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PIÑERA DUERME CON EL ENEMIGO

November 24, 2019

VOXPRESS.CL.- Hace cuatro décadas, cuando los monologuistas hacían reír por su ingenio y no por la ordinariez de su lenguaje, un español, Gila,  se hizo conocido en el mundo hispanoparlante por un relato humorístico relacionado con la guerra.

 

-¿Aló, con el enemigo? Me podeis decir a qué hora nos vendrán a atacar…

-A las 12…

-¿No es posible antes o después, que a esa hora estaremos almorzando? Ah, y otra cosa: ¿cuántos serán ustedes para estar preparados?

 

Este recuerdo vale para aplicarlo a la situación en que se ha situado el Presidente de la República: muy de  acuerdo y dialogante con un enemigo al que derrotó amplia y categóricamente en la elección del 17 de diciembre de 2017.

 

Falto del coraje y de la audacia de que había hecho gala durante toda su vida, simplemente desapareció de escena en el peak  de la insurrección, y cuando el vandalismo y el odio ideológicos destruían la propiedad a ojos de la ciudadanía y del resto del mundo, abrumado por las dudas del Estado de Sitio que decretó, se sumió en el silencio. Se hizo humo el mismo que no dejaba hablar a los demás, quien a codazos se abría paso para estar en primera fila, quien sacaba lustre a sus plumas reales, y pasó de ser un economista a sociólogo, de libremercadista a socialmercadista, de pro empresarios a pro trabajadores y de derechista a democratacristiano disidente. Todo un camaleón que ejerció nulo liderazgo cuando el país más lo requería.

 

Piñera volvió, tímida y nerviosamente, a presentarse al país para solidarizar “desde lo más profundo de mi alma” con los heridos y muertos a causa del “excesivo uso de la fuerza” por parte de Carabineros, una institución que a duras penas es capaz de defenderse sola. En cambio, los criminales saqueadores y vándalos de la izquierda, no sólo tienen el amparo de sus propios partidos políticos, de los gremios ideologizados, de ONG’s, del Presidente de la Corte Suprema, del periodismo, del INDH y de la ONU, sino también, ahora, el apoyo del mismísimo Mandatario.

 

En dicha decepcionante reaparición pública (domingo 17 de noviembre), incluso sin haber leído antes su discurso, condenó la violencia e hizo un llamado a que terminara. No explicó cómo se conseguirá tal objetivo, pues la única forma de neutralizarla es reprimiéndola con energía, y si a la institución encargada de hacerlo se le minimizan sus facultades y capacidades de disuasión, alguien –que no es terrestre- tendría que explicarlo cómo puede lograrse.

 

Piñera, pese a su derrumbamiento personal, sigue creyendo, como en marzo de 2018, que todo se puede conseguir a través del diálogo,  a sabiendas de que por el encono ideológico existente, ello es impensable. La crispación política que impera hoy en el país es mucho más severa que durante la Unidad Popular: en esa oportunidad eran comunes los enfrentamientos callejeros entre partidarios de ambos bandos, los totalitaristas allendistas y los demócratas opositores. Pero hoy sólo dominan las comunas  las hordas extremistas, y con una inédita violencia y capacidad de destrucción.

 

El Presidente entendió, y aplaudió, como “diálogo” el Acuerdo de Paz…, un forzado pacto transversal de partidos para convocar a una eventual nueva Constitución. Primero que todo, hay que consignar que desde que él asumió en marzo de 2018, nunca dicho tema fue una prioridad para el oficialismo ni para la oposición. Jamás, el permanente obstruccionismo parlamentario estuvo condicionado al anuncio de una futura Carta Fundamental. Así, es menos posible aceptar que sólo gracias a este discutible y engañoso proyecto se haya logrado la paz, una paz que nadie puede garantizar.

 

Lo que técnica e institucionalmente ocurrió con el desenlace del mes más negro de la historia moderna de la política chilena, es que el Gobierno de centroderecha se rindió y abdicó ante la izquierda parlamentaria, arrastrando con ello a los partidos oficialistas que tuvieron que ceder  ante  las exigencias del adversario. Es impensable dar crédito a que el “gesto de grandeza” de los congresistas de Chile Vamos fue para poner fin a la cruenta actuación del extremismo en las calles: quedó demasiado en claro que hubo una orden para evitar un desenlace terrible para el ego presidencial.

 

La oposición, que es odiosa y majadera pero no tonta, tomó debida nota de su triunfo gracias al Golpe del 18/O, cuando el Presidente, presuroso, hizo pedazos su cronograma de Gobierno original y lo acopló a una agenda chantajista de la izquierda, aprovechándose, ésta, de  la oportunidad del momento, y en la cual agregó una nueva Constitución. El mismo Piñera se encargó de poner la bala en el revólver del enemigo.

 

El discurso en su reaparición pública y su “conmovedor agradecimiento” a la generosidad de “todos los partidos” fueron la oficialización del mando compartido que, a partir de ahora, rige los destinos del país. Ante su fracaso político, y dada la vulnerabilidad de su posición de  Presidente, para esquivar una renuncia que llegó a parecerle ineludible en un momento, optó por transar, negociar y cogobernar con el enemigo.

 

La población, casi anestesiada por tan devastadora violencia del extremismo, ni se percató de que, en tácito acuerdo, oficialismo y oposición violaron la Constitución vigente y sellaron  un particular régimen semipresidencialista, donde ahora, se supone que en partes proporcionales, mandan por igual el Ejecutivo y el Legislativo, aunque el olor lleva a deducir que la balanza está mucho más inclinada para el lado del Congreso, éste, con clara mayoría de izquierda. Para Piñera, en su vida, nada es imposible: ahora hasta duerme con el enemigo.

 

 

 

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