LA HISTERIA POR EL VOTO DISIDENTE

VOXPRESS.CL.- Un viejo periodista, de esos maestros que ralean y por los cuales lloran las Facultades de Comunicaciones que anteponen la formación por sobre los ingresos, explicaba que la evolución de las noticias es como las olas: unas se sobreponen a las otras. Venga este recuerdo para entender el fenómeno que, de la noche a la mañana, casi desapareció del primer plano la peste y su fantasioso ‘Paso a Paso’ para darle espacios desplegados a todo lo relacionado con el retiro de fondos de las AFP´s: sus efectos económicos, el aprovechamiento que harán quienes tienen más ahorro y, fundamentalmente, los fuertes roces en partidos oficialistas.

Las sufrientes víctimas de los confinamientos denigrantes, hasta se alegraron de volver a ver rebrotes de la política pasional y barata de antaño en lugar de los rotativos de la pandemia.

Votar al revés de cómo lo inducen las directivas partidista no es novedad en la politiquería tan barata como chilena, y ello desde que las colectividades sacaron de sus normas internas, la disciplina militar, so pena de expulsión automática, en caso de contrariar la voluntad superior.

Tan doblegante conducta se ha atenuado y matizado, ello en virtud del ‘derecho a la diversidad’, consecuencia, a su vez, de la heterogénea composición de los partidos, a diferencia de antaño. El pasado, incluso el más reciente, está lleno de ejemplos de renuncias a los partidos por desencuentros conceptuales con las directivas o disentimiento de algún artículo para votar en el Parlamento.

Gracias a la poca homogeneidad de los partidos, este Congreso, en particular, se caracteriza por el discenso al interior de las bancadas. Se ha puesto de moda la expresión “entrar en reflexión”, aludiendo a un legislador que mantiene suspenso sobre una votación.

Esta libertad de conciencia dentro de un conglomerado –antes, imposible de pensar- es la que, de tarde en tarde, induce a ‘sensibilidades’ impugnar a otras sin condicionar la permanencia en el colectivo. Al amplificarse esas desavenencias, los partidos pasan a ser foco de interés público.

A ningún partido cae bien que le endilguen divisiones internas, a causa de “visiones”, “miradas” e “interpretaciones” distintas, siendo que la mayoría de sus militantes están en simetría con la postura de la directiva. De aquí que, al momento de votaciones cruciales en el Parlamento, se azuza a los presidentes para que “alineen” a sus congresistas, dada, precisamente, esas distintas percepciones acerca de una materia.

Hasta hace poco, con la rabia del PC, no era extraño que el Gobierno recibiera votos del sector centrista de la DC para aprobar sus proyectos, ello en contraposición a los llamados disidentes, o sea, socialistoides, como, entre los diputados, el renunciado Víctor Torres y Gabriel Ascencio, y entre los senadores, Yasna Provoste y Francisco Huenchumilla, por mencionar sólo a cuatro muy lejanos a la matriz falangista.

Los escasos escaños de diputados radicales se atomizaron por causa del incontrolable progresismo de su bacheletista presidente Carlos Maldonado: quienes no se sentían interpretados por él, se marcharon, Fernando Meza y Carlos Jarpa.

En RN, quien parece estar más lejos de los postulados fundacionales del partido, es su propio presidente Mario Desbordes, acusado abiertamente de “hacer suyo el discurso de la izquierda” y las fracciones se aprestan a dirimir sus diferencias en las elecciones internas de noviembre. Hace poco, la diputada Paulina Núñez, esposa del ministro del Comité Político, Cristián Monckeberg, fue la única que votó en contra del Gobierno, y nadie, siquiera, la llamó al orden. “Es la diversidad” se asumió como excusa.

Sin embargo, de esta manga ancha, parecía excluida la UDI, con fama de ser el partido más vertical de todos. Llegó a ser la colectividad con más militantes y votos en el país, por su impronta de trabajo silencioso y de hormigas en terreno. Todo, hasta el surgimiento de grupillos con ansias de cuotas de poder. Ello originó un clima desconocido hasta el momento, generándose, primero, la huida de adherentes hacia EVOPOLI, tentados por Felipe Kast, y, luego, por la pelea corta de estos sectores por su mejor derecho a postular al Congreso Nacional.

