EL CHILE QUE SE OCULTA BAJO LAS CAMAS CRÍTICAS

May 31, 2020

 

VOXPRESS.CL.- En tiempos como éste, en que los estudios de opinión, análisis de decisiones del adversario político, pronósticos y encuestas de todo tipo andan a la orden del día, una organización afín a los massmedia, da cuenta de un considerable aumento en el “consumo de horas de televisión”, habiéndose casi triplicado el número de telespectadores habituales.

Se trata de una obvia conclusión, dado el tedioso confinamiento de la población, pero la indagación recogió un déficit   de credibilidad en los conductores de los matinales y el nulo incremento de las audiencias de noticieros.

 

El deterioro de los matinales se explica casi por el mismo motivo de la indiferencia hacia los espacios de noticias: su arbitraria obsesión por un mismo tema. Después del Golpe extremista del 18/O, los canales, durante mes y medio, se concentraron en transmitir en vivo las violentas marchas, los saqueos y los enfrentamientos de los vándalos con la policía. Ni siquiera dedicaron un par de minutos a los propietarios y dependientes de comercios destruidos, con las respectivas consecuencias de cesantía.

 

Durante la rebelión y sus coletazos, los matinales recargaron sus paneles de políticos, politiqueros y politiquillos, los mismos a quienes los telespectadores califican con nota 2 en las encuestas de adhesión popular.  El mismo fenómeno se repite, ahora, con motivo de la crisis sanitaria: los matinales son un desfile de políticos –preferentemente alcaldes- y de médicos, tratando hasta más allá de la saciedad un tema único, la epidemia.

 

A raíz del trastornador  confinamiento poblacional, unánimemente los especialistas en enfermedades mentales no cesan en recomendar a los enclaustrados que vean sólo un noticiero al día, en virtud del acento alarmista y casi terrorífico que los caracteriza. En un 90% de izquierda, los conductores -con salarios que oscilan entre $6 y $12 millones mensuales-, instrumentalizan ideológicamente su misión de informar objetivamente con un sesgo muy crítico al Gobierno. 

 

El gran foco, y el más trágico, de la infección está en el Gran Santiago y básicamente instalado en sectores periféricos del suroriente. Existen otros menos graves en Valparaíso y en dos capitales regionales del norte grande. El 60% de la población chilena no vive inserta ni tangencial a  la epidemia, pero igual se le obliga a consumir obsesivamente las informaciones respecto a ella.

 

Esta irrespetuosidad por la, quizás, audiencia más fiel a la TV, la provinciana y la rural, se debe a que el centro del aprovechamiento político está en la capital y, luego,  a la carencia de creatividad y visión de los encargados de las comunicaciones.

 

Mal intencionadamente esconden bajo la alfombra la increíble expansión y protagonismo del narcotráfico, al punto de que nadie ha impugnado que la Subsecretaria contra el Delito se dedique a la vocería de la pandemia y no esté de lleno abocada a combatir a las asesinas pandillas  de traficantes.

Hace dos domingos, hubo más fuegos artificiales en las poblaciones periféricas de Santiago que en todo el Año Nuevo. Los medios comunicaron que fue la celebración de los 93 años de la fundación de la “U”, cuya barra es rica en consignas e insultos políticos en los estadios. Estos grupos, que llevan 25 muertes en un mes por ajustes de cuentas, pertenecen a las mismas pandillas del ‘octubrazo’ y, por tanto, es conocida su sensibilidad política. Son las bandas que levantan barricadas, se contagian fácil por sus pulmones debilitados por la marihuana  y, a su vez, contaminan a sus familiares en cuarentena. Pero ello no se investiga ni, menos, se difunde.

 

Esta escandalosa subjetividad mediática fue burdamente torcida por el ex jefe de Comunicaciones en el primer Gobierno de Bachelet, Juan Carvajal, al afirmar, torcidamente, que “nunca un Gobierno ha tenido más horas de exposición a su favor que éste”, omitiendo que todo lo que se dice en estas voluntarias cadenas nacionales convid, apunta al blanco favorito de la izquierda: el ministro de Salud.

 

Con fines claramente ideológicos, estos comunicadores  denuncian el alza de valores en cierto tipo de alimentos, y presionan a la autoridad económica para que ‘socialice’ los precios, esto es, los fije. No obstante, eluden averiguar el gran motivo de este fenómeno, la sequía, y ésta, a su vez, tiene arruinados a millares de pequeños productores agrícolas y angustiados a otros muchos en el norte del país. Con record histórico de falta de lluvias, con tranques y ríos secos, ésta es una tragedia menos pasajera que un contagio y respecto a la cual se lleva años discutiendo, hasta ahora sin resultados. 

 

Construir más embalses no parece ser la solución, porque permanecerán más vacíos que llenos y todo parece apuntar a que de las abundantes alternativas analizadas para paliar la sequía del centronorte, es el transporte de agua vía marítima desde el extremo sur, la opción menos onerosa de todas cuantas se han analizado. Si el virus tiene a decenas de miles contagiados, la sequía en el país tiene a millones perjudicados, desde la zona central hasta el extremo norte, considerando que todavía, a estas alturas del siglo XXI, hay sectores poblacionales sin acceso al agua potable.

 

Por distancia y ubicación,  es el norte grande con su exultante producción minera, la más perjudicada por el déficit de agua no sólo para consumo humano, sino para las indispensables labores de extracción del cobre. Existe, hoy mismo, un déficit de un millón de m3/día para las  regiones de Arica, Tarapacá, Antofagasta y Atacama, manteniendo a las cuatro en situaciones de crisis. Dicha carencia ha tenido un aumento galopante en 8 años, que llega a 2.400.000 m3/día, considerando, incluso, la puesta en marcha de todas las plantas desalinizadoras proyectadas.

 

Sobre la mesa de las autoridades para ‘importar’ agua desde la Patagonia  al norte, están las tres alternativas de traslado y sus respectivos costos. La vía hídrica submarina cuesta  US$ 15.000.000.000 con 15 años de espera para entrar en operaciones;  la carretera hídrica,  US$ 15.000.000.000 con una demora de 10 años y el transporte marítimo,  US$ 150.000.000, en un tiempo de  12 meses.

 

Mucho se ha hablado – obviamente- de la histórica precariedad del sistema de salud pública para soportar el feroz impacto del virus, un ejemplo que no puede ser copiado por la extrema sequía a que está sometido el país, y sobre la cual  el cambio climático la viene avisando hace tiempo.  Es mínima la población mundial que le ha tomado el peso a una catastrófica advertencia hecha años por respetados científicos: de haber otra conflagración bélica planetaria, ésta será por el agua. Mientras tanto, acá en Chile hay que hacerse a la idea de posibles racionamientos, porque el vaticinio unánime de los meteorólogos es que este 2020, para variar, será otro año seco. 

 

 

 

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