LA HOGUERA QUE ENCENDIÓ BERGOGLIO

June 17, 2018

 

VOXPRESS.CL.- Santa Teresa de Los Andes,  san Alberto Hurtado y beata Laura Vicuña son los  chilenos elevados a los altares y, supuestamente, conocidos en otras latitudes del mundo católico.

Hay otros 13 aspirantes en la primera etapa del camino de la canonización: Mario Hiriart Pulido (1931-1964), monseñor Francisco Valdés Subercaseaux (1908-1982), hermano Pedro Marcer (1824-1927), madre Bernarda Morin (1832-1929), Mariano Avellana (1824-1904), fray Andrés García Acosta, fray Andresito (1800-1853), María del Carmen Benavides -la beatita Benavides- (1777-1849), Juan Pedro Mayoral S.J. (1678-1754), fray Pedro Bardesi (1641-1700), y los denominados Mártires de Elicura, los padres Martín de Aranda Valdivia y  Horacio Vecchi Chigi y el hermano Diego de Montalbán y el cacique araucano Tablamil (diciembre de 1612).

De ellos, quien más ventaja tiene, según fuentes eclesiásticas, es Mario Hiriart. Este ingeniero que se desempeñó en Corfo e hizo clases en la Universidad Católica, promovió la figura de la "santidad laical".

Este breve repaso lo hacemos intencionadamente para reflejar que no toda la Iglesia Católica chilena es un antro de pervertidos y abusadores, como parece haberla convertido Jorge Bergoglio, al aplicar su plan para poner fin  "a la cultura del ocultamiento".

Contrapuestos al ejemplo de vida cristiana de quienes postulan a ser canonizados, se hallan los  -hasta el momento- 50 sacerdotes investigados por la PDI y el Ministerio Público, acusados de abuso sexual. Ello, tras un acontecimiento inédito para el clero local: el allanamiento policial al Tribunal Eclesiástico del Arzobispado de Santiago y a las oficinas del Obispado de Rancagua para requisar "evidencias" y causas eclesiásticas que -se parte del supuesto- están paralizadas por los jerarcas del clero local.

Digámoslo con todas sus letras: la jerarquía eclesiástica ha sido 'intervenida' por el Vaticano por expresas instrucciones de Bergoglio. Incluso, su representante diplomático, Ivo Scapolo, ha sido ninguneado.

Los interventores en terreno son el cardenal Charles Scicluna y el padre Jordi Bertomeu, quienes están desempeñando roles que son propios de la Conferencia Episcopal. Lo que los obispos locales no hicieron o se negaron a hacer, según Bergoglio, lo están realizando dichos enviados papales.

Hoy, la jerarquía eclesial chilena es foco de atención, al menos, de todos los católicos del mundo, y no sólo por estar siendo intervenida e investigada, sino por la sin precedente renuncia obligada de todos sus miembros. Cual conejillo de Indias, "la limpieza interior de la Iglesia chilena debe constituirse en un ejemplo para el resto de la Iglesia Universal".

Scicluna y Bertomeu llegaron a "aterrizar" la  discrecionalidad de Bergoglio para hacer ver su error a la jerarquía eclesial chilena: pedir perdón en su nombre, reparar a los afectados (en dinero), estimular a la feligresía a que deje de ser pasiva y darle tribuna "a las víctimas" de abusos al interior de seminarios,  parroquias y colegios.

Se reunieron con abogados expertos en derecho canónico "para entrenarlos" e inauguraron una inaudita oficina de reclamos colindante con la Nunciatura Apostólica, con la finalidad de que reciba  denuncias, para cuya administración llegará un sacerdote desde el Vaticano. "Apenas en dos días en Chile, ya me han llegado 94" comentó Bertomeu, casi en un tono apocalíptico, sin sospechar que lo esperaba una treintena de casos ocurridos hace 15 años en Aysén.

El binomio de emisarios se dirigió a Osorno  a pedir perdón al subjetivo grupo de laicos que combatió a Juan Barros. Éstos se negaron a asistir a una reunión a la Catedral, citaron a Scicluna y Bertomeu a una parroquia poblacional y les exigieron que fuera el propio Bergoiglio quien, a través de video conferencia, les diera explicaciones. ¿Será ése el empoderamiento de la feligresía a que alude el Papa?

