EL MODELO ES MEJORABLE, PERO NO REEMPLAZABLE

December 13, 2019

 

VOXPRESS.CL.- En uno de los tantos programas en los cuales las oficia de panelista estable, el alcalde de Las Condes y uno de los precandidatos presidenciales de la centroderecha, Joaquín Lavín Infante, se refirió a la tensa situación política del país, y pronosticó una curiosa ‘solución’ para que el escenario de enfrentamientos pueda llegar a su fin. “Acá –dijo- debiera ocurrir lo que sucedió con la unificación de las dos Alemania,  en que debieron fundirse un modelo democrático con otro comunista, y de esa mezcla salió una especie de Estado de Bienestar, que, creo es lo que deberá imperar en nuestro país cuando se amalgamen estos dos Chile…”.

 

Entendiendo que lo expresó en un sentido figurado, no hay comparación racional entre lo ocurrido tras la caída del Muro de Berlín y el odio político que existe en Chile entre una minoría violenta y totalitaria, manejada desde el extranjero, y una mayoría que trata, en la medida de lo posible, de vivir en paz y de acuerdo a su rutina diaria de siempre.

 

Chile, como sí lo estuvo Alemania, no está parcelado por regímenes contrapuestos, uno azul y el otro rojo. El trance  que está viviendo no requiere de una unificación, sino de una contención, ello conducente a aplacar a un vandálico extremismo que se resiste a adaptarse a las normas que, por una muy antigua institucionalidad, rigen la convivencia nacional.

 

Una de las Alemania, la libre, moderna y progresista, asumió el gigantesco costo de cargar con la otra, inerte y en ruinas. No hubo, como lo plantea Lavín, un nuevo estado, el de bienestar,  sino la absorción total del régimen democrático de los costos del régimen comunista, un peso muerto.

 

Cuando un individuo de la popularidad, aunque muy localizada, del alcalde de Las Condes compara peras con manzanas en momentos tan frágiles para la democracia chilena, induce a peligrosos engaños. No existen dos Chile ni menos dos regímenes políticos adversos.   Hace más de tres décadas que rige un solo modelo de institucionalidad, el que el mismo Lavín se encargó de impulsar, lo elogió en un libro y,  personalmente, ha hecho de él su trampolín como inversionista y político.

 

Cualquier aprendiz de economista sabe que una mejor redistribución del ingreso no requiere de la eliminación del actual modelo, sino tan solo reforzarlo con políticas sectoriales y con leyes complementarias. Hay consenso en el mundo pensante respecto a que el ‘emparejamiento’ de la cancha –según el lenguaje progresista- se lograría con una reforma a fondo del sistema de jubilaciones, el aumento salarial y garantizar solidariamente las prestaciones de salud.

 

En la convicción de que no debe ser simple ni fácil hacerlo, hasta la fecha ni los Gobiernos de la Concertación y de la Nueva Mayoría pudieron dar en el clavo con la solución adecuada, la que,  quizás si o quizás no, pase por el fin de las AFP´s, para terminar con las pensiones de miseria: el ocaso de la vida y la etapa post laboral son las más  sensibles en la existencia de un trabajador. Chile envejece a pasos agigantados y es una falla gravísima, horrible, que en casi cuatro décadas nadie haya podido revertir los severos errores del sistema y de sus nefastas consecuencias.

 

En cuanto a la mejora salarial, ella va en directa relación con la carestía de la vida, pero se ha topado siempre con un escollo muy real: la ley pareja es injusta. Siendo Chile un país de flojos, sacadores de vuelta y poco productivos, existen claramente definidos ámbitos de discutible  utilidad comunitaria y de nula productividad, como la administración pública, que le costará el 2020 US$74.000 millones al país.

 

El 80% de los empleos asalariados del país los proporciona el sector privado, o sea, los grandes, medianos y pequeños empresarios, pero resulta que los gravámenes que estos pagan, sean altos, medianos o bajos, contribuyen a financiar sectores de dudosos desempeños y deficientes rendimientos. Una idea que ha tomado cuerpo para mejorar el bienestar de los trabajadores es que, al menos, el 80% de los impuestos con cargo a los empresarios privados no vayan a la olla común del Fisco, sino directamente al incremento en los ingresos de sus propios empleados. Es éste un ejemplo notable de la tan anhelada mejor redistribución de los ingresos, pero con certeza la izquierda se opondrá a tal opción porque su fuerza política sigue estando en los funcionarios fiscales, esto es, en los financiados por todos los chilenos, hasta por quienes ganan un monto muy menor al de la administración pública.

 

En cuanto a la última columna vertebral que mejoraría, y no exterminaría, el modelo vigente, es quitarle su añosa cojera a la salud pública y no eliminar la privada, como exigen quienes pregonan un  cambio de modelo para que ricos y pobres se atiendan únicamente en servicios fiscales, pero, claro, con un inexistente primer orden clínico y estructural.

 

Hay infinitas señales de que desde que se disparó el crecimiento poblacional, ningún empeño de ningún Gobierno ha logrado la ecuación de hacer cuadrar los requerimientos básicos de la gente con las atenciones.

La población, y no hablamos de la totalidad de ella, sólo ansía asistencia económica para el tratamiento de sus enfermedades, en especial las más demandantes, como las catastróficas, y  atenciones en plazos breves.

Si el modelo vigente desde mediados de los 70 ha funcionado y se han regido por él  hasta los Gobiernos democratacristianos y socialistas, cuesta creer que recién  ahora el país ha tomado conciencia de que es perverso y debe ser exterminado. Durante su vigencia –hasta hoy-, la pobreza en el país pasó de ser de un 40% a un 10%. ¿Será, acaso, culpa de otro modelo?

 

A los chilenos, siempre tan dados a dejarse llenar sus cabezas huecas, hay que recordarles acaso tienen conciencia de algún otro período tan tremendamente desastroso  como el que acaban de vivir por obra de la izquierda. Las pérdidas de empleo, el saqueo a la  propiedad privada, la caída en las ventas y el impensado giro en las  vidas de cada cual, no son imputables a este modelo bombardeado sin piedad por el totalitarismo socialista.

 

Como todo en la vida, el modelo que nos ha regido y al que hoy tienen temblando, es perfectible  y, en rigor, requiere de mejoras, pero al lado de la miserable y opresiva existencia que llevan quienes viven bajo el yugo del ‘otro modelo’, el comunismo totalitario,  queda claro que no hay cómo ni dónde perderse.  

 

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