LA INJUSTICIA DEL MISMO SACO


VOXPRESS.CL.-Cuando se votó la ley de límite a la permanencia en los cargos de diputados y senadores, se cometió un grosero error, ratificado como tal por las actuales vivencias de la crisis total en la salud, en la economía y en el empleo: el Legislativo, por su cuenta, incluyó, también, en las restricciones a los alcaldes. Se les situó en la misma posición de los parlamentarios, cosa que no es así, y de ello da fe todo Chile, al verlos lucirse en ayuda de sus vecinos, con un despliegue físico inagotable y un desgaste humano y emocional conmovedor. Más recientemente, muchos de ellos se han jugado por sus comunidades, a raíz de los últimos y violentos temporales.

Los alcaldes –excepto sus domicilios políticos- nada tienen que ver con el estilo operativo de los diputados y senadores, pero por obra de esta ley, todos entraron a un mismo saco. Se trata de misiones y objetivos distintos, porque los jefes comunales, de partida, no reciben las remuneraciones deslumbrantes de los parlamentarios y pasan casi todo el tiempo ‘en terreno’. Su trabajo es el vivir el día a día codo a codo con sus vecinos.

Para establecer la diferencia con los parlamentarios, basta con recordar lo expresado públicamente por un ex diputado PPD: pese a su dieta millonaria, se quejaba de “las 9 horas que pasamos encerrados en el Congreso”.

En un país en que la legislación se hace a medias y casi siempre con pillerías, a los alcaldes que se han repetido consecutivamente en sus cargos también se les puso límite, y deben irse. Noventa y siete de ellos no podrá repostular.

Lo que la población añoraba por años era que se marchasen del Congreso diputados y senadores que han vivido gran parte de sus vidas de los impuestos de todos los chilenos, sin hacer algo por ellos. O sea, holgazanes a cuerpo de rey. Nunca ha estado, ni está, en el ánimo de la ciudadanía que alcaldes que fueron reelectos por trabajadores y cooperadores de la comunidad, deban partir.

Se trata de una doble injusticia, ya que esta norma, que se promulgó pomposamente el viernes (3/07), no consideró que hay primarias municipales en octubre, esto es, están encima de una fecha crucial para sus postulaciones, y es lo más probable, casi justo, que los vecinos hubiesen deseado que sus próximos ediles todos o muchos de los que se han jugado por ellos en esta crisis.

Esto pudo ser así, de haber enviado el Presidente un veto, eximiéndolos a ellos de esta ley que debió ser exclusiva para parlamentarios apernados. Pero EVOPOLI se negó y RN no garantizó los votos para ello, de tal modo que el Mandatario se abstuvo de esa facultad por temor a una más de las tantas derrotas en el Congreso.

Los partidos saben que tienen alcaldes populares y que les garantizan votos, gracias a su cercanía e influencia en la respectiva comunidad. Son capitales de adhesión que vale mantener para los comicios parlamentarios y presidenciales del próximo año, antes que verse obligados a presentar de candidato a un novato de futuro electoral incierto. La gran diferencia entre ediles y legisladores es que la votación de los primeros es transversal, basada en las características y méritos de la persona, en cambio los parlamentarios reciben sufragios ideológicos, por afinidad política.

Sólo a modo de ejemplo, mencionaremos a tres emblemáticos que por superar el límite no podrán postular: el PS perderá a su legendario Johnny Carrasco en Pudahuel, la UDI a Rodrigo Delgado en Estación Central y RN a Germán Codina en Puente Alto. Por sus trayectorias, por la gran sintonía alcanzada con sus vecinos y por ser apasionados defensores de los pobladores de sus comunas, es de toda lógica que serían reelectos con gran facilidad en las elecciones comunales de abril próximo.

Al momento de debatir la ley que limita los períodos consecutivos en los cargos, los partidos tuvieron en consideración ‘el tiraje a la chimenea’ interno más que la saturación ganada por los votos de sus militantes. Eso se va a traducir en la aparición de candidatos de refresco, probablemente jóvenes poco conocidos, cuya misión será afianzar el trabajo de base en las comunidades con mayores problemas sociales para prepararlas para las ‘palabras mayores’ de los comicios de fines del próximo año.

En este sentido, la izquierda aprovechará el trabajo de hormigas que hizo con posterioridad al Golpe extremista del 18/O. En particular el Frente Amplio y las JJ.CC., sacarán dividendos de su adoctrinamiento en los cabildos y conversatorios vecinales –todos destinados al cambio de modelo de institucionalidad- para rescatar de allí a pequeños caudillos que resulten de utilidad ideológica entre el vecindario.

Entre estos dos tipos de jefes comunales tendrá que pronunciarse la ciudadanía en abril del próximo año: los auténticos, fieles y leales servidores públicos o los que fomenten algún tipo de alzamiento político para conducir a Chile al totalitarismo socialista.

Hoy más que nunca serán determinantes, aunque no en todas las comunas, las poblaciones flotantes jóvenes, esto es, los votantes universitarios. Éstas se concentran en las comunas periféricas del Gran Santiago, en Valparaíso, Concepción, Temuco y Valdivia. Hay que recordar que con motivo del plebiscito original programado para abril pasado, más de 300 mil personas –todos, adultos jóvenes- cambiaron su domicilio electoral en el Registro Civil, una cifra desproporcionada conforme a los niveles de abstención promedio de los últimos tiempos.

Es en esta diferencia de conductas y percepciones donde se percibe la notable diferencia entre candidatos al Parlamento y quienes lo hacen a las alcaldías, a excepción, claro está, de la camada ideológica y extremista que se está adiestrando con otros propósitos. Los alcaldes ‘todo terreno’ tuvieron su hora de gloria cuando, prácticamente, se ‘tomaron’ los canales de TV con motivo del estallido del virus y sus posteriores consecuencia, pero –hay que reconocerlo-, si bien pensaron en sus reelecciones, trabajaron sin pausas ni descanso por proteger y defender a sus vecinos.

A excepción de Joaquín Lavín –que no tiene condicionamiento por permanencia en el cargo-, la impronta de los otros alcaldes es su plena y total identificación con el perfil de sus vecinos: actúan siempre acorde con sus respectivas realidades socioeconómicas, y en ese foco centran su accionar colaborativo. No es, precisamente, el rol del alcalde de Las Condes, quien jamás ha tenido en consideración el ADN mayoritario de su comuna. Para peor, es un as de las contradicciones: partió pidiendo dura cuarentena y castigos –no cumplidos- para las elusiones a las restricciones, enseguida sugirió parcializarlas y fue el primero, y único, en abrir un centro comercial, en señal de una normalidad inexistente.

Los hechos, sólo ellos, han dejado en evidencia que fue un error haber introducido en un mismo saco a parlamentarios y alcaldes. Si varios de éstos se han eternizado en sus cargos es por decisión directa de los vecinos, en signo de gratitud por su diligencia, caso muy distinto a los legisladores, que llegan a sus candidaturas por intereses exclusivos de sus partidos, por padrinaje político, por pactos u omisiones y por un sistema proporcional de elección que terminó siendo peor que el antiguo binominal. Prueba de ello es que abundan los diputados que resultaron elegidos por el arrastre de otro y que recibieron, con suerte, mil votos.

Los alcaldes pertenecen a la gente y los parlamentarios, a los partidos.

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