Todo esto que le está ocurriendo al clero local podría estar viviéndolo, por ejemplo, la iglesia argentina -con un obispo, el de Bariloche, emblema de abusos- o a la peruana, con Luis Fernando Figari, fundador del Sodalicio, fugitivo del país, tras 30 años de abusos a menores. No es casualidad que haya sido Chile el elegido por Bergoglio para vivir tamaña vergüenza, porque es el precio que su Iglesia Católica debe pagar por el esmirriado respaldo y nula simpatía que originaron su visita de enero a Santiago, Temuco e Iquique. Incluso, en el puerto nortino, la gente prácticamente le dio vuelta la espalda.

Nadie, absolutamente nadie, ni la feligresía más conservadora, puede justificar que permanezcan en la Iglesia individuos incapaces de respetar sus votos. Nadie, tampoco, puede 'sacrificar' a esta institución por la penetración del homosexualismo, porque se trata de un fenómeno que históricamente se da en muchas otras corporaciones rígidamente jerárquicas, sólo con una diferencia abismal: el sacerdocio cumple una misión divina y sus ministros son pastores que conducen, guían y cuidan a sus ovejas, partiendo por sus propios ejemplos. Este sagrado papel, los pervertidos no lo pueden desempeñar, y desde esta perspectiva, el plan de Bergoglio parece correcto, pero no así imparcial ni sincero. Veamos porqué.

Al día siguiente de su arribo a Chile, en enero, Bergoglio concurrió a La Moneda, donde pronunció un discurso en el cual, oficialmente como Jefe de la Iglesia Católica, pidió perdón "por los abusos a niños y menores cometidos por algunos de nuestros ministros". O sea, hasta ese minuto, nadie lo había engañado, como aseguró después, y si reconoció formalmente la existencia de delitos es porque estaba al tanto de ellos. En esa fecha ya estaba en el Vaticano el expediente de Óscar Muñoz, ex vicecanciller del Arzobispado de Santiago, que se auto denunció por abusos, abrumado por una demanda judicial en su contra.

Igualmente conocía los casos, canónicamente sancionados,  de John O'Really, de Crisitián Precht, del obispo Francisco José Cox, del jesuita Jaime Guzmán Astaburuaga y de los maristas Abel Pérez y Luis Humberto Cornejo, todos separados del ejercicio religioso.

Tan informado estaba, que, además de la de Juan Barros, aceptó la renuncia de dos obispos "por edad para jubilar", pero que, coincidentemente, estaban involucrados en  casos de abusos en el Seminario de Valparaíso, Gonzalo Duarte y Cristián Caro. En Chile se desconocían, pero en el Vaticano, no.

A otro, también pasado en edad y acusado de "ignorar deliberadamente las denuncias de abuso en sus diócesis", Alejandro Goic, no lo tocó, pese a tener 14 de sus sacerdotes separados del ejercicio y en manos de la Justicia. En su caso, le resultaron muy útil su identidad ideológica con Bergoglio y las palabras de elogio ante éste que le dedicó  uno de los denunciantes de Karadima.

Del caso de Fernando Karadima, Bergoglio  estaba al tanto en todos sus detalles, según reveló un sacerdote muy cercano a él, profesor de la Universidad Gregoriana.

Bergoglio se fue de Chile molesto por la indiferencia de la gente hacia él, seguro de la inocencia de Barros -jamás acusado de abuso- y sin el ánimo de provocar un cataclismo, como lo originó semanas después.

Quien apretó el gatillo  fue el arzobispo de Boston, cardenal Sean O'Malley, el cual interpeló a Bergoglio por no haber escuchado "a las víctimas". Irritado por el llamado de atención de un subalterno, montó todo un show mediático, al invitar y lucir cual trofeo a los acusadores, humillar con un peregrinaje a Roma a la Conferencia Episcopal y enviar a un investigador, Scicluna, para que recogiera denuncias.

Todo este montaje,  fríamente planificado en contra del clero chileno, ha tenido un beneficio inmediato: el comienzo de la salida de los pervertidos. Pero dichas  marginaciones ¿serán  sólo en este país o también en otros, como lo asegura Bergoglio?

Ha afirmado que "el modelo chileno" será replicado en otros lugares. Si, por ejemplo, lo hace  con la Iglesia peruana, sería un motivo de credibilidad, pero la incertidumbre surge por su fascinación por la multitud que apoyó  su visita a ese país. Si no lo hace, reforzaría la sensación generalizada de que con el clero chileno se ensañó  sólo por venganza.

Estamos hablando del mismo que vio "con simpatía" la demanda marítima boliviana en contra de Chile.

 

 

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