BERGOGLIO, EL ACTOR SECUNDARIO


Vino, habló y se fue, dejando una polémica. Ése podría ser el sumario de los tres días en que Jorge Bergoglio estuvo en Chile.

Sus discursos no dejaron novedosas huellas y sus mensajes se remitieron a hacer diagnósticos de los problemas nacionales, los mismos a los cuales, supuestamente, se le invitó a contribuir a sus soluciones.

Durante meses, en la víspera de su visita al país, se especuló con decenas de fantasías respecto a su fuerte carácter, a su antiguo y conocido 'lado izquierdo' y a su siempre férrea disposición a decir lo que siente y piensa.

Nada de eso ocurrió. No vino con pintura de guerra y, al menos públicamente, guardó absoluto silencio sobre temas que había comentado ácidamente, como su postura en contra de las leyes del aborto y del matrimonio homosexual, patrocinadas por la Presidenta.

Al revés de lo hecho en Perú, donde tocó temas sensibles y de plena actualidad, en su permanencia en Chile hasta obvió los infanticidios en el SENAME, conmoción que obligó a la ONU a enviar inspectores.

Menos aún hizo alguna referencia al conflicto internacional Chile-Bolivia, aunque nadie de su delegación ni voceros del Vaticano desmintieron las últimas declaraciones de Evo Morales: para tranquilizar el alboroto popular en su contra, manifestó que el embajador argentino ante la Santa Sede le confesó que "el hermano Papa hará gestiones ante Chile para que nos devuelva el mar".

Contrariando su propio estilo ----alabado por algunos, criticado por otros--, Jorge Bergoglio llegó amordazado y se remitió a decir lo justo y necesario, como el mejor de los diplomáticos.

Al clero chileno le reprochó que "una Iglesia con llagas no puede ser soberbia", ello en alusión al episodio que prácticamente lo desplazó del primer plano: la situación del obispo de Osorno, Juan Barros, denunciado por encubrir a Fernando Karadima. Él mismo terminó cicatrizando esas llagas, al declarar que "no hay una sola prueba" en contra" del prelado y que "son puras calumnias".

Se equivocaron quienes vaticinaron que Bergoglio atraía multitudes. Las misas masivas no provocaron desbordes y la de Iquique fue pobrísima en asistencia. Los argentinos que se pronosticaron vendrían a ver a su famoso compatriota brillaron por su ausencia y quienes cruzaron la frontera lo hicieron por vacaciones.

El jefe del Vaticano dejó Chile con la sensación de haber revertido la imagen que se tenia de él. Pero se fue consciente de una deuda que, conociendo su temperamento, lo mantendrá inquieto: no poder decir lo que le habría gustado.

Se balanceó sobre los temas, pero no los atacó. En Temuco, donde hubo acciones terroristas en la víspera de su misa, evocó el "canto de la tierra mapuche que tiene una pena de siglos", pero censuró la violencia (de los comuneros) que "aleja más que aproxima cualquier diálogo".

En la Universidad Católica dejó pasar la mesa que le dejó servida el rector Ignacio Sánchez sobre el origen de la vida ("en la concepción misma"), para limitarse a una visión sobre la educación y la sociedad actual.

Su mayor eco pareció ser la buena recepción presidencial a la solicitud que le hizo una interna del Centro de Detención Femenina sobre las reclusas con hijos menores.

Sin embargo, increíblemente, los medios de comunicación centraron el eje de su visita no en él, sino en el obispo Juan Barros y en su presencia en las tres misas masivas y en otros actos oficiales.

En su primer encuentro protocolar, en La Moneda, Bergoglio reconoció su "vergüenza y dolor" por casos de curas pedófilos en el país y, más tarde, volvió a repetirlo, incluso, frente al clero local.

Horas antes de su arribó se conoció de una carta que el propio Bergoglio, en 2015, envió a la Conferencia Episcopal vía su Nuncio en Santiago, sugiriendo un año sabático para Barros. El hecho, oculto por la autoridad eclesiástica, encendió más los ánimos de quienes radicaron la visita papal en el polémico sacerdote por haber compartido labores con Fernando Karadima en la parroquia de El Bosque.

En un acto de cualquiera naturaleza en que participó Bergoglio, la pregunta y el tema dominante fueron aquella carta no difundida y en la inconveniencia de que Barros participase en las misas como obispo cocelebrante.

¿Hubiera atenuando la tensión el que se marginase o escondiese a Barros? Ciertamente no, pero hubiese sido la condena oficial al obispo, condena que ni la Iglesia ni la ley han sentenciado por falta de pruebas.

Bergoglio se llevó condigo su propia contradicción. Pese a que el cardenal Ricardo Ezzati reconoció la existencia de aquella carta del 2015, el Papa, ahora, se desentendió de ella y le dio su apoyo a Barros.

En medio de la polémica paso casi inadvertido un pequeño/gran detalle en el perdón pedido por el Papa: lo hizo para "niños y menores" abusados por religiosos, dejando fuera, con ello, a adolescentes y mayores de edad protagonistas, en una auto asumida condición de 'víctimas', de los manoseos de Karadima.

Invitado como actor principal, el jefe de la Iglesia Católica terminó siendo secundario, casi de reparto, comparado con el gran y casi único tema de interés que para el periodismo parece ofrecer hoy la Iglesia chilena: el del obispo Juan Barros.

SIGUENOS TAMBIÉN EN REDES SOCIALES

© 2023 por "Lo Justo". Creado con Wix.com

This site was designed with the
.com
website builder. Create your website today.
Start Now