MAÑALICH Y LA TRAICIÓN DEL AMIGO


VOXPRESS.CL.- La noche del domingo 21, el Presidente de la República apareció en una de sus tantas cadenas nacionales, esta vez para anunciar el ‘acuerdo’ logrado con tres partidos de la oposición –DC, PPD y PS- para que el Congreso Nacional le apruebe un paquete de 13 proyectos de leyes que condensan su Plan de Emergencia socioeconómico por un plazo –se supone- de dos años.

En la ocasión, agradeció sentidamente a todos cuantos han colaborado en el combate al virus y recalcó a los “primera línea… de la salud”, además de expresar su gratitud “a quienes, con muy buena voluntad, hicieron posible este acuerdo”.

En su lista de emocionados reconocimientos no estuvo su ex ministro de Salud, Jaime Mañalich. Amigo suyo por años, en su condición de médico de cabecera familiar, y, posteriormente, su hombre de confianza como gerente general de CLC. Dos días antes, le había pedido que dejara el cargo, tras 160 días consecutivos de liderar el o los equipos para controlar la pandemia.

En enero, cuando Mañalich alertó que la epidemia iba a legar “en abril” a Chile, reveló su gran preocupación por el estado de la salud pública y la capacidad hospitalaria, ello con una anticipación que pocos tomaron en serio. De inmediato adoptó una serie de medidas que han contribuido a que el actual desastre no sea aún peor.

Lo primero que hizo el (ex) ministro fue solicitar a su esposa Cristina Raffo que se trasladase de domicilio para evitarle todo riesgo de contagio, ya que ella carece del bazo y de un riñón. Solo en su departamento de Las Condes encaró largas jornadas de un tenso y desgastador trabajo, hasta que la mañana del viernes 12, el Presidente lo citara a su despacho de Palacio para pedirle su renuncia. Una de las “poderosas razones” que habrían gatillado su salida fue el alto número contagiados y el error en el conteo de los fallecidos, situación aprovechada, y explotada, por un medio de investigación de la extrema izquierda que fue difundida con gran premura por matinales y noticieros de TV.

Los medios de comunicación fueron los grandes aliados de la izquierda en su tenaz campaña para que se desafectara a Mañalich. Hasta ese día, el Presidente había respaldado a su ministro y amigo, una de las pocas personas de su (ex) entorno a las cuales respeta, escucha e incluso admira. El odio político en su contra produjo un inédito acto de vileza por parte de un puñado de académicos de universidades estatales que exigieron la renuncia del ministro de Ciencias, Andrés Couve, por respaldar, según ellos, “los procedimientos científicamente aberrantes y éticamente inaceptables” de Mañalich.

Hay que descartar de plano una carta sin firmas y falsa que circuló al día siguiente –sábado 13-, en que una mayoría de partidos frenteamplistas, más la DC, el PR, el PPD y el PS, le pedían al Presidente (“con todo

respeto”) que destituyese a su entonces ministro. Se trata de un muy mal montaje para adjudicarse un “triunfo” político y dejar en evidencia la debilidad presidencial ante la izquierda.

Nunca Mañalich fue el encargado de contar a los contagiados ni a los fallecidos: él recibía de otros –los centros asistenciales- la información en forma diaria. Podía, y pudo, ser engañado como parte de la maniobra política en su contra. Curioso, por decir lo menos, es que un medio opositor haya tenido los datos correctos, y exactamente los mismos que lleva la OMS, como todos los brazos de la ONU, controlado por el socialismo internacional…

Un detalle no menor es que su sucesor, Enrique Paris, pudo hacer lo que a él no lo dejaron: visitar los hospitales públicos. Las pocas veces en que pudo hacerlo, desde muy cerca suyo se informaba a los dirigentes gremiales del respectivo recinto (PC) para que lo recibieran con gritos y, a veces, con piedrazos.

Se le atribuyeron culpas de responsabilidades que nunca fueron suyas, como la renuencia a declarar cuarentena en Valparaíso. Dicha medida, con una carga política y económica muy sensible, requería de una visa ‘desde arriba’, ante la inflexible postura del alcalde porteño, el frentista Jorge Sharp, en cuanto a que si se declaraba confinamiento en su ciudad, dicha acción debía ir acompañada de un soporte en dinero, diario, para la mayoría de sus vecinos. Tanto es así que, como nunca antes había ocurrido con este tipo de restricción, fue el propio Mandatario quien telefoneó al jefe comunal para “intercambiar opiniones” sobre la medida. Horas después, éste, públicamente, reveló que “estoy a la espera de la ayuda adicional” del Gobierno. Se desconoce si tal apoyo extra lo han obtenido otros municipios también con una población sin ingresos.

