BERGOGLIO Y EL CASO EZZATI


VOXPRESS.CL.- Cuando un hecho pasa a ser habitual, el impacto que originalmente provocó comienza a atenuarse, al punto, a veces, de transformarse en rutinario.

Es lo que ha ocurrido con las denuncias por casos de abusos sexuales por parte de miembros del clero chileno.

Tiempo atrás, y no hace mucho, podía establecerse un símil entre los curas y los aviones: hay millones volando, pero cuando capota uno solo es una tremenda noticia. Ahora no. Al terminar el imperio de la justicia interna de la Iglesia y prevalecer la investigación pública, la caída de curas pasó a ser un episodio casi común, lamentable, pero casi recurrente.

El principal acuerdo de la 116 Asamblea de la Conferencia Episcopal (en Punta de Tralca) fue ése: hacer público y remitir los antecedentes a la PDI y a la justicia civil de todos los casos que se denuncien.

Sin embargo, no por ello dejó de impactar la situación sin precedentes vivida por un cardenal, como le ocurrió al ítalo/chileno Ricardo Ezzati, arzobispo de Santiago. No podrá presidir el próximo Te Deum por haber sido citado a declarar en el juicio por encubrimiento de su ex canciller Óscar Muñoz.

Igualmente, tuvo que abandonar su cargo de canciller de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Desde 1925, año en que se instauró el Te Deum, es primera vez que el arzobispo de Santiago no lo va a encabezar. El cardenal, aunque lo niega, por su cercanía debió haber conocido las acciones de su mano derecha en el arzobispado metropolitano, Óscar Muñoz, quien no dejó 'títere con cabeza' en cuanto a acosos y abusos sexuales, incluidos algunos de sus parientes.

Por ser las denuncias de personas de la Sexta Región, el caso lo lleva el Ministerio Público de O'Higgins, cuyo fiscal Emiliano Arias lo citó a declarar en calidad de imputado "por encubrimiento".

El que Ezzati se haya caído a pedazos obedece a causas puntuales, que sólo tangencialmente tocan al Vaticano. El cardenal se vio aprisionado en un cuarto sin salida, tras ser involucrado judicialmente: el Presidente Piñera amenazó que "con él presente" dudaría de asistir al Te Deum, en tanto la socialista presidente de la Cámara de Diputados, Maya Fernández Allende, advirtió que de estar él, no concurriría.

En La Moneda percibieron con pavor que su presencia en el Te Deum, podía arruinar una ceremonia "histórica y republicana". Ya acorralado políticamente, se derrumbó cuando los obispos le quitaron el piso, al proclamar su acuerdo de denunciar públicamente cualquier acto de abuso al interior de la Iglesia: la Conferencia Episcopal actuó así para dar cumplimiento a las instrucciones del Papa.

Pero Jorge Bergoglio careció de ingerencia directa en la caída del arzobispo capitalino. Tuvo dos oportunidades para marginarlo y no lo hizo. Veamos porqué.

A comienzos de 2018, el propio (ex) canciller del arzobispado de Santiago, Óscar Muñoz se autoinculpó de abusos cometidos en los meses previos (2016/2017) y, por ende, abandonó el cargo. Ello ocurrió varias semanas antes de que Jorge Bergoglio realizara su visita a Santiago, Temuco e Iquique, tiempo más que suficiente para que el Vaticano se informara de los hechos y, específicamente, de que un sacerdote de confianza del cardenal que lo recibiría y atendería, era un desenfrenado sexual.

Pese a ello, Bergoglio compartió con normalidad con Ezzati y en ningún momento condenó la situación del ex canciller.

Como es de dominio general, la agenda de la visita terminó siendo copada por la permanencia de Juan Barros como obispo de Osorno, y concluyó con la invitación al Vaticano a 'las víctimas' de Karadima, con la citación a Roma de la jerarquía episcopal y con la decisión papal de "limpiar" el clero chileno.

Ezzati fue mencionado en el encuentro entre Bergoglio y el trío de acusadores de Karadima, en su rol de encubridor de aquél, junto al cardenal emérito Francisco Javier Errázuriz. Esto es, en mayo, fecha de la visita de acusadores y acusados al Vaticano, ni los denunciantes ni el Papa se refirieron al ocultamiento arzobispal de las acciones de Óscar Muñoz. Extraño, por decir lo menos, siendo que el ex canciller se autoinculpó la primera semana de enero de este año.

A esas alturas, el arzobispado de Santiago había puesto en conocimiento al Vaticano del delito de Muñoz. Siendo así, y como consecuencia de ello, pudo materializarse, ya en mayo, lo que tanto se comentó en esa fecha: la renuncia de Ezzati, pero sólo por su permisividad en el caso Karadima.

Éste, con 76 años, ya se la había presentado a Bergoglio en 2017 por superar el límite de edad para ejercer cargos episcopales, pero éste la rechazó y le solicitó que siguiese.

La primera barrida de Bergoglio incluyó a cinco obispos, cuatro de ellos por su responsabilidad, aunque indirecta, en casos de acosos o abusos: Juan Barros (Osorno), Crisitián Caro (Puerto Montt), Alejandro Goic (Rancagua) y Gonzalo Duarte (Valparaíso). Un quinto, Horacio Valenzuela (Talca) fue removido por su mala gestión.

De haber incluido a Ricardo Ezzati en esta lista por su responsabilidad en el caso de su (ex) canciller, se hubiese evitado el conflicto político/judicial reciente, que desembocó en un hecho sin precedentes respecto al Te Deum.

Hay quienes aseguran que a Bergoglio y a su "Comitato" formado expresamente por él para seguimiento de la Iglesia chilena -con informantes locales incluidos-, les ha costado encontrar nombres "limpios" para sustituir a Ezzati y, por ello, ha puesto sus ojos en el español Jordi Bartolomeu para el cardenalato.

Lo real es que Bergoglio, en el caso de Ezzati, no pudo actuar como en los anteriores, por tratarse de un originario de Italia. Tampoco ha sustituido a su embajador en Santiago, el nuncio Ivo Scapolo, acusado al Papa por su "manipuleo y displicencia" por los denunciantes de Karadima. Su representante en Chile nunca envió a su Jefe de Estado malas señales respecto al clero local, y si actuó así de mal ¿por qué continúa en su cargo?

La curia italiana está enfrentada a Bergoglio porque se opone a las "reformas estructurales" en la Iglesia. Dicha oposición es encabezada por Ángelo Sodano, ex Secretario Vaticano y hoy presidente del poderosísimo Colegio Cardenalicio, quien dejó fuertes lazos con las autoridades eclesiásticas chilenas, hoy cuestionadas por el Pontífice.

Consciente de esta oposición, Bergoglio ha entregado puestos de su confianza a obispos no italianos, como el canadiense Marc Oullet, el maltés Charles Scicluna y los españoles Germán Arana y Jordi Bertomeu. Para investigar las redes de Karadima, envió a Chile al obispo uruguayo Carlos Collazzi, un amigo de años.

Reprochado por la curia italiana, incluso, por "hablar mal" dicho idioma, Bergoglio ha visto mermado su espacio de maniobra y no ha podido ir más rápido en "las reformas estructurales" como él quisiera. Su delicada posición frente a sus oponentes ideológicos es la que le impidió proceder con la celeridad deseada sobre el futuro de Ezzati, independiente del agravante personal suyo, por estar al tanto del proceder del ex canciller del arzobispado metropolitano.

Si se trata de encubrimientos, el primero parece ser el propio Bergoglio.

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