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AHORA SE VIENE UN ASALTO A LA DEMOCRACIA

October 27, 2019

VOXPRESS.CL.- Si se le analiza fría y técnicamente, tal como lo hace el resto del mundo, Chile es un ejemplo de democracia representativa, que en forma espontánea y progresiva se fue perfeccionado a partir de 1990. Con la desaparición de los senadores designados y con la reforma constitucional firmada por Ricardo Lagos Escobar (2005) para terminar con los conocidos como ‘enclaves autoritarios’, la convivencia nacional demostró convicciones claras de que no hay mejor sistema que éste para garantizar las libertades personales y el progreso económico.

 

Gracias a su institucionalidad sólida y al respeto de los derechos de las personas, Chile fue invitado a incorporarse al grupo de naciones emergentes (OCDE), fue sede de Cumbres mundiales y uno de los suyos llegó a ocupar la Secretaría General de la OEA. Simultáneamente, el libre mercado le permitió a la gente acceder a bienes que, quizás, nunca soñó y su inédito poder adquisitivo le permitió a buena parte de la población salir al mundo y ampliar su reducida óptica arrastrada por siglos. En el resto del planeta se colocó a Chile como un ejemplo de estabilidad institucional.

 

Tan fuerte era, y esperamos que siga siendo, su democracia, que fue capaz de resistir, sin daños irreparables, el intento de transformarla en totalitarismo socialista, prometido por Michelle Bachelet a sus nuevas huestes antes de asumir su segundo período, en marzo de 2014. Fue la propia población la que, sin saqueos ni revueltas, impidió que implementara su promesa de Asamblea Constituyente, el primero y clave paso para desmantelar la democracia.

 

El pueblo boliviano se enclaustró en el socialismo plurinacional de Evo Morales, luego de aprobar una engañosa Asamblea Constituyente que permite las trampas del Tribunal Electoral, y el criminal dictador venezolano Nicolás Maduro no tuvo el menor empacho en decretar el fin de la Asamblea Nacional –nuestro Congreso Nacional, elegido libremente- para sustituirlo por una Constituyente elegida a dedo por él y por sus secuaces narcotraficantes. No sólo Chile, sino el resto del mundo saben en lo que está convertido hoy el que fuera un paraíso latinoamericano.

 

Si se repara con atención en los sucesos inmediatamente posteriores a la insurrección política del 18/OC, la bandera que pasó a enarbolar la izquierda es una urgente e indispensable Asamblea Constituyente. La asonada extremista no tuvo el desenlace inmediato que pensaron sus patrocinadores –el Foro de Sao Paulo-, porque de acuerdo a la planificada programación de su operativo terrorista, éste debía concluir en la renuncia del Presidente.

 

Estaba todo coordinado con el socialismo internacional para que, en conjunto con los exiliados, saliesen a ensalzar el “triunfo del pueblo”. Ante el inesperado desenlace de la sublevación, igual se realizaron las manifestaciones pactadas en Nueva York, Estocolmo, México y Buenos Aires, pero con el lema de defensa a los derechos humanos “amagados” en Chile.

 

La asonada, sin ningún vínculo con un estallido social –como maliciosamente lo ha presentado la izquierda-, terminó en lo que siempre concluyen las intervenciones comunistas: perjudicando a los trabajadores. Éstos, de inmediato, pagaron el costo de la  subversión, al quedar sin transporte, con abastecimiento a medias y con el encarecimiento del consumo por la paralización originada por los saqueos pauteados para después del ataque al Metro.

 

La sublevación jamás tuvo una motivación social, y recién después de que el Golpe político fracasase, la estrategia, astutamente, se acomodó a los “problemas de la gente” en busca de una adhesión de la clase trabajadora que no salió a la calle.

 

Gracias al frenesí televisivo por transmitir directa y repetitivamente, sin piedad por los telespectadores, las mismas imágenes de desfiles y concentraciones siempre “pacíficas”, quedó en evidencia el real propósito de la asonada: gritos, cánticos y pancartas siempre alusivos a la renuncia del Presidente, a la represión, al Estado de Emergencia, a la unión del pueblo “para vencer” y a los alucinógenos rebrotes de dictadura por la presencia de militares resguardado el orden público.

 

Funcionarios de la Fiscalía Nacional se constituyeron prestamente en los hospitales para interrogar a “las víctimas” de la violencia policial y militar durante los toques de queda, una costumbre nunca antes vista cuando los perjudicados son inocentes ciudadanos atacados por el lumpen o encapuchados. Resulta de un descaro inaceptable que el Ministerio Público se haya limitado sólo a visitar las instalaciones del Metro saqueado e incendiado, “porque el elemento de prueba, que son las cámaras, fue quemado”… 

 

Como el extremismo no logró concretar su objetivo final, el Partido Comunista propuso una desquiciada operación que no está contemplada en parte alguna, como es “la dimisión transitoria” del Mandatario, para, así, aprovechar ese vacío de poder e imponer sus propósitos, pero  al no tener eco, su presidente Guillermo Teillier hizo contactos para evaluar una acusación constitucional en su contra.

 

Dos de los personajes más carismáticos del comunismo, la diputada Camila Vallejo y el alcalde Daniel Jadue, alentaron la “urgencia” de una Asamblea Constituyente, “por ser la única vía para cambiar el actual modelo”. Febril partidario de ella se declaró el inefable Alejandro Guillier, el camaleónico potrillo de Vallejo y Karol Cariola, las inventoras de su campaña presidencial del 2017.

 

Michelle Bachelet intentó hacerlo, convocando a un plebiscito, y, al no tener respuesta ciudadana, ideó un sistema de cabildos para que “el pueblo” se pronunciase respecto a qué tipo de Constitución quería. La recepción fue de indiferencia total, pese a los miles de millones que el Fisco invirtió en su difusión y puesta en marcha: la gente no está disconforme con la Constitución, porque ella no es su problema.  

 

Incluso, el nivel político le salió al paso a Bachelet, al advertirle que “cualquier cambio o nueva Constitución debe salir del Parlamento…y no de la calle”.

El mundo trabajador y el sector pasivo están exclusivamente preocupados de mejorar sus precarios estándares de vida y recibir paliativos a sus estrecheces económicas. Tanto es así que después de la insurrección extremista continuaron con sus rutinas habituales, sin sumarse a las protestas políticas de quienes no pagan cuentas o no suelen hacerlo.

 

Es menester que el ciudadano, de cualquiera categoría, que se siente libre en esta democracia, se aliste a hacer frente a este embate ideológico del PC y del Frente Amplio, quienes, tras fracasar en su operativo para  derrocar al Gobierno, ahora las emprenden contra la democracia, al imponer, como es su estilo, a la fuerza, una Asamblea Constituyente.

 

Hay que tomar conciencia, y amplificarlo, que esta experiencia es un suicidio: país que permite que se instale este tipo de falsa instancia legislativa, pierde en el acto su democracia.  

 

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