LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD PARA UN CAMINO PROPIO


VOXPRESS.CL.- Al sellar su –ojalá- último cambio de Gabinete, el Presidente aclaró que con su nuevo elenco ministerial afrontará la última etapa de su Gobierno. La primera tarea del equipo fue recomponer las relaciones entre el Ejecutivo y Chile Vamos, en particular con RN y la UDI, y fijar una agenda de intereses comunes para que no vuelva a producirse otro estado de discrecional conducta en el oficialismo. Se establecieron tres áreas prioritarias, sobre las cuales se concentrará el trabajo conjunto: pensiones, inmigración y seguridad interna.

Simultáneamente a todo ello, se produjo un hecho revelador y que, de alguna manera, refleja un cambio de actitud sobre La Araucanía: el flamante ministro Víctor Pérez, en un viaje relámpago a la zona, instó a los alcaldes a que exigieran de Carabineros el desalojo de sus municipalidades tomadas y saqueadas por los comuneros comunistas.

Enfrente de este agrupamiento oficialista, se alista una oposición cada vez más terca que, de inmediato, endureció su discurso, primero, atacando a los “duros” del Gabinete; luego, culpando al ministro Pérez de la participación de civiles en el desalojo de la municipalidad de Curacautín; después, denunciando que “al Presidente se le agotó la agenda, ello, conjuntamente, con el anuncio de la censura a la mesa de la Cámara (en poder de un RN) para que un DC retome la presidencia.

Esta fue la respuesta, esperada por cierto, al enésimo llamado presidencial a la unidad, “porque cada vez que estamos separados, lo hemos pagado caro”, frase repetitiva con que coronó su Mensaje a la Nación del 31 de julio. El Pacto Social parece no dejarlo dormir, siendo que el adversario se lo ha descartado en varias oportunidades y, ahora, ni la izquierda moderada está dispuesta a un acercamiento en momentos en que se acercan fechas electoralmente significativas. En este porfiado marco de tratar de caer bien a quien lo odia, el Presidente, en su discurso, fue por lana y salió trasquilado, al creer que lo reivindicaría reconocer públicamente que se equivocó en las ayudas de emergencia, dejando sin cobertura a gran parte de la clase media, la misma que le dio el voto en diciembre de 2017. Su hidalga confesión le hizo crecer las alas a la oposición, la que ha amplificado el error del Mandatario.

La doctrina de los acuerdos, los diálogos, los pactos y los avenimientos son sólo en la medida de lo posible: forzarlos, implica un conflicto, con un ganador y un perdedor. En esta administración, La Moneda ha salido siempre para atrás.

Un Gobierno que pretende justificar su elección tiene que aprender a “rascarse con sus uñas” y no conformarse con transacciones miserables que terminan transformándose en concesiones.

Lo ocurrido con el presidente del PS deslindó con lo vergonzoso: se reunió con el ministro del Interior para decirle lo que tenía que hacer el Gobierno en La Araucanía. Poco faltó para que lo retara por la explicable reacción vecinal cansada de tanta impunidad para los comuneros extremistas.

Se dirá que, hallándose en minoría legislativa, parece fácil decirlo pero muy difícil de concretar una independencia política. Frente a dicho escenario, cada vez surgen más voces tratando de explicar este inédito fenómeno del cogobierno y del Parlamentarismo de facto, y todos llegan a la misma conclusión: el Presidente no quiso respaldarse en el poder que le concede la Constitución, la que le otorga facultades y atribuciones perfectamente aplicables sin perturbar la democracia.

Este comportamiento indujo al Presidente a un entreguismo, rápidamente captado y aprovechado por la izquierda opositora hasta arrinconarlo, atomizarlo y aislarlo, originando, con ello, el desapego de su propio sector, la derecha.

Una encuesta realizada después de los cambios en el gabinete ministerial, dio cuenta de dos fenómenos inéditos hasta la fecha: la satisfacción del ámbito centroderechista y la confianza en los nombres elegidos para reforzarlo. Son señales que no se habían percibido desde marzo de 2018 y que, a no dudarlo, deben alentar al Mandatario y darle bríos para que tome el camino anverso al del entreguismo seguido hasta ahora. Para ejecutarlo, sobre la mesa están vigentes los instrumentos institucionales, y muy legales, para dirigir al país sin más concesiones.

Una vía práctica, y que al tenor de las encuestas, ha dado frutos es continuar con una política de auxilios focalizados, y lo más prestos que se pueda. La historia reciente demuestra que una estrategia de subsidios sociales contenta a la población más urgida y limita el margen de ataques del adversario. Sin dejar huella alguna de su primer Gobierno, la socialista Michelle Bachelet fue electa para un segundo período gracias a la constante entrega de bonos de todo tipo a las familias con mayores requerimientos de subsistencia.

Un optimista manejo de la crisis sanitaria y las progresivas salidas de las etapas de confinamiento, constituyen un factor decisivo que marque una diferencia, tanto en lo humano como en lo social. El Gobierno, de una vez, con todas las restricciones de rigor y con penas que duelan, debe dar algún tipo de facilidades a quienes han visto destruidos sus emprendimientos y pequeños negocios, única fuente de sobrevivencia. No puede seguir cediendo ante las presiones odiosas de entes de izquierda que exigen la mantención, casi perenne, de las cuarentenas para que, así, la economía pase más abajo que el fondo y le sea más fácil la implementación del modelo que tanto anhela restablecer después de la fallida experiencia de los mil días de la Unidad Popular.

El país clama por una reactivación y el plan de inversión anunciado en el Mensaje en esa dirección, y el consiguiente impulso al empleo, tendrán que ser la piedra maestra de aquí en adelante.

Al equipo ministerial se incorporaron políticos hábiles que saben sacar provecho de las circunstancias, de acuerdo a cómo se van presentando. Queda poco más de un año para las elecciones presidenciales, y estos meses tienen, necesariamente, que recorrerse por un camino propio, con certeza en subida y abundantes piedras, pero no a medias con el enemigo. Más vale tarde que nunca, pero el Presidente tiene, de una vez, que convencerse de que la Constitución está de su lado, debe regirse ceñidamente a ella y, lo más relevante, debe defenderla para poder aplicarla.

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