Todo el país sabe que una de las más importantes causas de la rápida propagación del contagio es la renuencia de millares de ciudadanos a respetar las cuarentenas, y Mañalich, para no herir a nadie, se limitó a llamar la atención sobre “el exceso de gente en las calles”. Responsables directos de este descomunal incumplimiento de la norma y, por tanto, culpables del aumento de contagios, son el ministro del Interior, Gonzalo Blumel, la Subsecretaria de Prevención del Delito, Khaterine Martorell y el ministro de Justicia, Hernán Larraín. El área de la Salud nada tiene que ver con la desobediencia civil en un estado de excepción constitucional ni tampoco con las precarias medidas de fiscalizaciones a los infractores.

Luego de que Blumel confesara que “donde manda capitán, no manda marinero” es más que justificable su larga y reconocida inacción en su cartera, en tanto Martorell se sintió más a gusto en las vocerías que en prevenir el delito de miles de estúpidos sin mascarillas y sin permisos, contagiando en las calles. Del titular de Justicia casi no se sabe de su existencia, en momentos en que más se requiere de incidencia en la judicatura para fomentar que fiscales y jueces cumplan con rigor su deber y no dejen en libertad a los violadores del Estado de Catástrofe y del toque de queda. Mañalich nada tuvo que ver con el discrecional sistema de permisos electrónicos para abandonar las cuarentenas.

Si hay una imputación que se le tiene que hacer a Mañalich es no empezar enviando a los contagiados a residencias sanitarias. Si desde un comienzo de la epidemia se hubiese instalado el estilo de los antiguos e históricos leprosarios, otro gallo hubiese cantado en la transmisión del virus. Fue, y es, un error confiar en la sanación en el propio domicilio: en el caso de las comunas con hacinamientos, resultó peor el remedio que la enfermedad. Pero nadie puede ignorar que la salud pública es otra antes y después de Mañalich: jamás los hospitales se hubieran imaginado disponer del número de ventiladores mecánicos y de camas críticas con que cuentan en la actualidad. Cierto, ello fue obligado por la infección, pero quien primero reaccionó, y actuó, para atender a dichos requerimientos fue Mañalich, y nadie más que él.

No existe médico en el mundo que disfrute escuchando y siendo obligado a aceptar opiniones y, poco menos, órdenes de personas e instancias totalmente ajenas a la medicina, como ocurre en la Mesa Social convocada por el Presidente. Debe ser ésta, la primera vez que en Chile se refieren con tanta propiedad y prepotencia a una crisis de la salud personajillos y entes que nada tienen que ver con ella, sino más bien con una ideología que con desesperación tratan de reimponerla en el país. El (ex) ministro fue obligado a sentarse junto a políticos opositores, ello fruto del tramposo Acuerdo de Paz (noviembre, 2019) en que La Moneda aceptó cogobernar con la izquierda.

De haber sido una renuncia la suya y no un despido, lo correcto, tratándose de dos personas con un vínculo muy superior al de jefe y dependiente, era que esa mañana del viernes 12, Mañalich bajase desde la oficina presidencial a un punto de prensa para comunicar él mismo, en persona, su renuncia. Con su enérgica personalidad, lo habría hecho de haber dimitido, pero ello no ocurrió.

Al día siguiente, en el relevo del cargo, tuvo la grandeza de decir que “me pareció que había llegado la hora de un nuevo liderazgo” en la lucha contra el virus, sin siquiera mencionar que su real responsabilidad, la de los hospitales, la había cumplido con creces y que no era suya la culpa de que los contagios se disparasen a niveles inimaginables por los hacinamientos y por la desobediencia civil, áreas que les corresponden a otros y que, como buenos chilenos, hoy miran hacia el lado.

Éstos son los verdaderos responsables de que el Presidente, en sólo dos semanas, haya bajado de 29 a 24 puntos su evaluación por parte de la ciudadanía. Pero, muy típico de nuestra sociedad, quien ‘pagó el pato’ fue Jaime Mañalich, un médico de gran prestigio, de carácter fuerte, contestatario y, al revés del resto del gabinete ministerial, con el coraje de decirle a la izquierda las cosas por su nombre.

En el estilo de la actual administración, traidora de la derecha, en realidad estaba de más, no calzaba.

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