EL 10% Y LA FALACIA DEL HAMBRIENTO


VOXPRESS.CL.- No es necesario echar mano a las actas del Congreso Nacional; basta un poco de buena memoria para que la población recuerde los trágicos y llorosos argumentos de nuestros legisladores para justificar, y aprobar, el retiro del 10% de los fondos de pensiones para paliar la crisis social y económica. Recurriendo al más burdo de los argumentos populistas, compitieron en dramatizar sobre “el hambre de la gente” para que, con la mayor urgencia, los cotizantes pudiesen recurrir a sus ahorros de pensiones en las AFP´s. Ellos y todos sabían que la real meta era, y es, el fin de las administradoras de pensiones.

La urgencia a que apelaron diputados y senadores, impactados por la falta de alimentación de la comunidad…, se derrumbó rápido, apenas levantada bandera para iniciar la presentación de solicitudes de retiro ante las administradoras.

El primer gran engaño legislativo que quedó al descubierto fue que, entre los autorizados para retirar fondos, están los funcionarios de la administración pública. No hay registro de que siquiera alguno de ellos haya perdido su trabajo, al revés de la casi totalidad de asalariados que quedaron sin empleo, los privilegiados fiscales se dedicaron, en cómodos horarios y hasta con pijama, a laborar (…) a distancia’, ahorrándose el desplazamiento ida/vuelta a sus oficinas habituales: “lo mejor, narró un funcionario de OO.PP., es que tengo dos horas más de sueño”. El ventajoso estatus de este sector estuvo a un tris de adquirir rango de escándalo, cuando la ANEF sugirió que debía mantenerse la cancelación de las horas extras…

Otro antecedente que desmitificó la excusa del “hambre de la población” a causa de la crisis socioeconómica generada por la peste, es que en el proceso de retiro jamás prevaleció el sentido de urgencia para disponer del dinero. Hubo demora en su implementación, problemas con las plataformas digitales de las administradoras, una exigió un documento no contemplado en la norma y fueron frecuentes las caídas de los respectivos sitios web. Agréguese a ello que millares de cotizantes ignoraban su clave y no sabían su monto acumulado. Ningún afiliado se sobresaltó cuando fue informado de que iba a recibir su dinero en dos cuotas, a 10 y 30 días, y que se le depositaría en sus respectivas cuentas RUT o bancarias, ante lo cual no les incomodó conformar largas filas y atiborrar las oficinas de BancoEstado para obtenerlas.

Los hambrientos que, falazmente, se dijo que debían ser saciados a la mayor brevedad, no son afiliados a las administradoras de pensiones, y por tanto no iban a correr a sus oficinas. Los pobres no cotizan porque el precario dinero que recaudan en el día a día les alcanza, con suerte, para su mantención diaria. Ese sector está siendo atendido no por los populistas legisladores, sino por espontáneos pobladores, comerciantes solidarios y vecinos generosos que organizan ollas comunes en las barriadas con mayores carencias y con más requerimientos.

La de los cotizantes es otro tipo de pobreza, originada por el ancestral fenómeno social del consumismo. El ser humano, por instinto, anhela cada vez más e incluso hasta se dan competencias entre las posesiones de vecinos. Prueba sencilla de ello es el escenario que suele verse en súper mercados y retail, cuando algunos clientes, no pocos, desbordan sus carros con imponentes aparatos de TV y apenas dejan espacio para tres o cuatro productos para su subsistencia. Es una realidad tremendamente ‘humana’ que data desde la mismísima “Revolución de los Deseos”, y que muchos estudiosos la traducen como bienestar y progreso.

Se calcula que de los 11 millones de cotizantes, un 0.01% reveló destinar el retiro de sus ahorros previsionales para la adquisición de alimentos. El resto lo invertirá con diferentes fines, y muy diversos. Por propia confesión de los cotizantes, un 10% lo hará -mucha atención- para “hacer crecer mi plata”, es decir, rentar los fondos primitivamente para jubilación, y un 2% confesó que “aprovecharé ese dinero para hacer un buen viaje y conocer el mundo”.

El dato de mayor relevancia es que el mayor número de afiliados a las AFP’s, un 77% de los 7 millones que retiran su 10%, fue impulsado a hacerlo para pagar diversas deudas, como la colegiatura de un hijo o cuotas de la compra de un auto. Ésta es, efectivamente, la causa que refleja en toda su magnitud la genuina realidad de las clases media emergente y media/media que no tienen alternativas para mejorar sus vidas que el endeudamiento.

Si a los 4.5 millones de chilenos no sujetos de crédito por estar en DICOM se descuentan los endeudados por el CAE -2 millones-, igual la cifra de quienes recurren a los créditos para vivir y mejorar constituye un número importante de la población. A éstos se debe sumar la cifra –imposible de cuantificar- de los que están con atrasos en sus pagos, pero evitan caer en boletines comerciales. En Chile existen 9.8 millones de tarjetas de crédito –un poco más de la mitad de toda la población-, las que le permiten a sus poseedores satisfacer deseos, mantener –aunque a duras penas- su estatus social y vivir el día a día gracias a la popular ‘bicicleta’.

Este proceso inédito de retiro de fondos de las AFP’s, y que marca el inicio de su fin mucho antes de lo previsto, refleja aspectos que aclaran todavía más la cruda realidad de la sociedad nacional: primero, la abultada presencia de trabajadores que para el INE aparecen como tales, pero que carecen de las más básicas asistencias en salud y previsión: los por cuenta propia, los de la calle; luego, se comprueba, una vez más, la fragilidad y permeabilidad de la clase media, la que, por la precariedad histórica de sus salarios, lanza manotazos a cuanta oportunidad se le presenta para aminorar sus problemas de vida y, especialmente, sus deudas, y, finalmente, la más ruborosa de las comprobaciones es que en el Congreso Nacional se continúa convencido de que el mentir y el engañar constituyen una buena idea para justificar las millonarias dietas que a los parlamentarios les permite vivir a costa de los pulmones del resto de sus compatriotas.

El hambre existe, pero no en el lugar donde ellos dicen que está.

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