Y ANTES DEL PLEBISCITO ¿QUÉ?


VOXPRESS.CL.- Un informe de discutible procedencia acaba de consignar que en medio de un crecimiento de la confrontación política en el mundo producto de la pandemia, Chile es una excepción. Es de la más elemental lógica deducir que cada vez que se producen alteraciones en la vida de los ciudadanos y con consecuencias devastadoras, la convivencia se agita fuertemente y asoma todo tipos de rabias contenidas.

Es común que en los trastornos, y de cualquiera naturaleza, personal o colectivos, irrumpa una diversidad de juicios, en la certeza de que cada uno de ellos es el aconsejable y adecuado, incluso por disparatado que sea.

La mejor fotografía de este vómito de opiniones, cual más loca que la otra, la están exhibiendo durante dos meses consecutivos, y diariamente, los medios de comunicaciones, que le otorgan espacio a todo tipo de entrevistados que dicen tener la receta perfecta respecto del mal diagnóstico del otro. No han estado, ni están, al margen de este juego descalificador los políticos que, desde cada una de sus trincheras, sacan beneficios de cuanta medida sanitaria y económica asuman o anuncien las autoridades oficiales.

En ningún momento se ha advertido una pizca de avenimiento, forzado por la pandemia, entre Gobierno y oposición, y la mejor prueba de ello es que cada proyecto de La Moneda para paliar los graves daños sociales causados por el virus, son respondidos con un consabido “insuficiente” por parte de la oposición. Más preocupante aún resulta que con esta especie de normalidad en la anormalidad, han surgido los primeros signos del rebrote extremista, con su respectivo vandalismo. La “celebración” del aniversario de Carabineros, con desórdenes, ataques y destrucción, da fe de ello.

Con este ánimo caliente, resulta una falacia definir a Chile como “una excepción” en medio de la crispación política en aumento en el mundo. Desde el 18/O, el país vive en peligro y bajo amenaza, y tal escenario no ha cambiado; por el contrario, en el estado de debilidad humana, social y financiera en que se encuentra, otra arremetida violentista como la del ‘octubrazo’ puede ser muchísima más devastadora.

Es cuestión de poner un poco de atención –sólo un poco- para captar que el peligro está a la vuelta de la esquina: primero, fueron las conductas de rebeldía de la ANEF y la CUT de negar que sus afiliados retomen la “nueva normalidad” en casos de ayuda a la tercera edad –área de pagos previsionales- “porque es exponerlos a la muerte”, y, después, la izquierda se encargó de difundir “su temor” ante la posible “reacción de quienes no reciban pagos de sobrevivencia” a causa de la crisis sanitaria. Ello es una categórica advertencia acerca de una más que eventual acción de un sector de la clase trabajadora que puede sentirse no compensada por su falta de trabajo. Todo ello es una brasa más al fuego encendido a causa del plebiscito constitucional reprogramado para el 25 de octubre.

Quien originó el primer chispazo fue la activista del Frente Amplio y presidenta del COLMED, Izkia Siches, la que comentó que “hay que ir pensando en el aplazamiento de la consulta”, sumándose, luego, el ministro del Interior, Gonzalo Blumel, quien atizó el fuego, al comentar que “será muy difícil encajar el plebiscito en una nueva fecha por la estrechez del calendario electoral”. El leño que aceleró las llamas lo lanzó el Presidente, al hacer suya una idea de José Antonio Kast, en cuanto a que “la grave recesión económica hace muy difícil destinar los fondos que el proceso requiere” ($27. 000.000.000).

La reacción opositora fue automática: el PS y el PPD exigieron que el “acuerdo parlamentario” de realizar el plebiscito se respete más allá “de cualquiera emergencia, en tanto el inefable presidente de RN, Mario Desbordes, concurrió a La Moneda para aclarar que la consulta no puede aplazarse por causas económicas, sino “solo por motivos sanitarios”. Con su desacertada y poco solidaria intervención, dejó en muy mal pie a su sector, dándole vuelta la espalda a los millones de damnificados laborales a causa de la recesión originada por la pandemia.

Con un semestre de anticipación ha vuelto a ponerse arriba de la mesa un tema sensible que, claramente, es vital para la democracia y para el futuro del país. El argumento presidencial, que es muy real en cuanto a gastos innecesarios, debe ampliarse, ya mismo, a otras instancias de la vida nacional y de su institucionalidad que, también, demandan desembolsos importantes para el erario nacional.

Dentro de algunas semanas corresponde la conmemoración de las Glorias Navales, la que incluye inversiones fiscales que, aunque estén asignadas en el Presupuesto Nacional, pueden redestinarse fruto de la crisis social. Así acaba de hacerse para el aniversario de Carabineros, que se limitó a un par de discursos. Luego, vendrá el Mensaje Presidencial del 1 de junio en el Congreso Pleno en Valparaíso, con toda la pompa y la parafernalia que implica, ello en medio de una ebullición permanente por la rebaja de las dietas parlamentarias.

Una total incógnita y muy compleja, siguiendo este ritmo de acontecimientos, puede resultar la Parada Militar del 19 de Septiembre, Día de las Glorias del Ejército. Desde que se oficializó el desfile en el entonces Parque Cousiño en 1886, el tradicional ceremonial militar se ha suspendido sólo en tres ocasiones. Todavía sin una recesión gigantesca como la actual, el año pasado se le restringió el presupuesto en forma notoria al Ejército, de modo tal que esta súper crisis podría llegar a ser motivo de un impedimento histórico.

Son de relevancia y tradición los acontecimientos que están en suspenso por razones económicas, y todos programados antes del plebiscito constitucional. El hecho de anteponer la suerte de la consulta política a sucesos preñados de historia y tradición, obedece a la antropofagia de insaciables ambiciones de poder, en especial de agentes del socialismo que no se perdonan ni perdonan a la población chilena haber salido del poder.

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