ENEMIGOS DEL AULA SEGURA


VOXPRESS.CL.- Revertir las aulas inseguras en seguras es el objetivo del proyecto que firmó el Presidente de la República en un intento -intento, no más- por eliminar, ojalá, o al menos atenuar la injerencia de jóvenes alumnos terroristas en los liceos públicos.

Sin evasivas, el Presidente los definió como "delincuentes disfrazados de estudiantes".

Algunos liceos, emblemáticos unos y ricos en historia otros, se han transformado en cuna de auténticos subversivos que los saquean, los incendian y tratan de quemar vivos a profesores y funcionarios.

Desde el 2011, señeros establecimientos educacionales pasaron a ser centros de fabricación de bombas Molotov y acopio de todo tipo de elementos para la comisión de actos vandálicos.

Todos ellos tienen un Manual de Convivencia que fija sanciones a alumnos que incurren en indisciplina. En dichos protocolos no se incluye la expulsión automática, ni siquiera por delitos de extrema gravedad, y establecen un largo procedimiento interno (sumario), mientras tanto el autor continúa asistiendo a clases.

Con frecuencia se da el caso de que un profesor agredido por un alumno debe soportar la presencia de éste en su clase mientras dure la investigación.

Hay que ser muy rigurosos en cuanto a que los violentistas son una minoría, pero lo suficientemente dañina como para alterar la normalidad educacional.

El proyecto Aula Segura modifica significativamente el protocolo de sanciones, y ello en virtud del agotamiento de la paciencia de sostenedores (municipalidades), rectores y profesores por la presencia de estos tiernos terroristas que se identifican por el uso de overoles blancos. Sus acciones adquirieron niveles de agresividad inusitada, al punto de intentar quemar vivas a profesoras en el Barros Borgoño e Instituto Nacional y de hacer lo mismo con carabineros en el Liceo de Aplicación.

Las tomas y el pintarrajeo de muros son, hoy, cosa de niños al lado de estos genuinos ataques terroristas

Como era de toda lógica aguardar, al tanto del proyecto los parlamentarios de izquierda lo tildaron de "inútil", en una colusión para evitar castigos a activistas de sus propios partidos.

Sin embargo, resultó sorprendente el rechazo del mismísimo Colegio de Profesores, el que se moviliza con gran agilidad en demandas económicas y políticas, pero no mueve un dedo por sus colegas cobardemente atacados. Su directiva nacional pidió ser parte de la discusión del proyecto en la Comisión de Educación de la Cámara de Diputados, porque cree ver en la iniciativa gubernamental "un intento por eliminar las tomas, las movilizaciones y las protestas estudiantiles", que para el magisterio "es un derecho consagrado en la Constitución".

Es más, uno de sus dirigentes llegó a decir que "una idea así, no tiene sentido ponerla en práctica porque nada tiene que ver con lo educacional, que es realmente lo que debe preocuparnos".

Es lastimoso que este "maestro" sea incapaz de distinguir que Aula Segura no tiene vínculo alguno con los planes de aseguramiento de la educación, ni con la gratuidad y menos con la calidad, carencia histórica que por responsabilidad docente tiene a alumnos de segundo básico sin diferenciar letras e incapaces de leer palabras.

Aula Segura apunta a reforzar la seguridad corporativa en los liceos y proteger el trabajo de profesores, quienes suelen ser atacados con cuchillos, golletes de botellas, con los puños e incluso a sillazos, como ocurrió recientemente en un quinto básico.

Dirigentes del Colegio de Profesores se unirán en la discusión del proyecto a los parlamentarios del FA, PC y PS para suavizar al máximo las penas a los violentistas y garantizar los "derechos de los estudiantes", por delincuentes que sean, por sobre la seguridad de la comunidad escolar. Uno de los máximos dirigentes de la Orden culpó de la violencia a Carabineros "porque tiene la obligación de prevenir"…

Tan irracional reflexión, impropia de un pedagogo, ignora que por ley, la policía no puede operar al interior de establecimientos educacionales, a no ser que sea directamente llamada por la rectoría. Aunque ello fuera posible, es de imaginar las dotaciones de punto fijo que se requerirían.

Un número importante de miembros del magisterio, colegiados o no, no privilegia su capacidad de transmitir contenidos en las aulas ni en la comprensión de sus alumnos. Ellos están en sus puestos para cumplir una misión ideológica fríamente planificada el siglo pasado, cuando el comunismo, entre muchas otras áreas, ordenó infiltrar las pedagogías. Esta aseveración no es un capricho, sino la confirmación de lo escrito a comienzos del siglo XX por el influyente italiano Antonio Gramsci.

Periodista, escritor y filósofo, graduado en Letras por la Universidad de Turín, fue un pensador del PC italiano, quien nutrió su odio social por la discriminación hacia la región sur de la península -su niñez la pasó en Cerdeña-, por las penurias de su numerosa familia y por su enanismo, que le significaban constantes alteraciones mentales.

Gramsci escribió que para instaurar el comunismo en las sociedades, había que "infiltrar la educación, la Iglesia Católica y todas las áreas laborales". Eso es lo que, con generosidad, ha ocurrido en las Pedagogías en Chile, sitio fértil para penetrar las mentes de niños y jóvenes en su edad más receptiva.

Quienes suelen preguntarse el porqué la educación chilena va de mal en peor, que se tome un tiempo para leer los pensamientos de Gramsci. Si alguna vez existieron la vocación y la calidad, fue gracias a nuestras añoradas Escuelas Normales, surtidoras de genuinos maestros, no ideologizados, pero éstos están todos en el cementerio.

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