Su cupo para el Parlamento es la causa de la ‘rebeldía’ del senador Iván Moreira, un pinochetista incondicional que fue alcalde designado en La Cisterna. Militante disciplinado como ninguno, se quedaba todos los veranos en la sede de calle Suecia, a cargo de la vocería del partido, mientras el resto disfrutaba de vacaciones. Apuntado con el dedo por su aparición en el escándalo del financiamiento irregular de campañas políticas, se le negó la repostulación a una circunscripción por Santiago y fue enviado –“si le gusta bien, y si no, no- a una casi imposible en Llanquihue para que, ojalá, se perdiera. Fue electo.

La posición disidente del senador -que ha tenido apariciones en los medios cual rockstar-, es su vuelta de mano a quien considera culpable de su mal intencionado destierro: Jacqueline Van Ryssbelberghe. Ésta no vaciló en mandar al Tribunal Supremo a su hermano diputado Cristián Moreira, porque, también, votó en contra de las AFP´s…

Para mayor disfrute suyo, se acopló intencionalmente con Joaquín Lavín, hoy renegado del pinochetismo al que adoró, quien implícitamente sigue siendo el precandidato presidencial oficial de la UDI, pese a su voltereta política, al alinearse con todos los postulados de la oposición, partiendo por despreciar la actual Constitución. Sin duda, es una gran piedra en el zapato no sólo para Van Ryssbelberghe, sino para todo el partido, porque hasta la fecha, nadie de la colectividad, ¡nadie!, le ha pedido lealtad a Lavín, le ha llamado la atención, le ha solicitado silencio o le ha hecho una mínima advertencia de que está usando su chaqueta al revés. Excepto, un tibio mensaje de ella a través de la prensa.

En la doctrina de la UDI rige la observancia a valores sagrados del ser humano y de la humanidad, tangenciales a los de la Iglesia Católica. Sin embargo, al interior del partido hay quienes son partidarios del aborto en tres causales, del divorcio y del vínculo homosexual, y llegado el instante de algún pronunciamiento sobre la materia, ejercen su libre racionamiento al respecto, y nadie los lanza a la hoguera, como ha ocurrido en las actuales circunstancias. El flamante Secretario General, Felipe Salaberry, hace poco desafectado de la Subsecretaría del Desarrollo por amenazar a un guardia de seguridad de Ñuñoa que lo infraccionó, dijo que “no merecen estar en la UDI quienes votan junto al Frente Amplio y al Partido Comunista”. Si ésa fuese la paupérrima razón aplicada a los diputados enjuiciados y renunciados, la actual directiva tendría que darse, desde ya, por derrotada en las elecciones internas de diciembre.

Algo tiene, y debe, quedarle en claro a la población chilena en cuanto a este sismo de mediana intensidad que ha remecido al oficialismo a raíz de las votaciones en el Legislativo por el retiro del 10% de los fondos de las AFP’s. Aquí no está en juego la politiquería de siempre ni un proyecto que ayudará, el próximo año, a obtener más votos. Lo que se defiende o se ataca en esta instancia es una abismal cantidad de dinero en juego, perteneciente a los trabajadores y jubilados, pero que rentan de él las más importantes empresas, y personas, del país.

Ni siquiera están en juego las actuales características de las AFP’s, porque más temprano que tarde van a ser sustituidas por otras instancias, hasta con los mismos controladores de hoy, pero con un sistema más equitativo y menos agraviante y abusivo para los ahorrantes, siempre escasos de recursos.

No es de extrañar, entonces, tanta histeria y tanta discordia entre quienes parecían ser hermanos, pero ahora están enfrentados, porque, ciertamente, el proyecto afecta los intereses de los más poderosos, de algunas autoridades e incluso hasta de dirigentes de partidos, avezados y conocidos jugadores de las Bolsas.

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