EL ENGAÑO DE LA HOSPITALIZACIÓN INTRA DOMICILIARIA

April 5, 2020

 

VOXPRESS.CL.- Ahora fue la agrupación de alcaldes de la zona sur de la Región Metropolitana quienes se sumaron a las majaderas solicitudes de colegas suyos y de algunos epidemiólogos de decretar cuarentena total, ojalá, en todo el territorio, como única vía para detener la pandemia-  Habrá que atribuir a su intencionalidad política y a su escasa preparación el insistir en una medida que causaría un daño irreversible al país, fruto de una paralización total.

 

No hay que saber de economía ni haberla estudiado para imaginarse cuáles serían los resultados inmediatos y a mediano y largo plazo por una inmovilización absoluta. Financieramente, Chile está en estado grave y el gastadero a que lo está llevando el coletazo social del virus, lo tiene en cuidados intermedios, con diagnóstico de pasar a los intensivos. Incluso, en la eventualidad –como lo aseguró el ministro de Hacienda- de que esta emergencia resulte pasajera y dure tres meses, cuando el país comience a recuperarse se hallará en tan malas condiciones que terminará dejando muchísimas más víctimas que la epidemia.

 

Puestas en una balanza la encrucijada socio/económica y la del corona virus,  ésta es infinitamente menos preocupante, porque depende sólo de un factor determinante,  la prevención personal; en cambio, la crisis financiera/humana, ya en apogeo, presenta tantos bemoles como una composición musical, al afectar transversalmente a la sociedad.

Así como está de controlado, pese a las consabidas precariedades de la salud criolla, el virus no llegará a matar a miles de compatriotas, como ocurrirá de mantenerse las severas restricciones a las personas y a ciertas áreas que no constituyen mayor peligro.

 

Dos focos colectivos de contagio se abrieron en San Pedro de La Paz y en Osorno por contravenir la más elemental de las prohibiciones, la del contacto humano masivo. Ello demuestra que la medida de impedir las concentraciones de personas fue, y es la más atinada, pero no así impedir el funcionamiento del comercio detallista y de pequeñas pymes, agravando,  de por sí, su apremiada existencia.

 

En los últimos días, el mercado minorista ha funcionado casi con naturalidad en todo el resto del país, el  que fue instado a mantener una cuarentena sólo voluntaria. Por el pánico que se ha infiltrado a la población, y gracias al confinamiento parcial, ya el número de personas circulando disminuye notoriamente, aminorando la amenaza de trasmisión, lo que posibilita un asomo de normalidad.

 

De ahí que la solución inmediata para evitar el desastre total es aislar en centros específicos a los sospechosos y, específicamente, a los contagiados. Es una pérdida de tiempo, y carece de sentido, la metodología de estar tomándole la temperatura a medio mundo. 

 

Sin duda, es el temor a una cuarentena obligatoria e indefinida la culpable de las denuncias de acaparamiento de productos básicos. Mientras más anormal siga siendo el régimen, más duras serán las consecuencias socio/económicas, las que, de paso, ya las viven millares de compatriotas dejados sin actividad productiva.

Es natural, y explicable, la inquietud de la autoridad sanitaria, celosa del nivel de propagación y de quienes burlan las restricciones y hasta se dan el gusto de organizar fiestas. Es de ilusos e ingenuos esperar  que este tipo de compatriotas tan desequilibrados adopten las prevenciones para no ser contagiados ni trasmisores. Por causa de esta indisciplinada y torpe minoría, una mayoría paga precios altísimos para su subsistencia. Resultó escandaloso que una doctora que libremente andaba contaminando en un supermercado, la policía la escoltase hasta su domicilio para que allí se sanara.

Ha sido insuficiente e ineficaz la ‘medicina’ del reposo por sospecha y del tratamiento en sí realizado en el propio domicilio, y menos al interior de la estrechez de viviendas sociales en las cuales es más fácil la trasmisión que la sanación. 

 

Definitivamente, parece haber llegado la hora de sacar a los contagiados desde su hábitat y destinarlos a reales y drásticos aislamientos hasta que se mejoren. Confinarlos a un aislamiento verdadero, al estilo de los antiguos leprosarios. Con dineros fiscales se han alquilado hoteles, moteles y centros de eventos para retener allí a los “sospechosos de la enfermedad”, pero se hace indispensable ampliar el número de lugares –que los hay de sobra- para confinar en ellos exclusivamente a los contagiados.

 

Con estos centros de aislamiento total de enfermos, se aliviaría la carga en los hospitales públicos, el contagio a sus funcionarios y a otros pacientes. Pronto llegarán los mil respiradores artificiales chinos adquiridos, en parte, y donados, en otra, por el embajador de ese país.

 

Una medida de este tipo de aislamiento riguroso adoptó el Gobierno en 1917 para Rapa Nui, golpeado por una epidemia de lepra que fue traída desde Tahiti a la isla en 1889, afectando a toda la población insular. En aquella época, sus habitantes indígenas vivían en condiciones deplorables.

 

Aunque las condiciones por el corona virus ni se aproximan a las características de aquella epidemia de lepra, la figura de un aislamiento  independiente se percibe como la única y eficaz acción para alinear a los descriteriados que siguen jugando con la salud de los demás y con la desgracia de quienes, a raudales, quedan sin ingresos. 

 

 

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