DEL “LLEGAMOS TARDE” AL “VÁMONOS TODOS”


VOXPRESS.CL.- Para quienes la presenciaron, la escena resultó algo conmovedora: al interior de La Moneda, parados frente a un micrófono, los ministros de la SEGGOB y de la SEGPRESS, Karla Rubilar (In. ex RN) y Cristián Monckeberg (RN), reconocían que “llegamos tarde con la ayuda de emergencia a la clase media” y que por ello “estamos dispuestos a dar un paso al costado”. Cualquier despistado hubiera interpretado esas palabras como una sensación de despedida, tras el comentado y bullado fracaso del Gobierno de reconocer que, efectivamente, había dinero fresco para auxiliar a un amplio sector de la población en riesgo de perder los bienes que, precisamente, el modelo neoliberal les permitió subir de estatus, saliendo de la línea de la pobreza.

En un comienzo, desde La Moneda, se les ofreció créditos blandos y congelar el CAE. Tan pobre oferta fue la que abrió de par en par las puertas a la opción de retiro de fondos desde las AFP’s, ello con el alboroto y cahuineo propios de la politiquería chilena. De haberse concretado esa ayuda en el acto -y no sólo prometida “en el tiempo”-, de seguro no se hubiera producido el quiebre interno en los partidos oficialistas, ya que con un respaldo de verdad a esa gente que, en su gran mayoría, le dio el triunfo al Presidente, no se hubiese llegado al estado de crispación entre La Moneda y algunos diputados y senadores de RN y la UDI.

El “llegamos tarde” de Rubilar y Monckeberg tiene varias lecturas, siendo la primera de todas, el ancestral impulso del Presidente de cuidar el dinero, tanto el suyo como el de la caja fiscal, como si fuese un hueso santo. Desde que la peste empezó su curva de ascenso imparable, a él jamás se le escuchó alguna expresión relacionada con “un gasto estatal hasta que duela”: todo egreso debía ser, y es, en la medida de lo posible.

Al unísono con su ministro de Hacienda, Ignacio Briones, estuvieron, siempre, dispuestos a gastar lo mínimo, en el convencimiento de que, como lo revelara varias veces el Secretario de Estado, “el virus pasará rápido y la recuperación económica será más veloz aún, y hay que mantener una plataforma para ese momento”.

Se calcula que los primeros atisbos de una economía como la de antes de la pandemia, que no era buena “ni robusta”, aparecerán el 2023. Es tan gigantesco el desastre, que hasta esa fecha viviremos en el ansiado ‘nuevo Chile’, con crecimientos negativos y casi con estatus de país subdesarrollado. Chile fue sede de una Cumbre Mundial de Naciones Tercermundistas (UNCTAD) en 1972. Sólo después de 1973 comenzó a adquirir impronta de “emergente” o, al menos, de un segundo mundo.

Un proverbio tan antiguo como popular criollo dice que “los cuidados del sacristán, mataron al cura”, y ello es aplicable al ex extremo celo por la caja fiscal que, antes del ‘octubrazo’ tuvieron Piñera y su ex ministro Felipe Larraín, quien repetía, casi como plegaria, que “el corazón del proyecto (lo financiero) no se toca”. Con la llegada de la peste, y ahora con Briones en Hacienda, meter la mano en la billetera pública fue un supremo sacrificio para ambos. Al punto que erraron medio a medio en algunas ayudas prácticas: en lugar de entregar dinero fresco y rápido a millares de cesantes hambrientos, optaron por demorosas cajas con alimentos que costaron el doble al fisco porque tuvieron que ser adquiridas a proveedores mayoristas que no hicieron precisamente una rebaja en la venta.

El otro mensaje inaudible que envió esta dupla de ministros fue la notificación de rendición de La Moneda ante el acuerdo parlamentario de que la población pueda retirar fondos desde sus cuentas de las AFP’s. La izquierda, siempre maldadosa, se encargó de instalar en la opinión pública que “la perversidad del Gobierno” lo llevaría a recurrir a su derecho constitucional del veto y que pensaba enviar lo resuelto por el Congreso al Tribunal Constitucional.

Esta pugna oficialismo-oposición, se ha dicho hasta el cansancio, no fue un ‘gallito’ simplemente político, sino de corte institucional para pegarle bajo la línea de flotación al sistema neoliberal y afectar los intereses de un modelo de inversiones en el cual hay gente, y muy poderosa, involucrada. Desde los 80 que nadie se había animado a tocar a las AFP’s, aunque casi todos, conscientes de su tacaña distribución de pensiones y su glotonería por las utilidades millonarias, las condenaban. Tanto es así, que el lobbista de toda la vida de las administradoras, y ahora mismo, es Enrique Correa, ex DC, ex MAPU y ahora socialista. Ideológicamente tendría que ser él, el primer oponente a sus fieles y buenos pagadores clientes.

Por último, y con su presencia conjunta y con su oferta de paso al costado Rubilar y Monckeberg revelaron que no serían ellos, sino otros, los ministros sacrificados para pagar las culpas por el fracaso de La Moneda. Esta percepción la reforzó la hábil intentona de Hernán Larraín Matte, quien al renunciar a la presidencia de EVOPOLI sugirió que también lo hicieran Desbordes a RN y Van Rysselberghe a la UDI, en un ardid que pretendió transferir la derrota del Gobierno a sus partidos, por igual, y exculpar y salvar a sus militantes ministros Gonzalo Blumel e Ignacio Briones.

Estos dos, por algo no estuvieron junto a Rubilar y Monckeberg, perteneciendo también al Comité Político. La primera, como vocera de Palacio, no estuvo involucrada en las conversaciones de convencimiento a los parlamentarios oficialistas, y el segundo casi no participó en ellas por venir saliendo de su cuarentena por haberse contagiado con el virus. Dieron la cara y se echaron la culpa para que el real responsable pudiera pasar como inocente. Muy propio de él.

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