EL BAILE DE LOS QUE SOBRAN

August 1, 2020

VOXPRESS.CL.- No sólo Chile, sino el mundo entero, ha envejecido, y ello no es fruto de un milagro o de una iluminación divina: es consecuencia de las obras de los propios seres humanos que, en su momento, discurrieron ideas, y muy brillantes, que ahora le permiten a millones enfrentar su vejez con salud, vitalidad y con notables niveles de autovalencia.

 

Las actuales generaciones se admiran, al observar desteñidas imágenes de sus antepasados familiares, todos unos ancianos comparados, a la misma edad, con la fortaleza y buen semblante de quienes hoy son sus abuelos e incluso bisabuelos.

 

El destierro, aunque no en todas las partes del mundo, de las aguas servidas que antes eran de consumo humano, el descomunal avance de la ciencia médica y la industria farmacéutica y el casi inexistente comercio de drogas, son los responsables de que, cada vez, los viejos le vayan quitando más espacio a los jóvenes.

 

En Chile parecía haber una conciencia de ello,  en virtud del número de políticas públicas en beneficio del adulto mayor, llegándose a debatir, en muchas oportunidades, la conveniencia de que las edades de jubilaciones debieran ser, a lo menos, de 70 años para los varones y de 65 para las mujeres. Más aún, la OMS hace una década reestructuró sus cálculos de sobrevida y los fijó en 83 para ellos y   en 88 para ellas. Olivia de Havilland, la recordada actriz de “Lo que el viento se llevó”, un aplaudido y clásico filme de los 50, parece haber avisado, con su muerte a los 104, que dichos pronósticos quedaron cortos.

 

En Chile, el escenario es muy ceñido a lo que está ocurriendo en el resto del mundo: hay 1.550.000 sobre los 70 años, según el Instituto Nacional de Estadísticas (INE). La población mayor de 60 años supera los 3 millones y 500 mil tienen arriba de 80. Hace dos años, este vasto sector etario de los habitantes del país, superó al número de quienes tienen 15 o menos años.

 

En síntesis, 2 millones de chilenos tienen más de 70, una generación que constituye todo un capital para el país y para su historia por todo lo que le ha tocado vivir, transmitir y contar: como ninguna otra ha vivido la dura experiencia de tres terremotos/maremotos (1960, 1985 y 2010); es la única que ha sido testigo de una Copa del Mundo de Fútbol en el país; la que vio en TV, atónita, la llegada del hombre a la luna: la que, nerviosa, debió acomodarse a la revolución tecnológica; la que lloró gracias a una hazaña universal de rescate a mineros encerrados a más de 70 metros de la superficie; la que se conmovió por el asesinato de un parlamentario por primera vez en la historia nacional; la que se estremeció con la noticia de que dos chilenos, al mismo tiempo y por distintas rutas, conquistaron el Everest; la que participó en la primera elección de un régimen comunista en el mundo mediante  el voto popular; la que se estremeció por un cruento Golpe de Estado, con un inédito bombardeo a La Moneda, y da testimonio de la recuperación, sin derramamiento de sangre, de la democracia. Le faltaba, probablemente, una última experiencia: vivir y resistir con dignidad una de las más aniquiladoras   epidemias de la historia moderna: un ciudadano de 102 años la superó, tras contagiarse y ser hospitalizado.

 

Se trata de una generación que por la intensidad de lo vivido debe ser reconocida como bendita y no como maldita, lugar al  cual la han rebajado algunas decisiones irreverentes de las autoridades sanitarias. Con un falso pretexto de “protegerlos” y “cuidarlos” se sitúa  a los setentones y ochentones  como los sobrantes de una sociedad que no les necesita ni los aprecia.

 

Fue de una insolencia sin medida la determinación de darles un permiso súper limitado para salir a la calle, como si se tratasen de niños sin raciocinio que necesitan ir a un baño.

 

La irrespetuosa medida de quien la discurrió –imaginamos, la Mesa Social que funciona en La Moneda con influencia gravitante de la extremista presidenta del Colegio Médico-, no consideró lo elemental de la vida humana: su versatilidad orgánica. El tener 75 años o más  no implica la lógica de que todos, absolutamente todos, son una pléyade de minusválidos y discapacitados.

 

El cínico gesto de caridad con un permiso por unos cuantos minutos acompañado de una cuidadora o, en su defecto, de un nieto, resultó tan desatinado que debió ser eliminado a las pocas horas, al tomarse  debida nota  -alguien con un dedo de frente- que quienes requieren de una celadora o de una compañía son personas enfermas con algún tipo de deficiencia biológica, mental o física. Más grave todavía es que, tratándose de especialistas en salud, no reparasen en una circunstancia tan básica como que quienes están postrados no quieren salir a “estirar las piernas” porque, simplemente, no pueden hacerlo.

 

Se ha agredido vilmente a millones de chilenos, jubilados casi todos y muchos aún trabajadores, por el solo pecado de tener dicha edad. Lo sombrío y frívolo de ello es que son víctimas de un sucio doble juego: por un lado se proclama defender sus derechos básicos, cuidándolos y rebajándoles el precio  del transporte, y por el otro, sin tapujos, se les transmite el mensaje de que sobran. Eso todos los adultos mayores ya lo saben gracias a las pensiones de hambre que reciben, pero tratarlos peor que a los animales domésticos, es un insulto inaceptable.

 

En el Gobierno y en la oposición disfrutan haciendo alusión a la igualdad social, pero esta discriminación insolente con los mayores de 75, incluso con más restricciones que las mascotas, es una violación a los derechos fundamentales de todo ser humano  y una negación, a dos millones de compatriotas, a su sagrada libertad de  desplazamiento.

 

Con envidia, pero no sana, muchos adolescentes y adultos jóvenes observan a esta orgullosa pléyade de viejos que gozan de muy buena salud: constituyen las nuevas generaciones avejentadas y muertas en vida por el alcohol, la cocaína y la marihuana.

 

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