es en esta zona donde se han encarnado los peores vicios escritos y establecidos para prevenir la violencia. A cada balazo de los subversivos, la autoridad responde con la oferta de diálogo, en tanto la Justicia desestima pruebas por solidaridad ideológica y, así, no encarcelar a saqueadores, incendiarios, ladrones y asesinos que actúan movidos por intereses políticos.

Todos los instrumentos están, pero al no existir voluntad para prevenir la violencia y, luego, para combatirla con rigor y exterminarla, el país continuará en esta espiral que, cada vez más, corroe la convivencia democrática y que, cada vez más, lo aleja de un sistema que le ha permitido vivir con aprietos, pero -aún- no sujeto a quienes quieren sumergirlo en el oprobio del sometimiento por la fuerza.

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