SALVE, PAPA, LOS QUE VAN A MORIR TE SALUDAN


VOXPRESS.CL.- "Ave, Caesar, morituri te salutant" ("Salve, Emperador, los que van a morir te saludan") es una frase latina acuñada desde el Imperio romano. De acuerdo a los textos históricos hay diferentes interpretaciones: atribuida a los gladiadores que serían abatidos en la arena de los coliseos; a quienes perecerían en simulados combates navales, pero con desenlaces reales, y una tercera, el saludo de despedida de los condenados a muerte.

Desde el año 52 después de Cristo se consignan versiones de este saludo de despedida. La traemos a colación para reflejar las sensaciones que, por estas horas, deben estar experimentando los 32 obispos que, dentro de 15 días, viajarán al Vaticano citados por Jorge Bergoglio para recriminarlos y destituir a algunos.

De acuerdo al tono de la carta enviada por Bergoglio a la jerarquía de la Iglesia chilena y a los acontecimientos que se han ido desarrollado con posterioridad, nadie duda de que la mano papal se viene muy pesada.

El pésimo manejo del 'caso Karadima' terminó por explotarles en la cara a todos quienes tuvieron acceso y conocimiento de los hechos. La Iglesia chilena "tendrá que pagar" fue, en síntesis, el mensaje papal en su amenazante carta/perdón.

En ella, Bergoglio demanda reparar el daño causado (a la Iglesia), reestablecer la justicia (en sus decisiones) e invita a orar "por la esperanza de un futuro profundamente distinto".

La primera señal de molestia de Bergoglio fue demoledora pata la jerarquía local: invitó a los tres denunciantes de Karadima al hotel que el mismo habita en el Vaticano (Residencia Santa Marta), para, después, secundariamente, convocar al episcopado a una cita en Roma para "superar la situación". Este encuentro tendrá lugar antes de fines de mayo y los obispos viajarán en dos grupos.

Desde el 27 al 30 de abril, Bergoglio estuvo con los acusadores, de a uno y en grupo. Blanco predilecto de las críticas fue el cardenal Francisco Javier Errázuriz Ossa, con quien el Pontífice disintió del balance que hizo de su visita a Chile. Inéditamente, el Vaticano emitió un comunicado, informando del especial trato a estas visitas y del perdón pedido, cara a cara, por el Pontífice.

La primera reacción de las autoridades eclesiásticas locales fue signo de que nada bueno les espera en su viaje al Vaticano. Increíblemente, en una institución vertical y jerárquica se produjo una clara dispersión de voluntades, una especie de "sálvese quien pueda", atribuyéndose culpas y responsabilidades mutuas, un espectáculo inimaginable en la Iglesia hace apenas una década.

De acuerdo a proyecciones de los propios miembros de la Conferencia Episcopal, se calcula que --al margen del nuncio--, al menos serán seis los obispos que dejarán sus cargos sin la causal de edad. Del único que hay unanimidad es Juan Barros, de Osorno, y participe indirecto en las acciones indebidas de Fernando Karadima, siendo éste párroco de El Bosque. Los tres acusadores apuntan a aquél por haber guardado silencio y, por ello, lo califican de "cómplice".

El otro que aparece muy complicado es --ni más ni menos-- el cardenal arzobispo de Santiago, el italo/chileno Ricardo Ezzati, el primero en recibir la denuncia de parte de uno de los jóvenes, desentendiéndose e ignorándolo. Desde el principio mantuvo un total silencio sobre el caso, hasta hace días en que, enérgicamente, declaró que "sin duda alguna, Juan Barros debe dar un paso al costado".

No sólo Bergoglio tomó debida nota de la crudeza del informe de Charles Scicluna, su emisario investigador que viajó a Santiago a indagar la veracidad de los hechos. También tiene información de primera mano un jesuita chileno residente en Roma y académico de la Universidad Gregoriana: el sacerdote y abogado Marcelo Gidi

Reveló que el Papa "quiere conversar, instruir y decidir", no dejando en manos de los obispos chilenos algún tipo de determinación. "Será él y nadie más que él quien adopte las medidas", asegura.

Gidi fue el promotor de justicia a cargo de la investigación en el caso de abuso contra el sacerdote Cristián Precht.

Esta citación al Vaticano originó un revuelo inusual en la jerarquía local, al punto que el Arzobispado de Santiago citó con urgencia a una Asamblea Extraordinaria de Presbíteros (párrocos) del Gran Santiago. Este encuentro a puertas cerradas duró prácticamente todo un día (jueves 19) en la Catedral de Santiago, con la asistencia de un centenar de sacerdotes.

Dos fueron los puntos centrales que se abordaron en dicha reunión: se trata de la crisis más importante y profunda que ha sufrido la Iglesia chilena y "la necesidad de orar por las nuevas autoridades", que dirigirán "el nuevo rumbo" de la institución.

Los párrocos volvieron a sus sedes con la instrucción de solicitar a sus fieles que, desde ya, empiecen a orar por quienes se harán cargo de la nueva etapa y puedan cumplir con éxito las misiones que les encomiende Bergoglio.

Según Gidi -desde Roma-, la idea papal no es sólo resolver las consecuencias de los casos de abusos, que son varios, sino impulsar y materializar una reforma de la Iglesia chilena. Está convencido Bergoglio de que ella "la tienen que hacer otras personas".

Bergoglio quedó desencantado con su visita a Chile, porque se dio cuenta de que "en rechazo a la Iglesia local", la feligresía no le dio el cariño que él esperaba. En su misa en Iquique hubo que reducir una gran extensión de la explanada, en virtud de la pobre asistencia.

En terreno, Bergoglio se percató de la evidente división al interior del episcopado nacional y conoció versiones totalmente contrapuestas sobre los problemas del clero. Cuentan que habría comentado "que la Iglesia chilena se ha autodestruido, tal como lo hizo el Imperio romano".

En el cara a cara entre Bergoglio y los obispos chilenos no hay que descartar absolutamente nada. El jefe de la Iglesia es tan impredecible y bipolar que es capaz de asociar espontáneamente la espiritualidad con lo humanamente emocional. En circunstancias similares a las que está viviendo la jerarquía eclesiástica chilena, Bergoglio ha ido más allá que la remoción de cargos, que es lo básico que se espera de este encuentro.

No son pocos los cardenales, obispos y hasta nuncios que han conocido la guillotina de Bergoglio, acompañada de sanciones durísimas.

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