LA PESADILLA SIGUE, SÓLO CAMBIÓ DE AÑO


VOXPRESS.CL.- Sería una insensatez creer que la llegada de este 2020 significa un paso al olvido de uno de los años más escabrosos de la historia política de Chile. Como el sistema democrático continúa en la cornisa, la violencia extremista no cesa y los empeños de la oposición por recuperar el poder sin pasar por la voluntad ciudadana siguen siendo su obsesión, se concluye que los peligros del pasado 2019 permanecen inalterables, más amenazantes y en ascenso.

Chile se halla muy distante de considerarse fuera de su estado de crisis política aguda que le originó el ‘octubrazo”, y la incertidumbre acerca del presente y de un futuro inmediato permanece intacta.

A estas alturas de nada cuentan las solicitudes de perdón del Presidente por sus errores, porque su arrepentimiento en nada atenuó un estado de cosas mucho más graves que en la Unidad Popular. Gran parte del calientísimo clima actual es responsabilidad de él, primero por su total indiferencia e ignorancia sobre la amenaza externa que acechaba al país y, segundo, por su falta de coraje y carácter para usar mano firme ante la revuelta que empezó con el incendio simultáneo de 12 estaciones del Metro.

En una entrevista con cuestionario previo de hace poco, el Presidente reveló que “me equivoqué” y, casi en un gesto de ficticia humildad, dijo que “ahora, todos somos otros, yo soy otro, porque hemos escuchado a la gente”…

Su equivocación, y de qué magnitud, fue su carencia de olfato y criterio político y de la falta de un manejo inteligente y visionario exigibles a quienes entran a este siempre conflictivo mundo.

Apenas asumió, el Mandatario anunció que uno de sus pilares de su gestión sería el desarrollo social, y para ello creó un híper ministerio y lo empoderó: excepto en Vivienda, en los demás sectores avanzó cero. Ni él ni el Comité de Expertos escucharon a la ministra de Transporte cuando les advirtió que, dado el panorama económico adverso, el alza del pasaje del Metro “va a traer consecuencias”. Fue la bala que faltaba en la pistola del extremismo.

Ignoró del todo las advertencias de sus colegas sudamericanos que le advirtieron que “Chile está en la mira de Maduro” y levantó los hombros cuando recibió la información privada de que, sospechosamente, en el retail se había agotad el stock de líquidos inflamables.

El Presidente y su sacristán de Hacienda sólo tenían una obsesión: cuidar la débil economía nacional y no abrir por ningún motivo la billetera fiscal. En la embriaguez de sus ambiciones personales, su sueño dorado era proyectarse internacionalmente, codearse con líderes mundiales y lucirse en Cumbres de las súper potencias, en su faraónico objetivo de llegar, ojalá, a ser Secretario General de la ONU. Se veía en el mástil del mundo con dos asambleas programadas en Chile, la de la APEC y la COP25.

En esos sueños estaba, cuando el dictador venezolano y sus serviles del PC, FA Y PAIS le asestaron el aniquilador golpe de la venganza por su rol en la fracasada campaña para destituir a Maduro. Casi, casi, el derrocado fue él.

Producida la asonada extremista ofreció el más dantesco espectáculo que puede ofrecer alguien que se dice político: se paralizó, entró en pánico, y en su descontrol, mientras Chile ardía él se fue a un restorán de Nueva Costanera en Vitacura. Tarde recurrió a la única opción disponible a la que lo obliga la Constitución: reestablecer el orden mediante el Estado de Emergencia. Acosado por la izquierda, a la cual le tiene un temor reverencial, y con pavor ante un eventual juicio internacional, le puso fin a las pocas horas, porque, además, los militares pensaban más en Punta Peuco que en neutralizar a los revolucionarios.

Derrotado, sin espacio para una mínima maniobra, con su imperio de grandeza por los suelos, para evitar el asesinato a su orgullo, o sea, la renuncia, se entregó a lo que la izquierda hiciera y dijera, ello con la incondicional ayuda del presidente de RN, Mario Desbordes.

Del escenario político desapareció la agenda de Chile Vamos y el progresismo repuso la de Michelle Bachelet, empezando por una nueva Constitución. En el colmo del entreguismo y el derrotismo el Presidente se montó en dicha campaña porque “escuché a la gente”…Convocó a La Moneda a la directiva de la Mesa de Unidad Social, la que se hizo presente con leyendas alusivas en su contra, con los ojos tapados y se negó a la audiencia…Dicha instancia ‘gremial’ tiene entre sus demandas la renuncia del Mandatario.

Consciente de que tiene al Presidente en el suelo, casi de adorno y llevando el ritmo de la música opositora, la izquierda parte este año redoblando los embates contra el Ejecutivo, más fuertes que en 2019, porque huele sangre y no ve tan distante un retorno al poder, aunque no sea por la vía electoral.

Para materializarlo, ojalá más temprano que tarde, le es imprescindible mantener activo el clima de vandalismo, violencia política y destrucción, porque es determinante preservar el ambiente de incertidumbre y hasta de miedo en la población.

La pesadilla sólo cambió de año, al igual que el mayor responsable de esta incalculable crisis política.

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