PIÑERA Y BAQUEDANO


VOXPRESS.CL.- Es probable que, si bien todavía no, algún día, más temprano que tarde, esa foto enmarcada adornará un sitio de su casa. La instantánea del Presidente de la República sentado a los pies del monumento al general y héroe de la Guerra del Pacífico, Manuel Baquedano, simboliza mucho más que un desatino, uno de los tantos del Mandatario durante su gestión.

Desde octubre hasta mediados de enero, Plaza Baquedano fue el bastión, un sitio emblemático, del extremismo izquierdista en su pertinaz propósito de hacer saltar de su cargo a Piñera. Fue un botín en permanente disputa, como si se tratase de adversarios de distintas nacionalidades.

La fijación de la izquierda por copar y sentar dominio en la plaza es que ella refleja valores en que no cree, y los combate para sustituirlos por los propios, que de valores nada tienen. La glorieta donde en 1928 se levantó la estatua ecuestre del general es considerada por el mundo revolucionario como la frontera entre pobres y ricos, y su propia figura le rememora epopeyas sin sentido, ya que pregona “pueblos sin fronteras”; su caracterización le evoca el militarismo, al cual aborrece, y se trata de quien fuera senador y Presidente, aunque provisional, de la república.

Si hay algo que desprecia el extremismo es la institucionalidad representada por los respectivos Poderes del Estado: no acepta otra alternativa que el mando del pueblo por propia autogestión, una infantil utopía desnudada por todos los regímenes totalitarios socialistas del mundo. El pueblo nunca ha gobernado: es sometido, esclavizado.

Esta sublevación totalitaria organizada, financiada y mantenida por partidos con representación parlamentaria y, por tanto, generados en elecciones democráticas, se apropió de la plaza, violando todos, absolutamente todos, los derechos individuales de los demás ciudadanos. Por allí no se podía caminar ni transitar, dada una acción copiada de la resistencia comunista en la Guerra Civil Española, origen de las brigadas con “primera línea de fuego”. Hasta un hospital de campaña levantaron en la cercanía, el cual quemaron por el mal manejo de sus bombas incendiarias.

Fue tan violento el levantamiento de estas hordas subversivas –hasta antes de octubre, radicadas en comunas periféricas-, que proclamaron Plaza Baquedano como territorio de ocupación, cambiándole hasta el nombre. Fruto de una cobarde concesión de la autoridad a quienes desafiaron todas las leyes y ordenanzas constitucionales sobre normalidad ciudadana, ningún ciudadano que no fuera de los suyos pudo desplazarse por el lugar, ni menos el Presidente, que, medio choqueado y asustado, se refugió indistintamente entre su casa y La Moneda.

Piñera, por meses, no tuvo la oportunidad de siquiera acercarse a Plaza Baquedano y, en un tiempo futuro, parece que tampoco podrá hacerlo. Aprovechando la soledad callejera por la cuarentena, se hizo tomar la foto junto al monumento. ¿Era necesario hacerlo? Por mucho que en La Moneda lo hayan atribuido a un “gesto espontáneo”, lo cierto es que no lo fue y que su decisión fue fríamente pensada, partiendo porque ésa nunca ha sido parte del recorrido presidencial y no porta cámara. Lo suyo fue un acto de victoria, el irrefrenable impulso de triunfo que lleva desde la cuna, un mudo mensaje de que él no había sido finalmente doblegado por los subversivos.

El extremismo, las organizaciones sociales, la mesa de Unidad Nacional y la izquierda opositora parlamentaria reaccionaron al unísono, calificando su fotografía como “una provocación”. Aunque, de partida, Plaza Baquedano no es trofeo de nadie, sino pertenece a todos los chilenos por igual, tanto el gesto inoportuno del Presidente como la respuesta indignada de sus rivales políticos, es una prueba de que este statu quo a causa de la pandemia, no garantiza el final de la violencia ideológica y que ésta, ahora atizada por el generalizado drama económico de la población, está a la vuelta de la esquina, a la espera de que decline definitivamente la curva contagiosa del virus.

Esta aparente tranquilidad política, consecuencia de las cuarentenas, le han resultado favorables al Presidente y a Carabineros, remontando 10 y 14 puntos en las encuestas, aunque considerando, siempre, que se trata de consultas sobre sus respectivas roles en el manejo y fiscalización de la pandemia. Piñera es un pésimo político, pero demostró ser un veloz calculista en la adopción de prevenciones…e inversiones para luchar contra el virus.

Al ritmo actual de las circunstancias, hasta es posible que continúe subiendo en las encuestas, y hay quienes pronostican que podría llegar hasta los 30 puntos si logra dominar rápido y con bajo costo humano la pandemia. Pero… ¿qué pasará después?: emergerá el peor de los escenarios, con una población arruinada, con pérdidas irrecuperables y quién sabe por cuánto tiempo. Es preocupante que, conscientes de lo que se vendrá, nadie parece estar pensando en la ‘post guerra’, una, esta vez, con reales argumentos de índole social, y que puede reanudar, y con más bríos, un enfrentamiento político durísimo, en el cual, obviamente, la Plaza Baquedano volverá a ser el trofeo.

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