LAS OTRAS VÍCTIMAS, LAS DE BERGOGLIO

May 6, 2018

VOXPRESS.CL.- Este lunes y hasta el próximo viernes se llevará a cabo la más triste de las peregrinaciones que miembros de la Iglesia chilena hayan realizado al Vaticano. El objetivo es archiconocido: poner sus cabezas a disposición de Jorge Bergoglio.

 

El encuentro, entre el 14 y 17 de mayo, es en conformidad a la carta que aquél envió a la Conferencia Episcopal para que "colabore en el discernimiento de medidas que a corto, mediano y largo plazo deberán ser adoptadas para restablecer la comunión eclesial en Chile, con el objetivo de reparar en lo posible el escándalo y restablecer la justicia".

 

Bergoglio ya hizo su parte, al invitar y recibir en su propia residencia vaticana al trío de denunciantes de Fernando Karadima, ex párroco de El Bosque y hoy privado del ejercicio sacerdotal.

 

El estilo de actuación de  Bergoglio en este caso, reabierto con motivo de su desteñida visita a Chile, hizo pedazos la reserva y prudencia con que el Vaticano siempre movió sus fichas.

 

Con su amenazante carta del 8 de abril, no sólo atacó fieramente a quienes no le fueron veraces con el proceder del obispo Juan Barros, sino arrasó con toda la Iglesia chilena, como si ésta, en su integridad,  estuviese involucrada. Su emisario/detective, el cardenal Charles Scicluna, le emitió un informe de 2 mil (¡2 mil!) páginas, volumen que supera a cualquiera novela de aventura y en el cual, perfectamente, pudo condensarse toda la historia eclesial criolla.

Dos mil páginas de acusaciones dan la sensación de que en el clero no se salva nadie.

 

Este ambiente de juicio universal en contra de 'la' Iglesia, con gran repercusión en el resto del mundo, carece de precedentes en tratos,  siquiera parecidos,  a otros países.

 

Bergoglio, simplemente, se está vengando contra la jerarquía episcopal por el pobre respaldo popular que tuvo su presencia en el país. En rigor, debió culpar a la población, a la cual su elección como Papa no le resultó de su agrado.

 

Los feligreses asiduos a  los miles de templos son testigos de los esfuerzos que hicieron los párrocos por entusiasmarlos con la visita papal. Crearon hasta una oración especial y las peticiones en los oficios fueron para que se acogiese un mensaje espiritual que, a la postre, nunca nadie escuchó de su boca.

Impredecible y mordaz en sus palabras y poco reflexivo  en sus declaraciones, Bergoglio se encargó personalmente de avivar la hoguera, al transformar en héroes y rendirles poco menos que homenaje a los tres denunciantes de Karadima y, consecuencialmente, de Barros.

 

Los medios de comunicación, propiedad de capitalistas con trabajadores izquierdistas, han hecho propicio este episodio para confundir a la ciudadanía, calificando de "doloroso trance" la experiencia de tres muchachones voluntarios de la parroquia de El Bosque, mínima parte de la veintena de jóvenes colaboradores en las tareas cotidianas del templo. No puede pasar inadvertido que de entre ese numeroso grupo de adolescentes, sólo tres cayesen en las garras de un desviado cura.

 

El abuso sexual nada tiene que ver con violación ni pedofilia. La RAE lo define claramente como "la realización de actos contra la libertad sexual de una persona sin violencia o intimidación". Al no haber imposición, hay consentimiento. En este punto hay que ser categóricos: los acusadores nunca declararon haber intentado rehuir o rechazar los toqueteos de Karadima.

Refuerza esta certeza la definición que la misma RAE hace de 'víctima': "persona que se expone o se ofrece a un grave riesgo".

 

¿Cuál es la reparación que ellos están pidiendo desde que salió a luz el escándalo? ¿Sólo que se expulse a los responsables? ¿Qué se les pague los $ 45o millones que están exigiendo? Uno de ellos ha llegado a exigir "el fin de la cultura del ocultamiento" en la Iglesia chilena, ignorando intencionalmente  la cantidad de sacerdotes sancionados y separados del servicio por infringir sus votos.

 

Bergoglio los invitó para pedirles perdón "en nombre propio" --explicable, por su error de respaldar a Barros-- y "en nombre de la Iglesia universal" --una arrogancia y extralimitación. En un gesto mediático, ubicó a sus convidados en la azotea del palacio vaticano durante un Angelus, convencido de que con esa postal quedarían espiritualmente tranquilos.

 

No fue así: tras la audiencia papal, salieron más enardecidos y públicamente trataron de "criminales" a Errázuriz y Ezzati, y uno expresó que "debieran estar en la cárcel".

 

Tan histérica reacción dejó en un zapato chino a Bergoglio, quien, si ya tenía decidida la salida de ambos cardenales, ahora se enfrenta al riesgoso juicio de que si lo hace, será a pedido de los acusadores y no por una decisión suya.

 

En definitiva, esta reunión 'del perdón' terminó siendo un disparo al corazón de los obispos y sacerdotes chilenos que, sagradamente, han respetado sus votos. Estos miles de anónimos servidores de la Iglesia  están pagando un costo altísimo que no se merecen, fruto de esta cacería a la bandada que organizó Bergoglio.

 

Desde su llegada al Vaticano, el 2013, Bergoglio se abocó a la tarea de afianzar su autoridad, corrigiendo disposiciones, tanto de Paulo VI como de Juan Pablo II, ello con la finalidad de remover a su entera voluntad a los jerarcas del catolicismo. Las nuevas normas precisan que puede "considerar necesario pedir" al obispo que "presente la renuncia al oficio pastoral, tras haberle dado a conocer los motivos de tal petición y escuchar atentamente sus razones, en diálogo fraterno".

 

Nada de ello ha ocurrido hasta la fecha y con mucha anticipación a su encuentro con la Conferencia Episcopal de Chile, tanto en Santiago como en Roma circulan  nombres de los candidatos a ser destituidos, un procedimiento inédito e inconcebible.

 

Bergoglio tiene a su haber varias 'víctimas' al interior del clero chileno, y ello consecuencia de su atolondramiento, falta de prudencia y cero diplomacia, de lo que ha hecho gala desde que asumió.

 

Nadie le pedirá que invite a estas 'otras víctimas', las suyas, a la azotea del Vaticano, pero que, al menos, tenga el coraje de pedirles perdón a los obispos y curas que nada han incumplido, pero que por su desatino terminaron siendo manchados.

 

 

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