EL FATÍDICO SEGUNDO AÑO


VOXPRESS.CL.- “Alégrense los corazones, porque vendrán días mejores” fue una de las frases favoritas del entonces candidato presidencial Sebastián Piñera, entusiasmando con su promesa a todos los desencantados del Gobierno socialista de Michelle Bachelet, quienes vieron en serio riesgo los sacrificios de años para alcanzar un estatus superior del cual provenían.

En las dos elecciones triunfantes, Piñera fue electo por el lógico apoyo de la derecha, pero también por el gravitante respaldo de quienes el comunismo calificó de “fachos pobres”, esto es, la población emprendedora y emergente.

De cuna demócrata cristiana, Sebastián Piñera, ambicioso como todo hábil hacedor de dinero, desde que salió de La Moneda en marzo de 2014 se propuso, entre ceja y ceja, volver a Palacio para tomarse revancha de una administración, la primera, que se la frustraron entre su ministro del Interior inicial, Rodrigo Hinzpeter, y la rebelión estudiantil, desde donde surgieron los caudillos que, de vuelta, le han hecho la vida imposible: Giorgio Jackson, Gabriel Boric, Camila Vallejo y Karol Cariola.

Con la extinción de la (ex) Nueva Mayoría y la desaparición -para siempre, según ella- de Michelle Bachelet, los peligros de un regreso al estatismo totalitario parecieron esfumarse, dado que el nuevo Presidente era un espejo biselado del modelo neoliberal, el mismo que lo catapultó, y específicamente a él, a ser dueño de la quinta fortuna más grande del país.

Al asumir por segunda vez, el 11 de marzo de 2018, enfrentaba sólo un gran problema de índole nacional y otro de carácter local: la inseguridad ciudadana, lejos, el primerísimo dolor de cabeza de la población, y la creciente insurrección terrorista en La Araucanía. De hecho, esos fueron dos de los cuatro pilares anunciados para su administración y que motivaron Mesas de Trabajo transversales en La Moneda. Se restaron el PC y el PS.

Se cumplen dos años de la asunción de Piñera y la inseguridad ciudadana está mucho peor que antes y en La Araucanía se acumulan las chatarras de maquinarias y camiones quemadas por los comuneros comunistas.

No sólo eso: el modelo neoliberal que defendía de capa y espada, está maltrecho y amenazado; la oposición izquierdista lo tiene de rodillas y se divisa una nueva Constitución que garantiza el automático retorno a un sistema socialista con prevalencia del Estado por sobre los ciudadanos.

En el mundo entero, en especial en el amplio espectro de los demócratas, se preguntan qué le pasó a Chile, que en cuestión de horas pasó de ser una ejemplar democracia por su estabilidad institucional y económica para transformarse en un botín de la izquierda. Qué tan grave, ocurrió, se cuestionan, que en menos de dos años un Gobierno de centroderecha modificó tan drásticamente su programa para acomodarlo al de la izquierda, tomando, incluso, ideas inaplicadas por su antecesora, y causante de “los corazones tristes” y “los días peores” que iban a cambiar.

Una consecuencia tan catastrófica como la que vive hoy el país en todo orden de cosas es el resultado de una gigantesca ceguera. Parece increíble, pero en el paraíso de los analistas faltó un Departamento de Estudios que explorase el escenario inmediato y a mediano plazo en lo local e internacional, anticipándose a las caprichosas decisiones presidenciales. El primer gran error fue montar una estrategia de diálogos con quienes, se supo siempre, no estaban, ni están, dispuestos a ceder una sola coma para, así, bloquear la posibilidad de éxito del Gobierno.

En ninguna parte del mundo un Presidente parte de supuestos acuerdos y se lanza a arreglar la carga en el camino, menos cuando ni él ni los adversarios no entienden lo que es una negociación: ceder para obtener.

Erró medio a medio en su “política de los acuerdos”, copiada de su admirado Patricio Aylwin (DC), sin detenerse a reflexionar un solo segundo en que a aquél todos le dieron carta blanca por tratarse de un delicadísimo período de transición.

A esta brutal falta de visón, al Presidente le adosó su insaciable ego. Así como al dejar La Moneda el 2014, al día siguiente se puso a trabajar para ser reelecto, esta vez, ya al asumir se trazó la meta de proyectarse como personaje internacional una vez que cumpliese, éste, su segundo período. Obsesionado por asegurarse un sitio en la historia, se codeó con los líderes mundiales, empuñó cual paladín ecologista las banderas del medioambiente y por condenar los incendios en la Amazonía se ganó la indiferencia de quien pareció su gran socio, Jair Bolsonaro.

En su apetito de figuración se equivocó, una vez más, al creer que Nicolás Maduro caería fácil desde su pedestal de dictador en Venezuela. Incluso, llegó hasta sus fronteras, exigiendo su salida, sin imaginar, siquiera, que ello le iba a significar el principio del fin. Auxiliado por grandes potencias y con el respaldo de sus Fuerzas Armadas, por muy narcotraficantes que sean, el tirano chavista fue el artífice de la 25° reunión del Foro de Sao Paulo –la OEA del extremismo de izquierda-, durante la cual se acordó y se organizó el Golpe del 18/O destinado a derrocarlo.

Con su orgullo por los suelos y masticando su soberbia, el Presidente ha sido el primer contribuyente en cambiar el presente y futuro de Chile. Su programa, gracias al cual fue electo, lo sustituyó por otro ‘conciliador’ y coincidente con el de la oposición, pero que, fundamentalmente, le permitiera salvar su pellejo. Todo límite lo superó, al anunciar -su vocera- el apoyo a una nueva Constitución, y cuyo objetivo, todos conocen.

Solitario y rendido prescindió de la única facultad que le daba la Constitución para recuperar el rumbo de la navegación original y garantizar los días mejores a la ciudadanía. Llegó al colmo de lo tolerable, al afirmar que “todas las manifestaciones son democráticas”, ello en tanto sus compatriotas observan, abatidos, a un Chile blindado y casi en ruinas por el vandalismo de la izquierda.

Sus cálculos personales y su carencia de coraje son los grandes responsables de que, efectivamente, en cuestión de meses, Sebastián Piñera haya creado otro Chile, uno nuevo como dicen los extremistas, que no estaba en los planes de nadie y, por supuesto, ni en los suyos. Ha sido un tránsito incruento de un Estado de Derecho a otro de caos, en el cual, el rol protagónico no lo tiene la gente que esperaba días mejores, sino la izquierda, desplazada del poder el 2017, cesión otorgada por el personalismo y la cobardía del gran actor de esta trágica historia de nuestra historia moderna, Sebastián Piñera.

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